CAPÍTULO 40

Daniela marcaba el número de Víctor una y otra vez, pero él no contestaba. La preocupación le revolvía el estómago. No era solo que los niños no estuvieran con ella, era el hecho de no saber dónde estaban exactamente. Finalmente, un auto negro se detuvo frente al edificio y el conductor bajó la ventanilla con tranquilidad.

—¿Señorita Daniela? —ella frunció el ceño y se acercó.

—¿Sí?

—El señor Víctor me pidió que la llevara a casa. Él se está tardando un poco.

Daniela tomó el aire, ya habían sido muchas rabietas por el día de hoy y necesitaba con urgencia un descanso.

Sin muchas opciones, se subió al auto, sintiendo cómo la impotencia la consumía.

—Oye, pero ¿los niños están bien? —Daniela miró a Melissa, desde hace más de una semana, ya se estaba quedando en su casa, y eso porque le quedaba más cerca de sus clases.

—Espero que sí, porque lo mato.

—Relájate…

—Todos dicen eso.

Pero en el momento los toques en la puerta la dejaron quieta y se apresuró a abrir.

—¡Mamá! —Sus dos hijos se l
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