CAPÍTULO 46

—¡Papi! —Daniela se apartó con rapidez, no solo había sido el grito de los niños, sino como si las palabras de Víctor la hubiesen quemado. Lo empujó con fuerza, pero él apenas retrocedió un paso, mientras sus ojos se mantenían fijos en los suyos, intensos, provocadores.

—Estás loco —espetó ella, bajando la voz para no alertar a los mellizos.

Entonces Víctor sonrió con descaro, cruzando los brazos frente a ella.

—No más que tú por dejarme hacer esto —susurró él, y Daniela supo que estaba jugando con fuego. El corazón le latía tan fuerte que sintió que los niños podrían escucharlo.

—No me provoques, Víctor. Te juro que te vas a arrepentir.

—¿Realmente puedo provocarte? Y, además, ¿arrepentirme de qué? ¿De seguir deseándote como si no hubiera pasado el tiempo? —Víctor se acercó una vez más, pero esta vez ella se mantuvo firme—. Dime, ¿tú no te arrepientes, Daniela?

Daniela apretó la mandíbula. Era una pregunta trampa, lo sabía. Pero lo que la quemaba por dentro era la verdad: sí se a
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