Daniela se dejó caer en su silla, hundió los dedos en su cabello y cerró los ojos. Sentía el cuerpo jodido, saturado de tensión y excitación, una mezcla venenosa que no sabía cuánto tiempo podría seguir soportando.Víctor le revolvía todo.La rabia, la necesidad, el deseo. Y lo peor, el orgullo. No iba a ser la débil, no otra vez. Si quería acostarse con él, no lo reprimiría. Pero tampoco lo dejaría creer que significaba algo.Como al principio.El sonido de la puerta la sacó de sus pensamientos.Elisa entró con una carpeta en mano y una sonrisa tensa.—Daniela, quisiera entregarte esto… sé que hice mal las cosas al principio, y pienso remediarlo.Daniela respiró hondo, reprimiendo las ganas de soltarle algo que la dejara en el piso. En vez de eso, se levantó con calma y buscó su bolso.—Necesito un café. ¿Me haces el favor?Elisa parpadeó, confundida.—¿Quieres que… vaya por café?—¡Exacto! Uno negro, sin azúcar.Antes de que Elisa pudiera responder, Javier entró y se detuvo al ver l
Daniela miró el reloj de pared, eran las doce y media de la noche, y aún tenía a Melissa encima de sus piernas.—Siempre se ha hecho cargo de alguien que no tenía por qué.—Claro que sí tiene por qué, eres su hermana, y te ama. Que te haya dicho que respetará tu decisión, no quieres decir que no quiera llevarte. En parte me siento culpable por meterme, porque estoy segura de que lo que más quiere Javier, es estar contigo.Javier se había ido hace horas, y en ese momento Melissa se levantó con los ojos hinchados y el cabello revuelto.Daniela sonrió al verla. Meli era tan hermosa que en sus peores condiciones se veía como de revista. Ella lograba imaginar que con su personalidad podía llegar muy lejos, pero en un punto que debía tomar por sí sola.Y entendía a Javier también. Ambos necesitaban una vida.—¿Qué quieres decir? —Melissa preguntó con interés, mientras Daniela bostezó un poco.—Le dije que debía preguntarte, que podías quedarte conmigo. Créeme, sé lo que es que alguien te di
—¡Papi! —Daniela se apartó con rapidez, no solo había sido el grito de los niños, sino como si las palabras de Víctor la hubiesen quemado. Lo empujó con fuerza, pero él apenas retrocedió un paso, mientras sus ojos se mantenían fijos en los suyos, intensos, provocadores. —Estás loco —espetó ella, bajando la voz para no alertar a los mellizos. Entonces Víctor sonrió con descaro, cruzando los brazos frente a ella. —No más que tú por dejarme hacer esto —susurró él, y Daniela supo que estaba jugando con fuego. El corazón le latía tan fuerte que sintió que los niños podrían escucharlo.—No me provoques, Víctor. Te juro que te vas a arrepentir. —¿Realmente puedo provocarte? Y, además, ¿arrepentirme de qué? ¿De seguir deseándote como si no hubiera pasado el tiempo? —Víctor se acercó una vez más, pero esta vez ella se mantuvo firme—. Dime, ¿tú no te arrepientes, Daniela?Daniela apretó la mandíbula. Era una pregunta trampa, lo sabía. Pero lo que la quemaba por dentro era la verdad: sí se a
Daniela bajó tambaleándose del aparato, con las piernas aun temblando, las mejillas ardientes y los dedos crispados. Su cuerpo temblaba un poco, y se sentía tan caliente como si tuviera fiebre.Entretanto, Víctor caminaba a su lado, erguido, con una sonrisa ladina que aún tenía vestigios del poder que acababa de ejercer.—¡Estás enfermo! —espetó ella con la voz ahogada.—Si lo estoy —susurró él, acercándose a su oído mientras la ayudaba a caminar—. Y no me quiero curar.Ella lo empujó con torpeza, alejándose, y él se soltó con facilidad. Sintió la mirada de Melissa a lo lejos, justo cuando corría con los mellizos hacia otra atracción.Entonces Daniela se llevó la mano al vientre, como si aún pudiera sentir las huellas de Víctor allí.—Nunca más hagas algo como eso. ¿Me escuchaste? —le advirtió con los dientes apretados.—No prometo nada —respondió él, y su sonrisa desapareció al instante. Se acercó, acortando la distancia otra vez—. Porque tú tampoco prometiste no provocarme. Y lo hac
Daniela tuvo que poner su mano en su propia boca, pero Víctor quitó sus dedos, y apretó sus labios. La embistió con fuerza, colocándola de todas las formas, mientras Daniela parecía luchar con él.Los labios de Víctor la devoraban como si hubiera pasado años sin probarla, como si no le bastara el roce de su piel, ni los suspiros que arrancaba de su garganta. Daniela no supo en qué momento dejó de resistirse, solo sintió cómo se hundía en él, envuelta en un torbellino de deseo que la arrastraba sin tregua.De todo lo que le alegraba, es que no estuvieran en la cama, porque todo ahora, era un completo desastre. La respiración entrecortada llenaba la habitación, y su cuerpo ardía bajo cada caricia, cada palabra dicha con esa voz grave que la desarmaba.—Te odio por hacerme necesitarte así —dijo ella, mientras él la giró con sus piernas, y la puso encima de él.Y a Daniela le encantó tener ese poder.—Mientes —sus ojos brillaban con algo oscuro y peligroso—. Me deseas. Lo hiciste desde el
Daniela salió de la empresa después del lunch, y llegó a casa temprano para notar que Melissa se estaba pintando las uñas de los pies.—Recortando presupuesto.Ella se rio besándole la corona de la cabeza, y luego saludó a sus hijos que ya habían llegado del colegio, pero prontamente, el timbre se escuchó.Entonces ella abrió la puerta.—Señorita Daniela —ya conocía a ese hombre, siempre era el mismo que Víctor encargaba para con sus hijos.—Hola.—Hola… vengo de parte del señor Víctor.—Lo sé.—Los mellizos serán llevados a la mansión, estarán supervisados en todo momento, y el señor me pidió que nos acompañe para que usted vea con quién estarán y cómo estarán supervisados, ya está todo preparado.Daniela parpadeó rápido y asintió.—Chicos, vamos a buscar sus cosas.—No necesitarán nada —apuntó el hombre, mientras Adriano y Mateo corrieron para abrazar al hombre.—¡Kosta! —ambos chicos lo saludaron y él les sonrió. Ni siquiera Daniela se sabía el nombre mientras sus hijos sí.Ella av
Daniela tuvo que quitarle la mirada, era demasiado para ella, y parpadeó cuando sus ojos se nublaron. Ella miró hacia todo el lugar y luego notó un bar exclusivo en la esquina del lugar.—¿Meli? ¿Quieres algo de tomar?Melissa negó.—No por ahora.—Bien, vengo en unos minutos.Ella asintió y luego aspiró el aire para seguir escuchando al jefe de Daniela, que no la dejaba respirar un segundo. Entonces Daniela le sonrió al hombre detrás de la barra.—Un Martini, por favor —y él asintió.Ella intentó calmar el fuego que se gestaba dentro de su estómago y mientras esperaba la bebida, lo sintió. No necesitaba verlo. El aire cambió, su piel se erizó y supo que estaba detrás de ella antes de que hablara.—¿Es parte de tu plan que todos te vean como yo te vi anoche? —la voz baja de Víctor le acarició la nuca, y Daniela giró lentamente, alzando la barbilla.—No todo gira en torno a ti, Víctor. Si la gente me mira, es porque puedo hacerlo —respondió, tomando su Martini sin apartar la vista de
Daniela no respondió enseguida. El collar pesaba, no por su material, sino por el significado que se le incrustaba en la piel. Ella respiró hondo, y se giró para mirarlo a los ojos.—No somos unos niños, Víctor, nuestra vida ha cambiado. Ni siquiera sabes lo que estás diciendo. Miralo de esta forma, tuvimos sexo hace una semana, y desapareciste por días, tú solo quieres jugar, y yo tengo dos hijos…La mano de Víctor tapó su boca.—Tenemos dos hijos, Daniela, nuestros. Y no solo por ellos estoy aquí, y lo sabes.Los ojos de Daniela se abrieron.—Tampoco estoy pidiendo una respuesta, quiero mostrarte la realidad de mi vida, y tú decidirás. Además, te evité porque si me acercaba… te arrastraba a mi cama otra vez. Y quizás no te dejaba salir de allí. Mi plan no es solo ese.Daniela arqueó la ceja.—¿Un plan? ¿Eso esto para ti?—No… —Entonces la tomó de la nuca, y la acercó a su boca.Víctor le pasó la lengua por la boca mientras sus labios vibraron con fuerza.—No lo entenderías, pero… va