CAPÍTULO 38

El silencio que siguió a las palabras de Víctor fue casi ensordecedor. Los mellizos lo miraban fijamente, como si esperaran que se retractara o dijera que era una broma. Pero él no lo hizo. Se quedó ahí, con la espalda recta y la mirada firme, dándoles el tiempo que necesitaran para procesarlo.

Si no estaba siendo fácil para un adulto de 35 años como él, mucho menos sería para unos niños de 5 años, a quienes se les había mentido en toda su vida.

Víctor tenía el aire contenido, en toda su vida no se había sentido así tan vulnerable, tan a la espera de que alguien lo aceptara. Sus manos no eran inocentes como aquellas pequeñas manos de sus hijos, pero por este momento deseo ser la mejor persona para ellos.

Adriano fue el primero en reaccionar. Él notó que entreabrió los labios, pero no encontró palabras. Su mente estaba llena de preguntas, pero la más importante se coló en su garganta antes de que pudiera detenerse.

—¿Por qué no lo sabíamos?

Mateo, más reservado, cruzó los brazos y bajó
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