CAPÍTULO 14

Las semanas siguieron pasando desde que Marcela había regresado a la mansión, pero lejos de mejorar, su estado parecía deteriorarse con cada amanecer. Sus mejillas se hundían, su piel adquiría un tono cenizo, y sus ojos, antes vivaces, ahora estaban apagados y llenos de agotamiento.

Daniela pasaba horas sentada junto a su cama, observando la fragilidad de su madre y sintiendo que algo iba muy mal. Pero cada vez que intentaba cuestionar a los médicos o a Titus, solo recibía respuestas vagas y evasivas.

La mansión se había vuelto un lugar sofocante. Las mujeres de la casa la miraban con desprecio, cuchicheaban a sus espaldas y hacían comentarios hirientes que la hacían sentir más aislada. Eran como una jauría esperando verla caer.

Su único refugio era Víctor, y en sus encuentros evitaba completamente hablar sobre esa casa. Con él podía olvidar todo, perderse en su presencia, en sus caricias, en la forma en que la hacía sentir viva y deseada. Las noches en su cama se convirtieron en su e
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