CAPÍTULO 21

Daniela estaba de pie frente al ataúd. La sala de la familia Vanderbilt estaba sumida en la penumbra, y el aroma de las flores mezclado con el barniz del ataúd le resultaba asfixiante y las náuseas se apoderaban de ella. La madrugada avanzaba lenta, y nadie más estaba allí. Todos se habían ido a descansar mientras Daniela no podía dejar de llorar.

El silencio le permitía escuchar sus propios pensamientos. Su madre descansaba en paz, pero ella estaba atrapada en un infierno del que debía salir. No tenía tiempo, no tenía aliados, pero tenía un plan.

Sacó su teléfono con dedos temblorosos y, sin dudarlo, pidió una pizza grande con pepperoni y extra queso. Dio la dirección de la mansión y colgó. Su corazón latía como un tambor de guerra cuando se acercó de nuevo al ataúd, deslizó la yema de los dedos sobre la madera y cerró los ojos.

—Mamá… lo siento —susurró con un nudo en la garganta—. Aún no puedo creerlo… —susurró mientras las lágrimas mojaban la madera.

Diez minutos después, una muje
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