El sonido de las olas rompiéndose suavemente contra la orilla creaba una melodía hipnótica. El sol del atardecer teñía el cielo de tonalidades doradas y naranjas, mientras la brisa marina traía consigo la fragancia salada del océano.Stella y Guillermo caminaban descalzos por la arena húmeda, con los dedos entrelazados. Era su luna de miel, un viaje soñado después de la boda. Decidieron llevar a los niños con ellos, con la ayuda de una niñera, para no separarse ni un solo día.—No puedo creer que ya estamos aquí —susurró Stella, contemplando el horizonte—. Todo ha pasado tan rápido…Guillermo sonrió, mirándola con devoción.—¿Te arrepientes?Stella giró la cabeza y lo miró con incredulidad.—Por supuesto que no —respondió con suavidad—. ¿Cómo podría?Guillermo le acarició el rostro, deslizando los dedos por su mejilla con ternura.—No sabes cuánto me alegra escuchar eso. Porque yo tampoco cambiaría nada —su voz era firme, pero en sus ojos había algo más—. No importa lo que pase, Stell
El aire era denso. La tensión se extendía como un manto invisible, cuando el hombre con un movimiento se removió, aún jadeante y con las marcas de los golpes en el rostro, bajo el agarre de los guardias. Sin embargo, su instinto de supervivencia era más fuerte, en un solo movimiento, pateó con fuerza el suelo, creando el impulso necesario para zafarse del agarre de uno de los guardias. Su codo impactó con brutalidad en la mandíbula del otro, logrando liberarse.Los ojos de Guillermo se encendieron con furia.—¡Deténganlo! —bramó, pero el hombre ya se había echado a correr.Guillermo no lo pensó dos veces y corrió tras él.Mientras el otro corría con la desesperación de un animal acorralado, moviendo las piernas con torpeza mientras zigzagueaba entre los callejones que rodeaban el hotel. Sin embargo, Guillermo estaba entrenando en persecución, sus pasos eran precisos, su cuerpo impulsado con una fuerza calculada, no en vano había sido soldado del ejército.Los latidos de su corazón r
Tres años después. El tiempo pasó volando. Antes de que se dieran cuenta, ya habían transcurrido dos años desde aquel incidente en la playa. La mansión Thorne estaba iluminada y llena de risas. Era el cumpleaños número tres de los mellizos de Axel y Alicia, y toda la familia se había reunido para celebrar. En el jardín, decorado con globos y serpentinas, los niños correteaban entre risas. Leonel, con su cabello oscuro y ojos penetrantes como los de su padre, perseguía a su hermana Celia, quien había heredado la dulzura en la mirada de Alicia. Hope, ahora una niña de tres años, jugaba con ellos, su risa melodiosa llenando el aire y Matías tenía cinco. Stella la observaba con una sonrisa, apoyada en el hombro de Guillermo. —¿Quién diría que después de todo lo que pasamos, estaríamos aquí? —murmuró Stella. Guillermo besó su frente con ternura. —Yo siempre lo supe. Estábamos destinados a esto. No lejos de allí, Clara ayudaba a Samuel a colgar un cartel de "Feliz cumpleaños". Su vie
Alicia sostenía la taza de té con delicadeza, observando cómo el líquido ámbar formaba círculos diminutos al girar. La luz del atardecer que atravesaba la ventana del elegante café caía sobre su rostro, pero las grandes gafas de sol que llevaba ocultaban cualquier emoción que pudiera delatarse en sus ojos. Frente a ella, Lola, su mejor amiga desde la infancia, movía la cuchara dentro de su propia taza, creando un tintineo constante que delataba su impaciencia. —No entiendo por qué insistes en vivir de esa manera —dijo Lola finalmente, dejando caer la cuchara con un sonido seco—. Tienes una fortuna que cualquier persona envidiaría, pero prefieres esconderte detrás de esas gafas y fingir que no tienes nada, para recibir humillaciones de esa gente —siseó dejando en evidencia su molestia. Alicia sonrió, aunque la sonrisa apenas rozó sus labios. Bajó la taza y apoyó los dedos en el borde del plato. —Es necesario, eso es lo que mi marido cree —respondió con voz tranquila—. Que vengo de
Parecía que eso era una situación de nunca acabar, y a pesar de eso no pudo evitar sentir como si el aire hubiese sido arrancado de sus pulmones. Axel, se veía aparentemente cariñoso mientras la mujer lo envolvía con sus brazos, mientras estaban rodeados de algunos de los amigos de su marido.Una mezcla de emociones la atravesó, asco, rabia y sintió un dolor en su pecho. Se mareó y se aferró al marco de la puerta, para no tambalearse. Entretanto, la mujer, en el regazo de Axel, se levantó y se giró hacia ella con una expresión altiva al notar su presencia. Sus ojos brillaban con una mezcla de satisfacción y desafío.—¡Oh! Mírenla, la señora finalmente decidió aparecer —dijo Brenda, con una sonrisa despectiva.Alicia respiró profundamente para contenerse. Sus manos temblaban, pero su rostro permanecía imperturbable. Dio un paso hacia adelante, clavando sus ojos en Brenda antes de hablar con un tono helado.—Gracias por tu servicio esta noche. Parece que mi esposo quedó muy satisfech
Axel se detuvo en seco. Los murmullos de sus amigos desaparecieron en el eco del salón cuando giró lentamente sobre sus talones. Su mirada, helada y cargada de una autoridad incuestionable, se clavó en Alicia.—¿Qué dijiste? —preguntó, su tono bajo, pero con un filo cortante que hacía que cualquier persona retrocediera, excepto Alicia.Ella levantó la barbilla, sosteniendo su mirada con una frialdad que no sentía del todo, pero que había aprendido a fingir. Sabía que cualquier muestra de debilidad solo lo alimentaría.—Dije que, al menos, deberías elegir mejor. Siento que tu visión y tus gustos empeoran cada vez más y para ser un miembro de la familia Thorne, es patético.Un murmullo ahogado surgió entre los amigos de Axel. Nadie se atrevía a hablarle de esa manera. Sin embargo, Alicia no apartó la mirada. Sabía que estaba jugando con fuego, pero también sabía que Axel no soportaba los desafíos. Era un hombre que, aunque no conocía la empatía, encontraba placer en dominar.Efectivamen
Alicia se despertó con los primeros rayos del amanecer que se filtraban a través de las cortinas. La habitación estaba fría y silenciosa, un reflejo perfecto de la ausencia de Axel. Miró hacia el lado de la cama que él solía ocupar, pero no estaba. No había regresado. No era una sorpresa. Había pasado tantas noches vacías como esta que ya había aprendido a no esperar su regreso.Con un suspiro, se levantó y se envolvió en una bata de seda. Caminó hasta el ventanal, mirando hacia el jardín que estaba cubierto por una ligera neblina matutina. La vista le daba una extraña sensación de paz, pero su mente estaba lejos de estar tranquila. Recordando los eventos de la noche anterior, apretó los puños con determinación.Caminó hacia la mesita donde había dejado su teléfono. Marcó un número que tenía memorizado y esperó con paciencia mientras el tono sonaba.“Buenos días, señora Alicia” respondieron al otro lado de la línea.—Necesito que investigues a Brenda Smith —dijo sin preámbulos, su vo
Mientras Axel se giraba para salir, Alicia lo observó fijamente, con pensamientos oscuros cruzando por su mente. Stella no era una buena mujer. Había sido siempre arrogante y prepotente, utilizando su posición como hermana de Axel para justificar su comportamiento. Alicia recordó cómo, en el pasado, la empresa de sus padres había enviado gente a cobrar las deudas que el novio de Stella había acumulado, y todo había terminado en tragedia, cuando Stella perdió el hijo que esperaba.Ella, para vengarse, le lloró a su hermano, quien, furioso, convencido de que sus padres eran responsables del aborto espontáneo de su hermana, utilizó su influencia para hundir la empresa familiar de sus padres. Fue un golpe devastador. La reputación de los padres de Alicia quedó hecha añicos, rodeada por un gran escándalo y acusaciones legales que llevaron a los medios a perseguirlos sin descanso. En ese momento, todos pensaron que los padres de Alicia se habían quitado la vida debido a la presión, pero e