Ellis terminó de vendarle la herida, y aunque su actitud seguía siendo fría, en su interior se debatía entre el instinto de salvar a una persona herida y la creciente irritación que le provocaba la presencia de Alessandro. No era fácil para ella controlar su desconfianza, especialmente cuando él parecía tan cómodo en su peligroso papel. Pero, finalmente, se alejó un poco, evaluando su trabajo con una mirada clínica.
—Listo, ya está. —Dijo con tono firme, sin mirarlo, intentando dejar claro que su parte en esto había terminado. Alessandro, a pesar del dolor que le debía estar provocando la herida, se mantenía erguido. Sus ojos la observaban con una mezcla de admiración y diversión, como si todo esto fuera un juego. Ellis no se lo tomaba a la ligera. Para ella, no era más que un recordatorio de lo que había dejado atrás, lo que había intentado olvidar. Pero, en un segundo, esa sensación se desvaneció cuando Alessandro rompió el silencio. —Sabes, no es mala idea que te lo agradezca… —dijo con una sonrisa irónica, mientras se reajustaba la chaqueta de su traje, como si fuera una cortesía de buena voluntad—. Podríamos vernos una vez, solo para agradecerte por tu… ayuda, doctora. Ellis lo miró como si le estuviera hablando en otro idioma, con los ojos entrecerrados, claramente sorprendida por la audacia de la propuesta. La situación no era ni un poco cómica, pero Alessandro parecía disfrutarla. Sabía que no estaba intimidada, pero algo en su actitud la irritaba aún más. —¿De verdad estás sugiriendo que me vea contigo después de todo esto? —preguntó, su voz cargada de incredulidad, mientras le daba una mirada fulminante—. ¿Te crees tan importante que piensas que tengo interés en ti, más allá de curarte esa herida? Él no hizo más que sonreír con arrogancia, esa sonrisa mordaz que no podía esconder. En su mente, todo esto era solo una distracción, un pequeño juego para entretenerse. Sabía que la mujer frente a él no era de las que se dejaban impresionar fácilmente, pero eso solo lo hacía más intrigante. —¿Acaso no te gustaría ver qué tan interesante puedo llegar a ser? —dijo, recargando el peso de su cuerpo en una pierna, como si la conversación fuera lo más natural del mundo. Estaba herido, pero su actitud no lo reflejaba en lo más mínimo. Ellis lo observó en silencio por un momento, su mente procesando lo absurdo de la situación. Su paciencia se estaba agotando, pero lo que más la molestaba era lo familiar que todo esto le resultaba. El tipo estaba en el mismo nivel de arrogancia que los hombres con los que había crecido. Alessandro no solo estaba herido físicamente; su ego parecía ser aún más grande que la herida en su costado. —Escúchame bien —dijo, con una calma tensa, mientras se cruzaba de brazos—. No quiero tener nada que ver contigo, ni ahora ni en el futuro. Así que guarda tus propuestas para alguien más. Alessandro levantó las manos en señal de rendición, pero la sonrisa seguía en su rostro. No era una persona fácil de derribar, y si algo le gustaba, era provocarla. Sin embargo, a pesar de su actitud desafiante, algo en sus ojos cambió, una chispa de respeto que solo se mostró por un segundo. —Bueno, parece que no eres tan fácil como las demás. —dijo él, mientras se preparaba para marcharse, consciente de que el tiempo se le estaba agotando—. Pero, quédate con eso, doctora. Tal vez algún día me arrepienta de no haberte conocido mejor. Con esa última frase, Alessandro se giró y comenzó a caminar hacia la puerta, dejándola atrás. Ellis se quedó observando, sin mover un músculo, hasta que la puerta se cerró detrás de él. La tensión en su cuerpo no disminuyó, pero al menos podía respirar con un poco más de calma. Pero, mientras se quedaba en la quietud de la habitación, una oleada de recuerdos la invadió. La arrogancia de Alessandro, su indiferencia hacia el peligro, su actitud de “yo puedo con todo”… todo eso la había dejado de vuelta en el mundo que había intentado dejar atrás. Un mundo de poder, dinero y violencia. Había escapado de todo eso, había hecho su vida lejos de la mafia, lejos de los hombres como él. Su padre y su hermano, capos de la mafia americana, eran los mismos que rivalizaban con la mafia italiana. Era un mundo sucio, lleno de traiciones y desesperanza. Un mundo que, por alguna razón, se empeñaba en perseguirla. —No. —Se dijo a sí misma, mientras respiraba profundamente y se recostaba en la pared, intentando despejar su mente de las sombras del pasado. No iba a caer en la trampa de esos hombres. No más. Ellis se quedó allí unos minutos, tratando de encontrar un equilibrio entre lo que había hecho y lo que aún podía ser. Rogó para no volvérselo a topar jamás,era demasiado parecido a su hermano y justo el tipo de hombre con el que su padre había tratado de casarla una vez. Fin capítulo 3¡Micah! ¿Dónde diablos estás?Alessandro aceleró a fondo. Había logrado escapar de sus enemigos por lo menos por esa jodida noche, pero obviamente no podía estar tranquilo hasta que lograra hablar con Spencer o su prometida volviera. Bajó del coche sólo hasta llegar a una posada. No era lujosa, pero ahí nadie le conocía. El dolor era intenso, la doctora le había dado algunos analgésicos y eso le había calmado momentáneamente el dolor, pero ahora que ya había pasado el efecto, sentía que su costilla se partía en dos. Entró al sitio, en él, una mujer con rasgos Indios lo atendió de inmediato con un acento muy marcado.—Buenas noches caballero, ¿cuánto tiempo piensa quedarse? Tenemos habitación por día, por semana o permanentes. El líder de la mafia escudriñó el sitio con recelo, no necesitaba lujos, al contrario de sus enemigos, su gente estaba capacitada para sobrevivir en cualquier tipo de ambiente.—Aún no lo decido, pero por lo pronto esta noche estará bien.La mujer tomó un par de
Alessandro no podía permitirse el lujo de pensar demasiado en lo que estaba haciendo. Su hermano había cometido una estupidez monumental, y ahora la cagada se le venía encima. ¿Cómo diablos había llegado todo a esto? Se preguntó, mientras aceleraba hacia la mansión de Ian Spencer, con una determinación fría que lo impulsaba a ignorar el dolor que le cortaba la respiración.Ian, ese maldito caprichoso, siempre había sido una piedra en el zapato. Pero ahora, Alessandro tenía una oportunidad. Tenía que aprovecharla. Su instinto de supervivencia le decía que negociara antes de que todo explotara en su cara.La llamada que había hecho había sido una de esas locuras impulsivas que parecían una mala idea, pero en su cabeza, todo encajaba de manera perfecta. Tenía que llegar hasta Ian antes de que su hermano hiciera algo aún más estúpido y se desmoronara todo el maldito imperio que había construido. Si le decía a Ian lo que había sucedido, las consecuencias serían devastadoras. Así que, no. N
Ellis llegó al motel con el mismo paso seguro de siempre, pero esta vez algo en el aire estaba diferente. Tal vez era la ligera brisa que acariciaba su rostro, o tal vez la sensación de que no podía escapar mucho más de lo que ya había intentado. No es que pensara en eso constantemente, no lo hacía, pero hoy la sensación de estar al borde de algo grande era imposible de ignorar. Podía sentirlo en el aire, o quizás solo era el eco de sus propios pensamientos cansados.El motel, como siempre, estaba tranquilo, sin nada que se interpusiera en su camino. Banke, la dueña, no la esperaba con preguntas. No la miraba de manera inquisitiva como otros. La conocía demasiado bien. Sin embargo, hoy Banke parecía estar esperando algo. Esa mirada de “no me digas que algo ha pasado”, le resultaba insoportablemente familiar.—¿Todo en orden? —preguntó Banke con su tono suave, como si no estuviera realmente esperando una respuesta. Ellis se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta.—Sí, lo mi
Ian pasó una mano por su rostro con frustración, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás hasta golpear la pared con un poco de fuerza. Lo suficiente para que Emma se girara a verlo. Iba a decir algo, pero se quedó callada al recordar que, para el hombre que estaba sentado a su lado, ella no era más que una sustituta.La clínica era modesta. Demasiado modesta. Eso encendió varias alertas en la mente de Emma.¿Por qué habían traído al anciano a un lugar como ese? Con los recursos que tenían, podrían haberlo ingresado en la mejor clínica del país. Pero no. En su lugar, estaban allí, en un sitio discreto, casi clandestino.Las dudas se acumularon en su cabeza, pero no tuvo tiempo de darles forma.La puerta del consultorio se abrió y de allí salió una mujer rubia, joven y hermosa, con una expresión de desaprobación evidente en su rostro. Apenas puso un pie en el pasillo, su mirada se clavó en Ian con una mezcla de furia y resignación.—No debiste traerlo aquí, Ian.Su tono era fr
El despacho de Maximilian Spencer seguía impregnado con el aroma de su tabaco caro, como si la muerte no hubiera tenido el poder de borrar su presencia. Las cortinas de terciopelo oscuro bloqueaban la luz de la tarde, dejando apenas un resquicio de sol que proyectaba sombras alargadas sobre la alfombra persa. Sobre el escritorio de madera maciza descansaba el testamento que lo había cambiado todo.Ellis estaba sentada en una de las sillas frente al escritorio, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha. Sus manos estaban entrelazadas, los nudillos blancos por la tensión. No había pronunciado palabra en varios minutos, y el silencio comenzaba a oprimirse sobre la habitación.Ian permanecía de pie, las manos en los bolsillos de su chaqueta, observándola con una mezcla de incredulidad y algo más difícil de descifrar. No era enojo, ni siquiera frustración, sino una especie de resignación mal disimulada. Él, más que nadie, entendía la magnitud de lo que acababan de escuchar.
Capítulo: La huidaEllis salió del despacho de Maximilian Spencer con la furia encendiendo su pecho, como una bola de fuego que no podía apagar. El peso del testamento en sus manos era insoportable, tan tangible como el futuro que ahora parecía inminente. Había sido la decisión de su padre, pero ella no podía aceptarlo. ¿Cómo iba a liderar una mafia? ¿Ella, que solo quería ser alguien diferente, alejada de la oscuridad que había rodeado su vida desde que naciera?Caminó a paso rápido por los pasillos del lugar, su mente corriendo a mil por hora, como un torbellino de pensamientos desordenados. Ian estaba detrás de ella, seguro de que su hermana cedería, que finalmente tomaría el control del imperio. Pero Ellis no lo haría. No podía hacerlo. Era un peso demasiado grande. Y lo peor de todo era que no podía confiar en nadie. No podía confiar ni siquiera en él.Empujó la puerta de salida y respiró el aire fresco de la tarde, aunque no sirvió para calmar su furia. En la calle, los coches p
Refugio en la Oscuridad El rugido del motor resonaba en la noche mientras Alessandro conducía con precisión milimétrica, esquivando el tráfico con la naturalidad de alguien que había pasado toda su vida huyendo o persiguiendo. Ellis, en el asiento del copiloto, mantenía la mirada fija en el espejo retrovisor, observando las luces de los autos que los seguían. No estaba segura de si los hombres del hotel habían logrado rastrear su fuga, pero su corazón aún latía con la adrenalina de la persecución. Se obligó a respirar hondo, a calmarse. No era momento de perder el control. —¿Tienes idea de a dónde nos dirigimos? —preguntó finalmente, sin apartar la vista del espejo. Alessandro apenas ladeó la cabeza, con una expresión inescrutable. —Sí. Ellis bufó, pero no insistió. No estaba en condiciones de exigir respuestas. No cuando él le había salvado el pellejo en el último segundo. La ciudad quedó atrás poco a poco. Las luces de neón dieron paso a las carreteras mal iluminadas y
El refugio olía a aceite, metal y gasolina, una mezcla que a Ellis le resultaba reconfortante en un sentido extraño. Era un lugar ruidoso, con herramientas apiladas en las esquinas y autos desmantelados en diferentes estados de reparación, pero también tenía una sensación de aislamiento que la hacía sentirse atrapada.Alessandro la había llevado hasta allí sin hacer preguntas, sin presionarla. Pero Ellis no era estúpida. Sabía que su paciencia no duraría mucho.Se pasó las manos por la cara, tratando de ordenar sus pensamientos. ¿Cómo demonios se había filtrado la información? ¿Quién había sido lo suficientemente astuto como para averiguar que ella era la heredera?Ian.Su primer instinto fue llamarlo. No porque confiara en él, sino porque, si alguien tenía respuestas, era él. Se alejó de los mecánicos y buscó un rincón apartado, sacó su celular y marcó su número.—¿Dónde demonios estás? —fue lo primero que le soltó Ian cuando contestó, su tono duro y lleno de tensión.—Sobreviví, si