¡Micah! ¿Dónde diablos estás?
Alessandro aceleró a fondo. Había logrado escapar de sus enemigos por lo menos por esa jodida noche, pero obviamente no podía estar tranquilo hasta que lograra hablar con Spencer o su prometida volviera. Bajó del coche sólo hasta llegar a una posada. No era lujosa, pero ahí nadie le conocía. El dolor era intenso, la doctora le había dado algunos analgésicos y eso le había calmado momentáneamente el dolor, pero ahora que ya había pasado el efecto, sentía que su costilla se partía en dos. Entró al sitio, en él, una mujer con rasgos Indios lo atendió de inmediato con un acento muy marcado. —Buenas noches caballero, ¿cuánto tiempo piensa quedarse? Tenemos habitación por día, por semana o permanentes. El líder de la mafia escudriñó el sitio con recelo, no necesitaba lujos, al contrario de sus enemigos, su gente estaba capacitada para sobrevivir en cualquier tipo de ambiente. —Aún no lo decido, pero por lo pronto esta noche estará bien. La mujer tomó un par de llaves que marcaban el número 12. —Su habitación está en el segundo piso. ¿Puede llegar hasta ahí? No tenemos elevador y luce bastante agotado. Para Banke, la dueña de la posada, era obvio que ese hombre era problemas, pero era más prudente no meterse en su camino. —No se preocupe, puedo hacerlo. Ah, antes de todo, en un rato debe llegar un hombre, es muy parecido a mí, por favor hágamelo saber. Banke asintió, ella era una mujer prudente y silenciosa. Alessandro subió despacio y por instinto se llevó la mano a la herida para hacer un poco de presión y así aminorar el dolor tan intenso. Entró en la habitación y antes que nada revisó que todo estuviera bien. Esa era una costumbre que no podía abandonar después de haber sido traicionado en el pasado. Ningún sitio era seguro para el líder. Arrojó su pequeña maleta a la cama y se dispuso a sentarse para nuevamente llamar a su hermano. El teléfono seguía sonando y Micah no respondía. “Maldita sea, bien pueden matarme y este idiota no responde.” Sacó su teléfono y marcó a su segundo al mando. —Aristide, ¿Dónde está Micah? No responde llamadas. El guardaespaldas guardó silencio por un momento, después fue directo al grano. —Micah no vendrá, Alessandro. Él, huyó con la modelo. —¿Qué? “¡Carajo!” Ahora si que estaba en problemas. En cuanto Spencer supiera que el que había huido con su prometida era su hermano, eso se pondría pesado. Tenía que actuarse con inteligencia, tenía que tener la cabeza fría. Ellos no sabían esa información, de saberlo ya habrían comenzado una guerra. Entonces tenía que ser más listo que todos, no iba a permitir que su hermano muriera por una mujer que no valía la pena. Pero ¿por qué carajos ella? De tantas mujeres que había en el mundo tenía que enamorarse de la novia de su enemigo. ¿Acaso era idiota? O ¿sólo tenía muchas ganas de morir? ¡Diablos! No sabía que hacer, todo era una jodida m****a que cada vez se ponía peor. Iba a hacer una locura, era la peor idea del mundo, pero iría a hablar personalmente con Ian Spencer para llegar a un acuerdo antes de que este se enterara que su hermano había escapado con su novia. Si, eso haría. Si alguien debía morir ese era él, aunque todo se fuera al carajo después de eso. Entonces tomó nuevamente sus llaves para dirigirse hasta la mansión, aunque sabía bien que no podía pasar la seguridad. Pero hizo una locura aún más grande. Tomó su teléfono y marco al número que tenía, pero que jamás había usado. El tercer timbrazo escuchó su voz. —¿Sigues vivo? Me sorprendes. Ese era un sujeto al que odiaba más que a nada en el mundo y escuchar su voz burlesca le molestaba aún más. —Estoy en camino a tu casa para hablar. No necesitaba cordialidades para poner en claro que esto era una jodida locura, iba a negar el hecho de que su hermano hubiese escapado con Francesca. No dió oportunidad a que Ian se negara, de inmediato cortó la llamada y pisó a fondo el acelerador. No podía hacer mucho por su hermano ahora, pero hasta que todo se arreglara, debía encontrar la forma de no poner en riesgo a toda la organización. Podía sentir la tensión en su espalda mientras pensaba en las consecuencias de cada paso que daba. Ian Spencer era un hombre caprichoso, acostumbrado a conseguir lo que quería. Sabía que si descubrían la verdad, las cosas tomarían un rumbo irreversible. Y su hermano aún estaba perdido en medio de todo esto. A medida que avanzaba por la carretera, su mente se llenaba de pensamientos oscuros. Su relación con Spencer no era precisamente amigable, pero algo en su interior le decía que, en este momento, el acercamiento era la única opción viable. La mansión de Spencer estaba en la distancia. Alessandro sabía que entrar allí no sería fácil, pero ya había hecho cosas mucho más complicadas antes. Se sentó erguido, su mirada fija en la carretera mientras sus pensamientos se volvían más agudos. Si había algo que odiaba más que cualquier otra cosa era tener que recurrir a una alianza con alguien como Ian, pero esa era la jugada. La guerra abierta no era algo que le interesara, al menos no hasta que tuviera todo bajo control. Podía sentir que este era el momento, el único momento para poner fin a todo el caos, antes de que alguien más saliera herido. O muerto. Cuando llegó a la mansión de Ian, no tenía idea de qué esperar. La seguridad era estricta, pero el líder de la mafia italiana sabía cómo moverse cuando se trataba de infiltrarse en lugares bien resguardados. No había forma de que lo detuvieran, pero su mente seguía dando vueltas, preguntándose qué diablo estaba haciendo. ¿De verdad estaba dispuesto a hacer esta jugada, a negociar con Spencer, o simplemente estaba buscando una forma de sobrevivir? Cualquiera que fuera la respuesta, sabía que no había vuelta atrás. Al llegar a la puerta, un par de matones lo reconocieron. No era necesario un saludo. Simplemente, lo dejaron pasar, como si todo estuviera predeterminado. La mansión de Ian era imponente, grande y llena de lujo. La opulencia de los lugares que solían frecuentar los capos de la mafia italianos no se comparaba con nada que él hubiera conocido. Pero no era ese el punto. Lo importante era que las conversaciones se llevarían a cabo allí, en ese preciso momento. Alessandro no necesitaba palabras de cortesía. Se adentró en la mansión sin dudarlo. Ian lo esperaba en su oficina, detrás de un escritorio de madera oscura, con una copa de whisky en la mano. La sonrisa burlona que siempre lo caracterizaba no desapareció al verlo entrar. —¿Qué te trae por aquí, Alessandro? —preguntó Ian con tono de provocación, como si estuviera completamente tranquilo. —Una propuesta —respondió Alessandro, con firmeza. No tenía tiempo para juegos, no esta vez. —¿Una propuesta? —La sorpresa cruzó el rostro de Ian, pero pronto se acomodó en su silla, evaluando la situación. La intriga lo dominaba—. ¿De qué tipo? Alessandro dio un paso hacia adelante, confiado, pero sin dejar de vigilar cada detalle. Había llegado el momento de ofrecer la alianza que tanto tiempo había estado esperando, algo que ni Ian ni él se habían atrevido a proponer hasta ese momento. Ahora, con su hermano en peligro y la guerra a la vuelta de la esquina, era su única opción. Fin capítulo 4Alessandro no podía permitirse el lujo de pensar demasiado en lo que estaba haciendo. Su hermano había cometido una estupidez monumental, y ahora la cagada se le venía encima. ¿Cómo diablos había llegado todo a esto? Se preguntó, mientras aceleraba hacia la mansión de Ian Spencer, con una determinación fría que lo impulsaba a ignorar el dolor que le cortaba la respiración.Ian, ese maldito caprichoso, siempre había sido una piedra en el zapato. Pero ahora, Alessandro tenía una oportunidad. Tenía que aprovecharla. Su instinto de supervivencia le decía que negociara antes de que todo explotara en su cara.La llamada que había hecho había sido una de esas locuras impulsivas que parecían una mala idea, pero en su cabeza, todo encajaba de manera perfecta. Tenía que llegar hasta Ian antes de que su hermano hiciera algo aún más estúpido y se desmoronara todo el maldito imperio que había construido. Si le decía a Ian lo que había sucedido, las consecuencias serían devastadoras. Así que, no. N
Ellis llegó al motel con el mismo paso seguro de siempre, pero esta vez algo en el aire estaba diferente. Tal vez era la ligera brisa que acariciaba su rostro, o tal vez la sensación de que no podía escapar mucho más de lo que ya había intentado. No es que pensara en eso constantemente, no lo hacía, pero hoy la sensación de estar al borde de algo grande era imposible de ignorar. Podía sentirlo en el aire, o quizás solo era el eco de sus propios pensamientos cansados.El motel, como siempre, estaba tranquilo, sin nada que se interpusiera en su camino. Banke, la dueña, no la esperaba con preguntas. No la miraba de manera inquisitiva como otros. La conocía demasiado bien. Sin embargo, hoy Banke parecía estar esperando algo. Esa mirada de “no me digas que algo ha pasado”, le resultaba insoportablemente familiar.—¿Todo en orden? —preguntó Banke con su tono suave, como si no estuviera realmente esperando una respuesta. Ellis se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta.—Sí, lo mi
Ian pasó una mano por su rostro con frustración, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás hasta golpear la pared con un poco de fuerza. Lo suficiente para que Emma se girara a verlo. Iba a decir algo, pero se quedó callada al recordar que, para el hombre que estaba sentado a su lado, ella no era más que una sustituta.La clínica era modesta. Demasiado modesta. Eso encendió varias alertas en la mente de Emma.¿Por qué habían traído al anciano a un lugar como ese? Con los recursos que tenían, podrían haberlo ingresado en la mejor clínica del país. Pero no. En su lugar, estaban allí, en un sitio discreto, casi clandestino.Las dudas se acumularon en su cabeza, pero no tuvo tiempo de darles forma.La puerta del consultorio se abrió y de allí salió una mujer rubia, joven y hermosa, con una expresión de desaprobación evidente en su rostro. Apenas puso un pie en el pasillo, su mirada se clavó en Ian con una mezcla de furia y resignación.—No debiste traerlo aquí, Ian.Su tono era fr
El despacho de Maximilian Spencer seguía impregnado con el aroma de su tabaco caro, como si la muerte no hubiera tenido el poder de borrar su presencia. Las cortinas de terciopelo oscuro bloqueaban la luz de la tarde, dejando apenas un resquicio de sol que proyectaba sombras alargadas sobre la alfombra persa. Sobre el escritorio de madera maciza descansaba el testamento que lo había cambiado todo.Ellis estaba sentada en una de las sillas frente al escritorio, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha. Sus manos estaban entrelazadas, los nudillos blancos por la tensión. No había pronunciado palabra en varios minutos, y el silencio comenzaba a oprimirse sobre la habitación.Ian permanecía de pie, las manos en los bolsillos de su chaqueta, observándola con una mezcla de incredulidad y algo más difícil de descifrar. No era enojo, ni siquiera frustración, sino una especie de resignación mal disimulada. Él, más que nadie, entendía la magnitud de lo que acababan de escuchar.
Capítulo: La huidaEllis salió del despacho de Maximilian Spencer con la furia encendiendo su pecho, como una bola de fuego que no podía apagar. El peso del testamento en sus manos era insoportable, tan tangible como el futuro que ahora parecía inminente. Había sido la decisión de su padre, pero ella no podía aceptarlo. ¿Cómo iba a liderar una mafia? ¿Ella, que solo quería ser alguien diferente, alejada de la oscuridad que había rodeado su vida desde que naciera?Caminó a paso rápido por los pasillos del lugar, su mente corriendo a mil por hora, como un torbellino de pensamientos desordenados. Ian estaba detrás de ella, seguro de que su hermana cedería, que finalmente tomaría el control del imperio. Pero Ellis no lo haría. No podía hacerlo. Era un peso demasiado grande. Y lo peor de todo era que no podía confiar en nadie. No podía confiar ni siquiera en él.Empujó la puerta de salida y respiró el aire fresco de la tarde, aunque no sirvió para calmar su furia. En la calle, los coches p
Refugio en la Oscuridad El rugido del motor resonaba en la noche mientras Alessandro conducía con precisión milimétrica, esquivando el tráfico con la naturalidad de alguien que había pasado toda su vida huyendo o persiguiendo. Ellis, en el asiento del copiloto, mantenía la mirada fija en el espejo retrovisor, observando las luces de los autos que los seguían. No estaba segura de si los hombres del hotel habían logrado rastrear su fuga, pero su corazón aún latía con la adrenalina de la persecución. Se obligó a respirar hondo, a calmarse. No era momento de perder el control. —¿Tienes idea de a dónde nos dirigimos? —preguntó finalmente, sin apartar la vista del espejo. Alessandro apenas ladeó la cabeza, con una expresión inescrutable. —Sí. Ellis bufó, pero no insistió. No estaba en condiciones de exigir respuestas. No cuando él le había salvado el pellejo en el último segundo. La ciudad quedó atrás poco a poco. Las luces de neón dieron paso a las carreteras mal iluminadas y
El refugio olía a aceite, metal y gasolina, una mezcla que a Ellis le resultaba reconfortante en un sentido extraño. Era un lugar ruidoso, con herramientas apiladas en las esquinas y autos desmantelados en diferentes estados de reparación, pero también tenía una sensación de aislamiento que la hacía sentirse atrapada.Alessandro la había llevado hasta allí sin hacer preguntas, sin presionarla. Pero Ellis no era estúpida. Sabía que su paciencia no duraría mucho.Se pasó las manos por la cara, tratando de ordenar sus pensamientos. ¿Cómo demonios se había filtrado la información? ¿Quién había sido lo suficientemente astuto como para averiguar que ella era la heredera?Ian.Su primer instinto fue llamarlo. No porque confiara en él, sino porque, si alguien tenía respuestas, era él. Se alejó de los mecánicos y buscó un rincón apartado, sacó su celular y marcó su número.—¿Dónde demonios estás? —fue lo primero que le soltó Ian cuando contestó, su tono duro y lleno de tensión.—Sobreviví, si
Alessandro apoyó ambas manos sobre la mesa de su despacho improvisado y exhaló con frustración. No le gustaba esta situación. Tener a la mujer ahí, sin saber quién demonios era realmente, lo ponía en una posición vulnerable.Sacó su teléfono y marcó un número.—Aristide.—Jefe.—Necesito que averigües todo sobre la doctora Harris. Quién es, de dónde viene, qué demonios está ocultando.—¿Tengo que ser discreto?—Por ahora, sí. Y escucha bien: nadie entra y nadie sale de este lugar sin mi autorización. Entendido?—Entendido. ¿Algo más?Alessandro tamborileó los dedos sobre la mesa.—Sí. Quiero que también averigües quién está buscándola. Si alguien ha puesto un precio por su cabeza, quiero saberlo antes que nadie.—Lo haré.Alessandro colgó y se pasó una mano por el rostro.No podía llevarla a su mansión. No con la tregua que había establecido con Spencer. Meterse con su hija era lo último que necesitaba en ese momento. Además, él ya tenía suficientes problemas propios.Micah.Su herman