Capítulo 6

Ellis llegó al motel con el mismo paso seguro de siempre, pero esta vez algo en el aire estaba diferente. Tal vez era la ligera brisa que acariciaba su rostro, o tal vez la sensación de que no podía escapar mucho más de lo que ya había intentado. No es que pensara en eso constantemente, no lo hacía, pero hoy la sensación de estar al borde de algo grande era imposible de ignorar. Podía sentirlo en el aire, o quizás solo era el eco de sus propios pensamientos cansados.

El motel, como siempre, estaba tranquilo, sin nada que se interpusiera en su camino. Banke, la dueña, no la esperaba con preguntas. No la miraba de manera inquisitiva como otros. La conocía demasiado bien. Sin embargo, hoy Banke parecía estar esperando algo. Esa mirada de “no me digas que algo ha pasado”, le resultaba insoportablemente familiar.

—¿Todo en orden? —preguntó Banke con su tono suave, como si no estuviera realmente esperando una respuesta. Ellis se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta.

—Sí, lo mismo de siempre. Nadie muere, nadie sangra más de lo debido —dijo Ellis, lo suficiente como para que Banke supiera que no era un día como los otros, pero no profundizó más.

Banke se limitó a sonreír. Un pequeño gesto de complicidad. Podía leer entre líneas cuando alguien como Ellis no quería hablar. Y aunque Banke pudiera no estar segura de todo lo que Ellis había vivido, no era estúpida. Sabía que aquella mujer había estado en lugares donde incluso los ángeles preferirían no meter las alas.

Con un asentimiento, Banke se giró para preparar algo de té, pero no volvió a hablar. Era como si, en ese instante, ambas compartieran un acuerdo tácito: todo en la vida era un juego de apariencias. Sin preguntas. Sin indagaciones. Lo que fuera que Ellis hubiera dejado fuera de la conversación quedaba fuera, por el bien de todos.

Pero la paz, por supuesto, no dura.

La puerta del motel se abrió con un rechinido que pudo haberse escuchado desde el otro extremo de la calle. Un hombre entró. Y no era el tipo de cliente común que se deslizaba entre las sombras como un fantasma. No, este hombre estaba completamente consciente de la mirada de Banke sobre él y la de Ellis, que no hizo el esfuerzo de esconder su curiosidad. El tipo se acercó al mostrador y, sin previo aviso, pidió una habitación.

—¿Una habitación? —preguntó Banke, todavía con su mirada de detective en formación. Su ojo se agudizó mientras le entregaba la llave al tipo, que la aceptó como si todo en su vida dependiera de ese movimiento. Algo no encajaba, pero Banke no preguntó. Ellis, en cambio, observaba, su mirada fija en el desconocido.

El tipo, sin perder el tiempo, pasó la mano por el bolsillo de su abrigo y, con una rapidez que a nadie le dio tiempo de reaccionar, sacó un arma. La pistola brilló bajo la luz moribunda del lugar. Banke se quedó helada, un brillo de reconocimiento, o tal vez de miedo, cruzó por sus ojos. Ellis, sin embargo, ya había reaccionado.

A un paso del hombre, ella giró la muñeca con tal rapidez que lo dejó sin aliento. En un instante, la pistola cayó al suelo con un estrépito sordo, y la mano del hombre terminó inmovilizada por un agarre que, de no ser por la fuerza de Ellis, lo habría dejado a merced de cualquier otro tipo de violencia. Pero no era solo eso. Ella no sentía nada más que hastío. Un tipo más. Un intento de asalto que había devenido en una cuestión de mecánica pura.

El hombre forcejeó, intentando zafarse, pero estaba completamente a merced de Ellis. Se giró hacia Banke con ojos de desesperación, pero no dijo una palabra. Ellis, por otro lado, no dijo nada tampoco. Solo le sonrió.

—Deberías pensarlo mejor la próxima vez —dijo con voz baja, como si se tratara de una advertencia. Con una rapidez que sería difícil de imitar para cualquiera, desarmó al hombre y lo dejó en el suelo, sin ganas de perder más tiempo con alguien que no lo merecía.

El tipo se levantó con dificultad, y sin pronunciar una sola palabra más, salió del motel como si la tierra lo estuviera tragando. Ni siquiera Banke pudo detenerlo esta vez, pues todo sucedió demasiado rápido.

Ellis regresó a la barra y se sirvió una taza de té sin mirar a Banke, aunque esta la observaba fijamente, sin intentar disimular que algo no encajaba. Al fin y al cabo, Banke conocía a Ellis lo suficiente como para darse cuenta de que algo no estaba del todo bien, pero no lo preguntó. No ahora.

El silencio que siguió a la escena se alargó, y después de unos momentos, Banke suspiró. Por fin, dijo lo que ambas sabían, pero nunca se atrevieron a decir en voz alta.

—Eres más de lo que aparentas, ¿verdad? —preguntó, la duda y el reconocimiento se filtraban en su tono.

Ellis la miró de reojo, como si se estuviera planteando si debía responder o dejar el comentario en el aire. No era que no le gustara la pregunta, es que la respuesta estaba demasiado clara, y no había nada interesante en eso.

—Siempre lo fui. Solo que tú no querías saberlo —respondió, tomando un sorbo de té, mientras la puerta del motel se volvía a abrir.

No, no era otro cliente común. Era el mafioso

Ellis lo vio entrar, sus pasos resonando con la misma intensidad de siempre. ¿Qué diablos hacía él aquí? Pensaba que la última vez que lo vio, ya se había ido por completo. Pero ahí estaba, sin previo aviso, con su arrogante sonrisa y una mirada desafiante que la hizo apretar los puños por un momento.

¿En qué momento había dejado de ser una doctora normal para convertirse en un punto de encuentro de todo lo que había intentado dejar atrás?

Alessandro la miró directo a los ojos, como si no hubiera pasado ni un segundo desde la última vez que se cruzaron.

—No esperaba verte aquí —comentó con su voz profunda, la que siempre decía algo más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Ellis levantó una ceja, sin perder su compostura.

—Parece que te perdiste —dijo, dejando que el tono mordaz ocupara todo su espacio. Y si él no lo sabía aún, iba a descubrir que este reencuentro no iba a ser sencillo.

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