Ellis llegó al motel con el mismo paso seguro de siempre, pero esta vez algo en el aire estaba diferente. Tal vez era la ligera brisa que acariciaba su rostro, o tal vez la sensación de que no podía escapar mucho más de lo que ya había intentado. No es que pensara en eso constantemente, no lo hacía, pero hoy la sensación de estar al borde de algo grande era imposible de ignorar. Podía sentirlo en el aire, o quizás solo era el eco de sus propios pensamientos cansados.
El motel, como siempre, estaba tranquilo, sin nada que se interpusiera en su camino. Banke, la dueña, no la esperaba con preguntas. No la miraba de manera inquisitiva como otros. La conocía demasiado bien. Sin embargo, hoy Banke parecía estar esperando algo. Esa mirada de “no me digas que algo ha pasado”, le resultaba insoportablemente familiar. —¿Todo en orden? —preguntó Banke con su tono suave, como si no estuviera realmente esperando una respuesta. Ellis se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta. —Sí, lo mismo de siempre. Nadie muere, nadie sangra más de lo debido —dijo Ellis, lo suficiente como para que Banke supiera que no era un día como los otros, pero no profundizó más. Banke se limitó a sonreír. Un pequeño gesto de complicidad. Podía leer entre líneas cuando alguien como Ellis no quería hablar. Y aunque Banke pudiera no estar segura de todo lo que Ellis había vivido, no era estúpida. Sabía que aquella mujer había estado en lugares donde incluso los ángeles preferirían no meter las alas. Con un asentimiento, Banke se giró para preparar algo de té, pero no volvió a hablar. Era como si, en ese instante, ambas compartieran un acuerdo tácito: todo en la vida era un juego de apariencias. Sin preguntas. Sin indagaciones. Lo que fuera que Ellis hubiera dejado fuera de la conversación quedaba fuera, por el bien de todos. Pero la paz, por supuesto, no dura. La puerta del motel se abrió con un rechinido que pudo haberse escuchado desde el otro extremo de la calle. Un hombre entró. Y no era el tipo de cliente común que se deslizaba entre las sombras como un fantasma. No, este hombre estaba completamente consciente de la mirada de Banke sobre él y la de Ellis, que no hizo el esfuerzo de esconder su curiosidad. El tipo se acercó al mostrador y, sin previo aviso, pidió una habitación. —¿Una habitación? —preguntó Banke, todavía con su mirada de detective en formación. Su ojo se agudizó mientras le entregaba la llave al tipo, que la aceptó como si todo en su vida dependiera de ese movimiento. Algo no encajaba, pero Banke no preguntó. Ellis, en cambio, observaba, su mirada fija en el desconocido. El tipo, sin perder el tiempo, pasó la mano por el bolsillo de su abrigo y, con una rapidez que a nadie le dio tiempo de reaccionar, sacó un arma. La pistola brilló bajo la luz moribunda del lugar. Banke se quedó helada, un brillo de reconocimiento, o tal vez de miedo, cruzó por sus ojos. Ellis, sin embargo, ya había reaccionado. A un paso del hombre, ella giró la muñeca con tal rapidez que lo dejó sin aliento. En un instante, la pistola cayó al suelo con un estrépito sordo, y la mano del hombre terminó inmovilizada por un agarre que, de no ser por la fuerza de Ellis, lo habría dejado a merced de cualquier otro tipo de violencia. Pero no era solo eso. Ella no sentía nada más que hastío. Un tipo más. Un intento de asalto que había devenido en una cuestión de mecánica pura. El hombre forcejeó, intentando zafarse, pero estaba completamente a merced de Ellis. Se giró hacia Banke con ojos de desesperación, pero no dijo una palabra. Ellis, por otro lado, no dijo nada tampoco. Solo le sonrió. —Deberías pensarlo mejor la próxima vez —dijo con voz baja, como si se tratara de una advertencia. Con una rapidez que sería difícil de imitar para cualquiera, desarmó al hombre y lo dejó en el suelo, sin ganas de perder más tiempo con alguien que no lo merecía. El tipo se levantó con dificultad, y sin pronunciar una sola palabra más, salió del motel como si la tierra lo estuviera tragando. Ni siquiera Banke pudo detenerlo esta vez, pues todo sucedió demasiado rápido. Ellis regresó a la barra y se sirvió una taza de té sin mirar a Banke, aunque esta la observaba fijamente, sin intentar disimular que algo no encajaba. Al fin y al cabo, Banke conocía a Ellis lo suficiente como para darse cuenta de que algo no estaba del todo bien, pero no lo preguntó. No ahora. El silencio que siguió a la escena se alargó, y después de unos momentos, Banke suspiró. Por fin, dijo lo que ambas sabían, pero nunca se atrevieron a decir en voz alta. —Eres más de lo que aparentas, ¿verdad? —preguntó, la duda y el reconocimiento se filtraban en su tono. Ellis la miró de reojo, como si se estuviera planteando si debía responder o dejar el comentario en el aire. No era que no le gustara la pregunta, es que la respuesta estaba demasiado clara, y no había nada interesante en eso. —Siempre lo fui. Solo que tú no querías saberlo —respondió, tomando un sorbo de té, mientras la puerta del motel se volvía a abrir. No, no era otro cliente común. Era el mafioso Ellis lo vio entrar, sus pasos resonando con la misma intensidad de siempre. ¿Qué diablos hacía él aquí? Pensaba que la última vez que lo vio, ya se había ido por completo. Pero ahí estaba, sin previo aviso, con su arrogante sonrisa y una mirada desafiante que la hizo apretar los puños por un momento. ¿En qué momento había dejado de ser una doctora normal para convertirse en un punto de encuentro de todo lo que había intentado dejar atrás? Alessandro la miró directo a los ojos, como si no hubiera pasado ni un segundo desde la última vez que se cruzaron. —No esperaba verte aquí —comentó con su voz profunda, la que siempre decía algo más de lo que estaba dispuesto a admitir. Ellis levantó una ceja, sin perder su compostura. —Parece que te perdiste —dijo, dejando que el tono mordaz ocupara todo su espacio. Y si él no lo sabía aún, iba a descubrir que este reencuentro no iba a ser sencillo.Ian pasó una mano por su rostro con frustración, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás hasta golpear la pared con un poco de fuerza. Lo suficiente para que Emma se girara a verlo. Iba a decir algo, pero se quedó callada al recordar que, para el hombre que estaba sentado a su lado, ella no era más que una sustituta.La clínica era modesta. Demasiado modesta. Eso encendió varias alertas en la mente de Emma.¿Por qué habían traído al anciano a un lugar como ese? Con los recursos que tenían, podrían haberlo ingresado en la mejor clínica del país. Pero no. En su lugar, estaban allí, en un sitio discreto, casi clandestino.Las dudas se acumularon en su cabeza, pero no tuvo tiempo de darles forma.La puerta del consultorio se abrió y de allí salió una mujer rubia, joven y hermosa, con una expresión de desaprobación evidente en su rostro. Apenas puso un pie en el pasillo, su mirada se clavó en Ian con una mezcla de furia y resignación.—No debiste traerlo aquí, Ian.Su tono era fr
El despacho de Maximilian Spencer seguía impregnado con el aroma de su tabaco caro, como si la muerte no hubiera tenido el poder de borrar su presencia. Las cortinas de terciopelo oscuro bloqueaban la luz de la tarde, dejando apenas un resquicio de sol que proyectaba sombras alargadas sobre la alfombra persa. Sobre el escritorio de madera maciza descansaba el testamento que lo había cambiado todo.Ellis estaba sentada en una de las sillas frente al escritorio, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha. Sus manos estaban entrelazadas, los nudillos blancos por la tensión. No había pronunciado palabra en varios minutos, y el silencio comenzaba a oprimirse sobre la habitación.Ian permanecía de pie, las manos en los bolsillos de su chaqueta, observándola con una mezcla de incredulidad y algo más difícil de descifrar. No era enojo, ni siquiera frustración, sino una especie de resignación mal disimulada. Él, más que nadie, entendía la magnitud de lo que acababan de escuchar.
Capítulo: La huidaEllis salió del despacho de Maximilian Spencer con la furia encendiendo su pecho, como una bola de fuego que no podía apagar. El peso del testamento en sus manos era insoportable, tan tangible como el futuro que ahora parecía inminente. Había sido la decisión de su padre, pero ella no podía aceptarlo. ¿Cómo iba a liderar una mafia? ¿Ella, que solo quería ser alguien diferente, alejada de la oscuridad que había rodeado su vida desde que naciera?Caminó a paso rápido por los pasillos del lugar, su mente corriendo a mil por hora, como un torbellino de pensamientos desordenados. Ian estaba detrás de ella, seguro de que su hermana cedería, que finalmente tomaría el control del imperio. Pero Ellis no lo haría. No podía hacerlo. Era un peso demasiado grande. Y lo peor de todo era que no podía confiar en nadie. No podía confiar ni siquiera en él.Empujó la puerta de salida y respiró el aire fresco de la tarde, aunque no sirvió para calmar su furia. En la calle, los coches p
Refugio en la Oscuridad El rugido del motor resonaba en la noche mientras Alessandro conducía con precisión milimétrica, esquivando el tráfico con la naturalidad de alguien que había pasado toda su vida huyendo o persiguiendo. Ellis, en el asiento del copiloto, mantenía la mirada fija en el espejo retrovisor, observando las luces de los autos que los seguían. No estaba segura de si los hombres del hotel habían logrado rastrear su fuga, pero su corazón aún latía con la adrenalina de la persecución. Se obligó a respirar hondo, a calmarse. No era momento de perder el control. —¿Tienes idea de a dónde nos dirigimos? —preguntó finalmente, sin apartar la vista del espejo. Alessandro apenas ladeó la cabeza, con una expresión inescrutable. —Sí. Ellis bufó, pero no insistió. No estaba en condiciones de exigir respuestas. No cuando él le había salvado el pellejo en el último segundo. La ciudad quedó atrás poco a poco. Las luces de neón dieron paso a las carreteras mal iluminadas y
El refugio olía a aceite, metal y gasolina, una mezcla que a Ellis le resultaba reconfortante en un sentido extraño. Era un lugar ruidoso, con herramientas apiladas en las esquinas y autos desmantelados en diferentes estados de reparación, pero también tenía una sensación de aislamiento que la hacía sentirse atrapada.Alessandro la había llevado hasta allí sin hacer preguntas, sin presionarla. Pero Ellis no era estúpida. Sabía que su paciencia no duraría mucho.Se pasó las manos por la cara, tratando de ordenar sus pensamientos. ¿Cómo demonios se había filtrado la información? ¿Quién había sido lo suficientemente astuto como para averiguar que ella era la heredera?Ian.Su primer instinto fue llamarlo. No porque confiara en él, sino porque, si alguien tenía respuestas, era él. Se alejó de los mecánicos y buscó un rincón apartado, sacó su celular y marcó su número.—¿Dónde demonios estás? —fue lo primero que le soltó Ian cuando contestó, su tono duro y lleno de tensión.—Sobreviví, si
Alessandro apoyó ambas manos sobre la mesa de su despacho improvisado y exhaló con frustración. No le gustaba esta situación. Tener a la mujer ahí, sin saber quién demonios era realmente, lo ponía en una posición vulnerable.Sacó su teléfono y marcó un número.—Aristide.—Jefe.—Necesito que averigües todo sobre la doctora Harris. Quién es, de dónde viene, qué demonios está ocultando.—¿Tengo que ser discreto?—Por ahora, sí. Y escucha bien: nadie entra y nadie sale de este lugar sin mi autorización. Entendido?—Entendido. ¿Algo más?Alessandro tamborileó los dedos sobre la mesa.—Sí. Quiero que también averigües quién está buscándola. Si alguien ha puesto un precio por su cabeza, quiero saberlo antes que nadie.—Lo haré.Alessandro colgó y se pasó una mano por el rostro.No podía llevarla a su mansión. No con la tregua que había establecido con Spencer. Meterse con su hija era lo último que necesitaba en ese momento. Además, él ya tenía suficientes problemas propios.Micah.Su herman
Ellis nunca había sido una mujer impulsiva. La impulsividad mataba. Pero quedarse quieta en un solo lugar también.Se giró en la cama, escuchando con atención. Silencio. No total, pero lo suficientemente profundo como para saber que Alessandro no estaba justo afuera de su puerta. O al menos, no que ella pudiera notar.Bien.Se deslizó fuera de las sábanas y caminó con sigilo hacia la ventana. Anoche la había analizado, buscando posibles rutas de escape, y aunque no era ideal, tampoco era imposible. No saltaría sin pensar, no era estúpida, pero si encontraba la forma de descolgarse sin romperse una pierna…Abrió la ventana con cuidado, mordiendo su labio cuando un ligero chirrido rompió el silencio. Se quedó quieta, esperando. Nada.Exhaló despacio.La brisa nocturna le revolvió el cabello cuando se inclinó sobre el marco, evaluando el descenso. Dos pisos. No tan alto, pero tampoco una caída que pudiera tomar a la ligera. Debajo, había un pequeño tejado que podría amortiguar su aterriz
—Ellis,por favor cúbreme,serán solo un par de horas,lo prometo. La rubia giró el rostro apenas unos segundos,se encontraba revisando los signos vitales de uno de sus pacientes,su turno de 36 horas estaba por terminar.—Temperatura normal,signos vitales en orden. Está usted más fuerte que un toro (guiña un ojo a su paciente anciano de 80) sólo está aquí para conquistarme,ya le dije que estoy casada con mi empleo.—No pierdo la esperanza Doctora.Él le devuelve el guiño.—Estás ignorándome. Melissa sacó un resoplido. Tenía una importante cita en menos de media hora,pero no podía ir porque su turno empezaba al mismo tiempo.—Claro que lo hago,es todo un arte que tengo dominado. La chica la siguió por todo el pasillo y la hizo detenerse una vez más. —Por favor Ellis,este podría ser el amor de mi vida,y tú podrías ayudarme (Ellis puso gesto de ironía,puesto que no era la primera vez que le decía lo mismo) una vez más,amiga. Finalizó al notar que no estaba siendo muy persuasiva—La espald