Alessandro no podía permitirse el lujo de pensar demasiado en lo que estaba haciendo. Su hermano había cometido una estupidez monumental, y ahora la cagada se le venía encima. ¿Cómo diablos había llegado todo a esto? Se preguntó, mientras aceleraba hacia la mansión de Ian Spencer, con una determinación fría que lo impulsaba a ignorar el dolor que le cortaba la respiración.
Ian, ese maldito caprichoso, siempre había sido una piedra en el zapato. Pero ahora, Alessandro tenía una oportunidad. Tenía que aprovecharla. Su instinto de supervivencia le decía que negociara antes de que todo explotara en su cara. La llamada que había hecho había sido una de esas locuras impulsivas que parecían una mala idea, pero en su cabeza, todo encajaba de manera perfecta. Tenía que llegar hasta Ian antes de que su hermano hiciera algo aún más estúpido y se desmoronara todo el maldito imperio que había construido. Si le decía a Ian lo que había sucedido, las consecuencias serían devastadoras. Así que, no. No iba a hablar de Micah. No todavía. Alessandro no era un idiota, sabía que tenía que distraer a Ian, hablarle de negocios, de esa alianza que ninguno de los dos quería formalizar pero que sabían que necesitaban. Era el momento perfecto para hablar de eso. Ambos lo habían estado buscando, pero sus egos estúpidos no les permitían dar el primer paso. Llegó a la mansión, la gran casa de piedra que Ian Spencer había hecho construir como una fortaleza personal. Sabía que dentro, la situación iba a estar tensa, y que Ian no iba a recibirlo con una sonrisa. A Ian le gustaba el control, y si algo le quitaba ese control, era Alessandro, ese maldito líder de la mafia italiana. El mayordomo lo recibió en la entrada, y la mirada en su rostro dijo todo lo que Alessandro ya sabía: Ian había estado esperando ese momento, pero no sin prepararse para cualquier cosa que pudiera suceder. No había confianza entre ellos, solo una tensa cordialidad que se mantenía en pie por conveniencia. —Pasa, Alessandro. Ian te espera —le dijo el mayordomo, sin mucho entusiasmo. Alessandro asintió, pasando sin más. El olor a perfume caro y a madera noble invadió sus sentidos mientras caminaba por los pasillos iluminados de la mansión. La grandeza del lugar no lo impresionaba; él solo quería salir de allí con un acuerdo y, si todo iba bien, evitar que su hermano se convirtiera en el próximo objetivo en la guerra que había comenzado, pero que ni él mismo había buscado. La sala principal estaba bien iluminada, con alfombras persas y un mobiliario que parecía sacado de una galería de arte. Ian estaba de pie, mirando por la ventana. La típica imagen del hombre que cree que tiene el mundo a sus pies. De espaldas, Alessandro pudo ver la silueta de Ian, alto y delgado, con una presencia que parecía exigir respeto, aunque sabía que era solo una fachada. —¿Por qué tardaste tanto? —dijo Ian, girando lentamente hacia él. Su voz tenía esa mezcla de arrogancia y desdén que siempre lo caracterizaba. Era como si pensara que Alessandro debía rendirse ante él, solo porque lo conocía. —¿Esperabas que llegara corriendo? —respondió Alessandro, la mordacidad en su tono evidenciando que las formalidades no estaban en su lista de prioridades. Ian levantó una ceja, sonriendo con esa expresión de superioridad que siempre lo acompañaba. —No, pero tu visita tiene un aire de urgencia. ¿Qué es lo que tanto quieres, Alessandro? —Ian se acercó un par de pasos, mientras sus ojos examinaban con frialdad a su antiguo rival. Alessandro cruzó los brazos y dio un paso hacia él, sin mostrar ni un ápice de miedo. Si había algo que Alessandro nunca había sido, era un hombre que se dejaba intimidar. —Vengo a hablar de negocios —dijo, pero no como una súplica ni una propuesta. Había algo en su voz que dejaba claro que la charla era solo una excusa. Ian frunció el ceño. No esperaba que Alessandro viniera por una oferta de alianza, pero la verdad era que ninguno de los dos podía ignorar lo evidente: necesitaban un trato. Sin embargo, ni él ni Alessandro iban a ser los primeros en poner la carta sobre la mesa. La relación entre ambos era un tira y afloja interminable, donde el poder era siempre el que dictaba las reglas. —Vaya, esto sí que me sorprende. ¿Tú ofreciendo una alianza? Eso sí que es nuevo —Ian caminó alrededor de la sala, como si estuviera evaluando cada palabra que Alessandro pronunciaba. Alessandro no se inmutó. Había llegado hasta aquí por una razón y no iba a retroceder. —Sí, una alianza. Es algo que ambos sabemos que necesitamos, aunque ninguno de los dos quiera admitirlo —respondió, sin perder esa seguridad que lo hacía tan peligroso. Ian lo miró fijamente, con esa sonrisa sibilina que no le llegaba a los ojos. —¿Sabes qué, Alessandro? Tal vez sea el momento. Ambos sabemos que lo que estamos haciendo no es suficiente. Las guerras que hemos librado… ya están perdiendo sentido. Hay demasiados enemigos por todos lados. —La voz de Ian se suavizó ligeramente, pero no dejaba de ser arrogante. Alessandro mantuvo la mirada fija en él, sin apartar la vista ni un segundo. Era cierto que la guerra entre sus facciones ya no tenía el mismo sabor. Ambos se estaban desangrando por mantener el control, pero la cuestión era quién cedería primero. —Estoy dispuesto a hablar —dijo, con una calma tensa. No podía permitirse mostrar debilidad, aunque la situación apretara. Ian se acercó a la mesa y cogió un vaso con licor, dándose un trago mientras observaba a Alessandro con una sonrisa ladeada. Estaba disfrutando el juego. Siempre lo hacía. Pero eso no significaba que Alessandro fuera a dejarse llevar. —Creo que este es el momento, ¿no crees? —dijo Ian, mientras se recargaba en el respaldo de la silla. Alessandro asintió, observando la mesa entre ellos. Sabía que este trato significaba un paso importante para ambos, pero no iba a ser tan fácil. No hasta que se arreglaran las cuentas, no hasta que su hermano dejara de ser un maldito problema. —Ahora lo hablamos, pero no olvides algo, Ian —dijo Alessandro, con el tono más bajo y amenazante que pudo encontrar—. No me subestimes. Y no olvides que, incluso después de este trato, somos enemigos Fin capítulo 5Ellis llegó al motel con el mismo paso seguro de siempre, pero esta vez algo en el aire estaba diferente. Tal vez era la ligera brisa que acariciaba su rostro, o tal vez la sensación de que no podía escapar mucho más de lo que ya había intentado. No es que pensara en eso constantemente, no lo hacía, pero hoy la sensación de estar al borde de algo grande era imposible de ignorar. Podía sentirlo en el aire, o quizás solo era el eco de sus propios pensamientos cansados.El motel, como siempre, estaba tranquilo, sin nada que se interpusiera en su camino. Banke, la dueña, no la esperaba con preguntas. No la miraba de manera inquisitiva como otros. La conocía demasiado bien. Sin embargo, hoy Banke parecía estar esperando algo. Esa mirada de “no me digas que algo ha pasado”, le resultaba insoportablemente familiar.—¿Todo en orden? —preguntó Banke con su tono suave, como si no estuviera realmente esperando una respuesta. Ellis se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta.—Sí, lo mi
Ian pasó una mano por su rostro con frustración, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás hasta golpear la pared con un poco de fuerza. Lo suficiente para que Emma se girara a verlo. Iba a decir algo, pero se quedó callada al recordar que, para el hombre que estaba sentado a su lado, ella no era más que una sustituta.La clínica era modesta. Demasiado modesta. Eso encendió varias alertas en la mente de Emma.¿Por qué habían traído al anciano a un lugar como ese? Con los recursos que tenían, podrían haberlo ingresado en la mejor clínica del país. Pero no. En su lugar, estaban allí, en un sitio discreto, casi clandestino.Las dudas se acumularon en su cabeza, pero no tuvo tiempo de darles forma.La puerta del consultorio se abrió y de allí salió una mujer rubia, joven y hermosa, con una expresión de desaprobación evidente en su rostro. Apenas puso un pie en el pasillo, su mirada se clavó en Ian con una mezcla de furia y resignación.—No debiste traerlo aquí, Ian.Su tono era fr
El despacho de Maximilian Spencer seguía impregnado con el aroma de su tabaco caro, como si la muerte no hubiera tenido el poder de borrar su presencia. Las cortinas de terciopelo oscuro bloqueaban la luz de la tarde, dejando apenas un resquicio de sol que proyectaba sombras alargadas sobre la alfombra persa. Sobre el escritorio de madera maciza descansaba el testamento que lo había cambiado todo.Ellis estaba sentada en una de las sillas frente al escritorio, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha. Sus manos estaban entrelazadas, los nudillos blancos por la tensión. No había pronunciado palabra en varios minutos, y el silencio comenzaba a oprimirse sobre la habitación.Ian permanecía de pie, las manos en los bolsillos de su chaqueta, observándola con una mezcla de incredulidad y algo más difícil de descifrar. No era enojo, ni siquiera frustración, sino una especie de resignación mal disimulada. Él, más que nadie, entendía la magnitud de lo que acababan de escuchar.
Capítulo: La huidaEllis salió del despacho de Maximilian Spencer con la furia encendiendo su pecho, como una bola de fuego que no podía apagar. El peso del testamento en sus manos era insoportable, tan tangible como el futuro que ahora parecía inminente. Había sido la decisión de su padre, pero ella no podía aceptarlo. ¿Cómo iba a liderar una mafia? ¿Ella, que solo quería ser alguien diferente, alejada de la oscuridad que había rodeado su vida desde que naciera?Caminó a paso rápido por los pasillos del lugar, su mente corriendo a mil por hora, como un torbellino de pensamientos desordenados. Ian estaba detrás de ella, seguro de que su hermana cedería, que finalmente tomaría el control del imperio. Pero Ellis no lo haría. No podía hacerlo. Era un peso demasiado grande. Y lo peor de todo era que no podía confiar en nadie. No podía confiar ni siquiera en él.Empujó la puerta de salida y respiró el aire fresco de la tarde, aunque no sirvió para calmar su furia. En la calle, los coches p
Refugio en la Oscuridad El rugido del motor resonaba en la noche mientras Alessandro conducía con precisión milimétrica, esquivando el tráfico con la naturalidad de alguien que había pasado toda su vida huyendo o persiguiendo. Ellis, en el asiento del copiloto, mantenía la mirada fija en el espejo retrovisor, observando las luces de los autos que los seguían. No estaba segura de si los hombres del hotel habían logrado rastrear su fuga, pero su corazón aún latía con la adrenalina de la persecución. Se obligó a respirar hondo, a calmarse. No era momento de perder el control. —¿Tienes idea de a dónde nos dirigimos? —preguntó finalmente, sin apartar la vista del espejo. Alessandro apenas ladeó la cabeza, con una expresión inescrutable. —Sí. Ellis bufó, pero no insistió. No estaba en condiciones de exigir respuestas. No cuando él le había salvado el pellejo en el último segundo. La ciudad quedó atrás poco a poco. Las luces de neón dieron paso a las carreteras mal iluminadas y
El refugio olía a aceite, metal y gasolina, una mezcla que a Ellis le resultaba reconfortante en un sentido extraño. Era un lugar ruidoso, con herramientas apiladas en las esquinas y autos desmantelados en diferentes estados de reparación, pero también tenía una sensación de aislamiento que la hacía sentirse atrapada.Alessandro la había llevado hasta allí sin hacer preguntas, sin presionarla. Pero Ellis no era estúpida. Sabía que su paciencia no duraría mucho.Se pasó las manos por la cara, tratando de ordenar sus pensamientos. ¿Cómo demonios se había filtrado la información? ¿Quién había sido lo suficientemente astuto como para averiguar que ella era la heredera?Ian.Su primer instinto fue llamarlo. No porque confiara en él, sino porque, si alguien tenía respuestas, era él. Se alejó de los mecánicos y buscó un rincón apartado, sacó su celular y marcó su número.—¿Dónde demonios estás? —fue lo primero que le soltó Ian cuando contestó, su tono duro y lleno de tensión.—Sobreviví, si
Alessandro apoyó ambas manos sobre la mesa de su despacho improvisado y exhaló con frustración. No le gustaba esta situación. Tener a la mujer ahí, sin saber quién demonios era realmente, lo ponía en una posición vulnerable.Sacó su teléfono y marcó un número.—Aristide.—Jefe.—Necesito que averigües todo sobre la doctora Harris. Quién es, de dónde viene, qué demonios está ocultando.—¿Tengo que ser discreto?—Por ahora, sí. Y escucha bien: nadie entra y nadie sale de este lugar sin mi autorización. Entendido?—Entendido. ¿Algo más?Alessandro tamborileó los dedos sobre la mesa.—Sí. Quiero que también averigües quién está buscándola. Si alguien ha puesto un precio por su cabeza, quiero saberlo antes que nadie.—Lo haré.Alessandro colgó y se pasó una mano por el rostro.No podía llevarla a su mansión. No con la tregua que había establecido con Spencer. Meterse con su hija era lo último que necesitaba en ese momento. Además, él ya tenía suficientes problemas propios.Micah.Su herman
Ellis nunca había sido una mujer impulsiva. La impulsividad mataba. Pero quedarse quieta en un solo lugar también.Se giró en la cama, escuchando con atención. Silencio. No total, pero lo suficientemente profundo como para saber que Alessandro no estaba justo afuera de su puerta. O al menos, no que ella pudiera notar.Bien.Se deslizó fuera de las sábanas y caminó con sigilo hacia la ventana. Anoche la había analizado, buscando posibles rutas de escape, y aunque no era ideal, tampoco era imposible. No saltaría sin pensar, no era estúpida, pero si encontraba la forma de descolgarse sin romperse una pierna…Abrió la ventana con cuidado, mordiendo su labio cuando un ligero chirrido rompió el silencio. Se quedó quieta, esperando. Nada.Exhaló despacio.La brisa nocturna le revolvió el cabello cuando se inclinó sobre el marco, evaluando el descenso. Dos pisos. No tan alto, pero tampoco una caída que pudiera tomar a la ligera. Debajo, había un pequeño tejado que podría amortiguar su aterriz