Capítulo 5

Alessandro no podía permitirse el lujo de pensar demasiado en lo que estaba haciendo. Su hermano había cometido una estupidez monumental, y ahora la cagada se le venía encima. ¿Cómo diablos había llegado todo a esto? Se preguntó, mientras aceleraba hacia la mansión de Ian Spencer, con una determinación fría que lo impulsaba a ignorar el dolor que le cortaba la respiración.

Ian, ese maldito caprichoso, siempre había sido una piedra en el zapato. Pero ahora, Alessandro tenía una oportunidad. Tenía que aprovecharla. Su instinto de supervivencia le decía que negociara antes de que todo explotara en su cara.

La llamada que había hecho había sido una de esas locuras impulsivas que parecían una mala idea, pero en su cabeza, todo encajaba de manera perfecta. Tenía que llegar hasta Ian antes de que su hermano hiciera algo aún más estúpido y se desmoronara todo el maldito imperio que había construido. Si le decía a Ian lo que había sucedido, las consecuencias serían devastadoras. Así que, no. No iba a hablar de Micah. No todavía.

Alessandro no era un idiota, sabía que tenía que distraer a Ian, hablarle de negocios, de esa alianza que ninguno de los dos quería formalizar pero que sabían que necesitaban. Era el momento perfecto para hablar de eso. Ambos lo habían estado buscando, pero sus egos estúpidos no les permitían dar el primer paso.

Llegó a la mansión, la gran casa de piedra que Ian Spencer había hecho construir como una fortaleza personal. Sabía que dentro, la situación iba a estar tensa, y que Ian no iba a recibirlo con una sonrisa. A Ian le gustaba el control, y si algo le quitaba ese control, era Alessandro, ese maldito líder de la mafia italiana.

El mayordomo lo recibió en la entrada, y la mirada en su rostro dijo todo lo que Alessandro ya sabía: Ian había estado esperando ese momento, pero no sin prepararse para cualquier cosa que pudiera suceder. No había confianza entre ellos, solo una tensa cordialidad que se mantenía en pie por conveniencia.

—Pasa, Alessandro. Ian te espera —le dijo el mayordomo, sin mucho entusiasmo.

Alessandro asintió, pasando sin más. El olor a perfume caro y a madera noble invadió sus sentidos mientras caminaba por los pasillos iluminados de la mansión. La grandeza del lugar no lo impresionaba; él solo quería salir de allí con un acuerdo y, si todo iba bien, evitar que su hermano se convirtiera en el próximo objetivo en la guerra que había comenzado, pero que ni él mismo había buscado.

La sala principal estaba bien iluminada, con alfombras persas y un mobiliario que parecía sacado de una galería de arte. Ian estaba de pie, mirando por la ventana. La típica imagen del hombre que cree que tiene el mundo a sus pies. De espaldas, Alessandro pudo ver la silueta de Ian, alto y delgado, con una presencia que parecía exigir respeto, aunque sabía que era solo una fachada.

—¿Por qué tardaste tanto? —dijo Ian, girando lentamente hacia él. Su voz tenía esa mezcla de arrogancia y desdén que siempre lo caracterizaba. Era como si pensara que Alessandro debía rendirse ante él, solo porque lo conocía.

—¿Esperabas que llegara corriendo? —respondió Alessandro, la mordacidad en su tono evidenciando que las formalidades no estaban en su lista de prioridades.

Ian levantó una ceja, sonriendo con esa expresión de superioridad que siempre lo acompañaba.

—No, pero tu visita tiene un aire de urgencia. ¿Qué es lo que tanto quieres, Alessandro? —Ian se acercó un par de pasos, mientras sus ojos examinaban con frialdad a su antiguo rival.

Alessandro cruzó los brazos y dio un paso hacia él, sin mostrar ni un ápice de miedo. Si había algo que Alessandro nunca había sido, era un hombre que se dejaba intimidar.

—Vengo a hablar de negocios —dijo, pero no como una súplica ni una propuesta. Había algo en su voz que dejaba claro que la charla era solo una excusa.

Ian frunció el ceño. No esperaba que Alessandro viniera por una oferta de alianza, pero la verdad era que ninguno de los dos podía ignorar lo evidente: necesitaban un trato. Sin embargo, ni él ni Alessandro iban a ser los primeros en poner la carta sobre la mesa. La relación entre ambos era un tira y afloja interminable, donde el poder era siempre el que dictaba las reglas.

—Vaya, esto sí que me sorprende. ¿Tú ofreciendo una alianza? Eso sí que es nuevo —Ian caminó alrededor de la sala, como si estuviera evaluando cada palabra que Alessandro pronunciaba.

Alessandro no se inmutó. Había llegado hasta aquí por una razón y no iba a retroceder.

—Sí, una alianza. Es algo que ambos sabemos que necesitamos, aunque ninguno de los dos quiera admitirlo —respondió, sin perder esa seguridad que lo hacía tan peligroso.

Ian lo miró fijamente, con esa sonrisa sibilina que no le llegaba a los ojos.

—¿Sabes qué, Alessandro? Tal vez sea el momento. Ambos sabemos que lo que estamos haciendo no es suficiente. Las guerras que hemos librado… ya están perdiendo sentido. Hay demasiados enemigos por todos lados. —La voz de Ian se suavizó ligeramente, pero no dejaba de ser arrogante.

Alessandro mantuvo la mirada fija en él, sin apartar la vista ni un segundo. Era cierto que la guerra entre sus facciones ya no tenía el mismo sabor. Ambos se estaban desangrando por mantener el control, pero la cuestión era quién cedería primero.

—Estoy dispuesto a hablar —dijo, con una calma tensa. No podía permitirse mostrar debilidad, aunque la situación apretara.

Ian se acercó a la mesa y cogió un vaso con licor, dándose un trago mientras observaba a Alessandro con una sonrisa ladeada. Estaba disfrutando el juego. Siempre lo hacía. Pero eso no significaba que Alessandro fuera a dejarse llevar.

—Creo que este es el momento, ¿no crees? —dijo Ian, mientras se recargaba en el respaldo de la silla.

Alessandro asintió, observando la mesa entre ellos. Sabía que este trato significaba un paso importante para ambos, pero no iba a ser tan fácil. No hasta que se arreglaran las cuentas, no hasta que su hermano dejara de ser un maldito problema.

—Ahora lo hablamos, pero no olvides algo, Ian —dijo Alessandro, con el tono más bajo y amenazante que pudo encontrar—. No me subestimes. Y no olvides que, incluso después de este trato, somos enemigos

Fin capítulo 5

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