La puerta seguía cerrada, y el sonido de los hombres fuera de la habitación intentaban abrirla con desesperación. El sistema de seguridad había asegurado la puerta, pero Ellis sabía que el tiempo era su peor enemigo. Miró al hombre herido frente a ella con desconfianza. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, lista para reaccionar si era necesario. Aunque su rostro permanecía impasible, sus ojos recorrían al hombre con una precisión calculada.
Este no era un paciente común. No había nada que lo hiciera parecer una víctima, solo un tipo peligroso que había irrumpido en su turno y ahora le exigía ayuda. Su respiración era profunda, pero su mirada era de acero, evaluando cada movimiento del hombre. Un tipo como él no tenía nada de bueno, y aunque parecía herido, nada le decía a Ellis que sus intenciones fueran limpias. —¿Qué quieres de mí? —su voz sonó más dura de lo que esperaba, pero no podía permitirse dudas. Este tipo estaba metido en algo turbio, y ella no iba a ser parte de su juego. Él la miró fijamente, sin una pizca de miedo. Su arrogancia era evidente, y aunque estaba herido, su postura era desafiante, como si nada en este mundo pudiera derribarlo. —No tengo tiempo para juegos —dijo él, su voz baja y mordaz, con ese aire de superioridad que solo los tipos como él sabían mantener incluso en situaciones como esta—. Ayúdame, y no te arrepentirás. Ellis lo observó de reojo, la confianza que irradiaba no hacía más que ponerla más en alerta. Cada palabra que salía de su boca le parecía manipuladora, y la sola idea de ayudarlo le resultaba incómoda. No conocía a este hombre, ni qué diablos lo metió en esta situación. No iba a arriesgar su vida por alguien que no merecía ni un segundo de su tiempo. —Te repito, ¿qué quieres de mí? —insistió Ellis, sin apartar los ojos de él. El hombre no se inmutó, pero sus ojos, oscuros como la noche, se clavaron en los de ella. Una mueca de dolor apareció por un segundo en su rostro cuando apretó su herida, pero rápidamente se deshizo de ella, manteniendo su actitud imponente. —No tengo tiempo para explicaciones —dijo, y luego una sonrisa arrogante cruzó sus labios—. Pero, si me ayudas, te haré un favor que te salvará la vida. Ellis frunció el ceño. Su paciencia se agotaba con cada segundo que pasaba cerca de él. No confiaba en sus palabras, ni en sus promesas. Sabía que los hombres como él no se detenían ante nada, y si él estaba metido en problemas, seguramente había una razón. —No tengo tiempo para tus favores, y mucho menos para salvar a tipos como tú —respondió sin titubear. Ella no iba a dejarse manipular tan fácilmente. Si lo ayudaba, debía ser por su propia decisión, no porque él intentara manipularla. Él la observó por un momento, su mirada estaba llena de una mezcla de arrogancia y algo más que no alcanzaba a identificar. Podía ver que estaba herido, pero eso no cambiaba el hecho de que no podía confiar en él. Sin embargo, sus palabras aún resonaban en su mente. —¿Por qué debería ayudarte? —preguntó finalmente, los ojos fijos en él. No se dejaría llevar por la compasión, pero algo en su interior le decía que esta situación era más compleja de lo que parecía. Él dio un paso hacia ella, ignorando el dolor que su herida le causaba. A pesar de todo, se mantenía erguido, confiado, y esa era una actitud que a Ellis le irritaba profundamente. No le gustaban los hombres que pensaban que podían manejar todo con sonrisas y promesas vacías. —Porque no vas a sobrevivir si no lo haces —dijo él con una calma peligrosa, su voz grave como si ya supiera lo que iba a pasar. No había rastro de miedo en él, solo una fría determinación. Ellis lo observó en silencio, sabiendo que su reacción debía ser cautelosa. El tipo estaba herido, pero eso no significaba que estuviera fuera de peligro. Y ella tampoco lo estaba. —¿Y por qué debería confiar en ti? —dijo, sin apartar la vista de él. Cada palabra que salía de su boca tenía la intención de mantener el control, no iba a ser una víctima fácil. —Porque, si no me ayudas, ellos te van a encontrar también. No te va a importar cuánto te escondas. Ellos no tienen problemas en eliminar a cualquiera que se cruce en su camino —dijo él, su tono más grave, casi como una advertencia. Ellis se quedó en silencio por un momento, evaluando la situación. Estaba atrapada en una habitación con un hombre peligroso, y no sabía quién más estaba involucrado en este asunto. Pero, lo que sí sabía, era que si no actuaba rápido, los hombres fuera de la habitación la encontrarían. —Está bien, te ayudaré, pero esto no cambia nada —respondió finalmente, manteniendo su tono firme. No iba a ser una heroína, pero tampoco podía dejar a un hombre herido a su suerte, aunque su instinto le dijera que no confiara en él. El hombre asintió, una mueca de gratitud cruzó su rostro, pero desapareció rápidamente, como si no quisiera mostrar ninguna debilidad. A pesar de su herida, se mantenía en control, y eso solo aumentaba la desconfianza de Ellis. Ella se agachó y comenzó a manipular el panel de seguridad, sabiendo que no tenía mucho tiempo. El hombre la observaba con atención, sin decir palabra, como si su vida dependiera de cada uno de sus movimientos. Y en cierto modo, lo hacía. —De prisa. —La voz grave del hombre hizo que ella acelerara su ritmo, sin desviar su concentración. Finalmente, después de lo que parecieron horas, la puerta se desbloqueó. Sin embargo, la sensación de alivio que debería haber sentido no llegó. Estaba demasiado en alerta, demasiado consciente de lo que podía suceder. Sabía que la peor parte de todo esto no era abrir la puerta, sino lo que haría una vez fuera de esta habitación. Fin de capítulo 2Ellis terminó de vendarle la herida, y aunque su actitud seguía siendo fría, en su interior se debatía entre el instinto de salvar a una persona herida y la creciente irritación que le provocaba la presencia de Alessandro. No era fácil para ella controlar su desconfianza, especialmente cuando él parecía tan cómodo en su peligroso papel. Pero, finalmente, se alejó un poco, evaluando su trabajo con una mirada clínica.—Listo, ya está. —Dijo con tono firme, sin mirarlo, intentando dejar claro que su parte en esto había terminado.Alessandro, a pesar del dolor que le debía estar provocando la herida, se mantenía erguido. Sus ojos la observaban con una mezcla de admiración y diversión, como si todo esto fuera un juego. Ellis no se lo tomaba a la ligera. Para ella, no era más que un recordatorio de lo que había dejado atrás, lo que había intentado olvidar. Pero, en un segundo, esa sensación se desvaneció cuando Alessandro rompió el silencio.—Sabes, no es mala idea que te lo agradezca… —dij
¡Micah! ¿Dónde diablos estás?Alessandro aceleró a fondo. Había logrado escapar de sus enemigos por lo menos por esa jodida noche, pero obviamente no podía estar tranquilo hasta que lograra hablar con Spencer o su prometida volviera. Bajó del coche sólo hasta llegar a una posada. No era lujosa, pero ahí nadie le conocía. El dolor era intenso, la doctora le había dado algunos analgésicos y eso le había calmado momentáneamente el dolor, pero ahora que ya había pasado el efecto, sentía que su costilla se partía en dos. Entró al sitio, en él, una mujer con rasgos Indios lo atendió de inmediato con un acento muy marcado.—Buenas noches caballero, ¿cuánto tiempo piensa quedarse? Tenemos habitación por día, por semana o permanentes. El líder de la mafia escudriñó el sitio con recelo, no necesitaba lujos, al contrario de sus enemigos, su gente estaba capacitada para sobrevivir en cualquier tipo de ambiente.—Aún no lo decido, pero por lo pronto esta noche estará bien.La mujer tomó un par de
Alessandro no podía permitirse el lujo de pensar demasiado en lo que estaba haciendo. Su hermano había cometido una estupidez monumental, y ahora la cagada se le venía encima. ¿Cómo diablos había llegado todo a esto? Se preguntó, mientras aceleraba hacia la mansión de Ian Spencer, con una determinación fría que lo impulsaba a ignorar el dolor que le cortaba la respiración.Ian, ese maldito caprichoso, siempre había sido una piedra en el zapato. Pero ahora, Alessandro tenía una oportunidad. Tenía que aprovecharla. Su instinto de supervivencia le decía que negociara antes de que todo explotara en su cara.La llamada que había hecho había sido una de esas locuras impulsivas que parecían una mala idea, pero en su cabeza, todo encajaba de manera perfecta. Tenía que llegar hasta Ian antes de que su hermano hiciera algo aún más estúpido y se desmoronara todo el maldito imperio que había construido. Si le decía a Ian lo que había sucedido, las consecuencias serían devastadoras. Así que, no. N
Ellis llegó al motel con el mismo paso seguro de siempre, pero esta vez algo en el aire estaba diferente. Tal vez era la ligera brisa que acariciaba su rostro, o tal vez la sensación de que no podía escapar mucho más de lo que ya había intentado. No es que pensara en eso constantemente, no lo hacía, pero hoy la sensación de estar al borde de algo grande era imposible de ignorar. Podía sentirlo en el aire, o quizás solo era el eco de sus propios pensamientos cansados.El motel, como siempre, estaba tranquilo, sin nada que se interpusiera en su camino. Banke, la dueña, no la esperaba con preguntas. No la miraba de manera inquisitiva como otros. La conocía demasiado bien. Sin embargo, hoy Banke parecía estar esperando algo. Esa mirada de “no me digas que algo ha pasado”, le resultaba insoportablemente familiar.—¿Todo en orden? —preguntó Banke con su tono suave, como si no estuviera realmente esperando una respuesta. Ellis se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta.—Sí, lo mi
Ian pasó una mano por su rostro con frustración, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás hasta golpear la pared con un poco de fuerza. Lo suficiente para que Emma se girara a verlo. Iba a decir algo, pero se quedó callada al recordar que, para el hombre que estaba sentado a su lado, ella no era más que una sustituta.La clínica era modesta. Demasiado modesta. Eso encendió varias alertas en la mente de Emma.¿Por qué habían traído al anciano a un lugar como ese? Con los recursos que tenían, podrían haberlo ingresado en la mejor clínica del país. Pero no. En su lugar, estaban allí, en un sitio discreto, casi clandestino.Las dudas se acumularon en su cabeza, pero no tuvo tiempo de darles forma.La puerta del consultorio se abrió y de allí salió una mujer rubia, joven y hermosa, con una expresión de desaprobación evidente en su rostro. Apenas puso un pie en el pasillo, su mirada se clavó en Ian con una mezcla de furia y resignación.—No debiste traerlo aquí, Ian.Su tono era fr
El despacho de Maximilian Spencer seguía impregnado con el aroma de su tabaco caro, como si la muerte no hubiera tenido el poder de borrar su presencia. Las cortinas de terciopelo oscuro bloqueaban la luz de la tarde, dejando apenas un resquicio de sol que proyectaba sombras alargadas sobre la alfombra persa. Sobre el escritorio de madera maciza descansaba el testamento que lo había cambiado todo.Ellis estaba sentada en una de las sillas frente al escritorio, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha. Sus manos estaban entrelazadas, los nudillos blancos por la tensión. No había pronunciado palabra en varios minutos, y el silencio comenzaba a oprimirse sobre la habitación.Ian permanecía de pie, las manos en los bolsillos de su chaqueta, observándola con una mezcla de incredulidad y algo más difícil de descifrar. No era enojo, ni siquiera frustración, sino una especie de resignación mal disimulada. Él, más que nadie, entendía la magnitud de lo que acababan de escuchar.
Capítulo: La huidaEllis salió del despacho de Maximilian Spencer con la furia encendiendo su pecho, como una bola de fuego que no podía apagar. El peso del testamento en sus manos era insoportable, tan tangible como el futuro que ahora parecía inminente. Había sido la decisión de su padre, pero ella no podía aceptarlo. ¿Cómo iba a liderar una mafia? ¿Ella, que solo quería ser alguien diferente, alejada de la oscuridad que había rodeado su vida desde que naciera?Caminó a paso rápido por los pasillos del lugar, su mente corriendo a mil por hora, como un torbellino de pensamientos desordenados. Ian estaba detrás de ella, seguro de que su hermana cedería, que finalmente tomaría el control del imperio. Pero Ellis no lo haría. No podía hacerlo. Era un peso demasiado grande. Y lo peor de todo era que no podía confiar en nadie. No podía confiar ni siquiera en él.Empujó la puerta de salida y respiró el aire fresco de la tarde, aunque no sirvió para calmar su furia. En la calle, los coches p
Refugio en la Oscuridad El rugido del motor resonaba en la noche mientras Alessandro conducía con precisión milimétrica, esquivando el tráfico con la naturalidad de alguien que había pasado toda su vida huyendo o persiguiendo. Ellis, en el asiento del copiloto, mantenía la mirada fija en el espejo retrovisor, observando las luces de los autos que los seguían. No estaba segura de si los hombres del hotel habían logrado rastrear su fuga, pero su corazón aún latía con la adrenalina de la persecución. Se obligó a respirar hondo, a calmarse. No era momento de perder el control. —¿Tienes idea de a dónde nos dirigimos? —preguntó finalmente, sin apartar la vista del espejo. Alessandro apenas ladeó la cabeza, con una expresión inescrutable. —Sí. Ellis bufó, pero no insistió. No estaba en condiciones de exigir respuestas. No cuando él le había salvado el pellejo en el último segundo. La ciudad quedó atrás poco a poco. Las luces de neón dieron paso a las carreteras mal iluminadas y