El reloj marcaba las ocho de la noche cuando Alessandro estacionó su auto frente a la casa de Luna. Había insistido en llevarla hasta su puerta después de un largo día de trabajo, a pesar de las protestas de ella. Sabía que las miradas de su tía Rosa y sus primas Camila y Sofía estarían clavadas en cada movimiento que hiciera, pero Alessandro, con su habitual seguridad, no mostraba ni una pizca de incomodidad.
—No tenías que traerme —murmuró Luna, bajando la mirada mientras abría la puerta del auto.
—Ya te lo dije, Luna, no es negociable —replicó Alessandro con una sonrisa leve. Sus ojos se suavizaron por un instante antes de agregar—: Cuida lo que dices dentro, ¿de acuerdo? No es momento de levantar sospechas.
Luna asintió, aunque su estómago se retorcía de nervios. Sabía que su familia había estado sospechando desde que Alessandro había aparecido en su vida, y ahora que la había llevado a casa, las preguntas serían inevitables.
Al entrar, las miradas cargadas de Rosa, Camila y Sofía se posaron en ella. La sala estaba inusualmente silenciosa, como si hubieran estado esperando su llegada. Rosa, sentada con elegancia exagerada en el sillón principal, alzó una ceja.
—¡Vaya, vaya! ¿Te trajo Alessandro Moretti? —comentó Rosa con una mezcla de sorna y curiosidad apenas disimulada.
—Sí, él... él pasaba por la zona y me ofreció llevarme —respondía Luna, intentando sonar casual mientras se quitaba los zapatos, su tia Rosa notó el hecho de que hoy estaba vestida muy elegante para venir del trabajo. Camila, la mayor de las primas, se inclinó hacia adelante con los ojos entrecerrados.
—¿Pasaba por la zona? ¡Qué conveniente! Alessandro Moretti, uno de los hombres más ocupados y ricos, ¿de pronto tiene tiempo para traerte a casa? Luna, eso suena muy sospechoso. Sofía soltó una risita burlona, cruzándose de brazos. —¿No nos estarás ocultando algo, prima? Porque si es así, deberías decírnoslo. No queremos que metas a esta familia en problemas.
Luna sintió el calor subir a sus mejillas, pero respiró hondo antes de responder. —No estoy ocultando nada. Alessandro solo fue amable conmigo, nada más.
—Amable... —repitió Rosa, como si probara la palabra. Luego se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con algo que Luna no pudo identificar—. Pero dime algo, ¿por qué un hombre como él se tomaría tantas molestias por alguien como tú? No es por desmerecerte, querida, pero somos gente sencilla.
El comentario hizo que el corazón de Luna latiera con fuerza. Podía sentir las sospechas creciendo como una nube espesa en la habitación.
—No tengo idea —contestó finalmente, tratando de mantener la calma—. Tal vez solo es alguien que aprecia a sus empleados.
Camila y Sofía intercambiaron miradas incrédulas, pero antes de que pudieran decir algo más, Rosa se levantó del sillón con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Bueno, no importa. Si él te aprecia, eso podría ser bueno para todos nosotros. Ahora ve a cocinar que no hemos cenado por esperarte Luna
—Dejé comida hecha antes d eirme, pidieron cerdo en salsa de champiñones con ensalada y lo hice — respondió Luna un tanto enojada
— Pues no queremos eso, ahora queremos un bistec — la mirada de Luna se fijó en las mujeres — ¿No lo harás acaso? — cuestionó la tía con una sonrisa cínica
— No tía, les cocinaré a ustedes las veces que deseen — respindió con una sonrisa falsa y fue a la cocina
Mientras lo hacía Rosa, la quedó viendo, en su nariz quedó el olor del perfume de Alexander, era el mismo que había usado hace dias que fue a la casa de ellas. Era obvio que algo estaba pasando entre ellos y si era lo que Rosa imaginaba eso las perjudicaría y no lo iba a permitir.
Luna no necesitó quedarse a verlas comer, tenia hambre y ya que ella habian desperdiciado la comida que ella había hecho primero, lo calento y se sirvió una buena porción. Subió las escaleras rápidamente, sintiendo el peso de las miradas de sus primas en su espalda. Al cerrar la puerta de su habitación, soltó un suspiro de alivio, aunque sabía que la paz sería temporal.
En el comedor, Rosa regresó a su lugar y miró a sus hijas con una expresión calculadora.
—No podemos permitir que esto se salga de control —dijo en voz baja, aunque con firmeza—. Alessandro Moretti no puede fijarse en Luna. Si eso ocurre, nuestra vida cambiará y no para bien.
Camila frunció el ceño. —Pero, mamá, si Luna se va, ¿quién hará todo el trabajo aquí?
Sofía asintió rápidamente. —Exacto. Tendríamos que hacerlo nosotras, y ya sabes que no tengo tiempo para eso.
Rosa las miró con severidad. —No se preocupen. Todo está bajo control.
Sin decir más, Rosa se levantó y se dirigió a su habitación. Cerró la puerta tras de sí, abrió un cajón del armario y sacó una caja vieja. Dentro estaban los documentos que había escondido por años: el testamento del padre de Luna, los papeles de la casa que le había dejado, el fideicomiso, el dinero y las acciones de las empresas. Todo había sido cuidadosamente ocultado para que Luna no supiera nada de su verdadera herencia.
Tomó el testamento y lo sostuvo en sus manos, recordando la última conversación que tuvo con el padre de Luna antes de su muerte.
—Rosa, ésta es mi última voluntad —había dicho él con voz grave, tendiéndole los documentos—. Si algo me pasa, quiero que cuides de Luna como si fuera tu propia hija. Prométemelo.
Rosa lo había mirado con una mezcla de tristeza y determinación. —Lo haré, José. Te lo prometo.
Pero incluso en ese momento, una pequeña parte de ella ya estaba planeando cómo usar esa situación a su favor.
De vuelta al presente, Rosa volvió a guardar los documentos y cerró la caja con fuerza. “No dejaré que descubras nada, Luna. Jamás permitiré que me arrebates todo lo que he construido”, pensó mientras una sonrisa fría aparecía en sus labios.
Hola a todos, he vuelto y espero que esta historia es este gustando. Actualizaremos diario para que puedan disfrutar cada dia. Les espero tambien en mis redes, para conocer los personajes. Nos leemos despues
El despertador sonó a las cinco en punto de la mañana. Luna alargó la mano para apagarlo, soltando un suspiro pesado mientras el eco de las campanadas resonaba en el cuarto pequeño que llamaba "su espacio". Apenas era un rincón en el fondo de la casa de su tía, donde las paredes desnudas parecían encerrar más los sueños rotos que ella misma se atrevía a guardar. La joven se sentó en la cama, pasando las manos por su cabello negro y largo, todavía revuelto por el sueño. Cerró los ojos un segundo, como si buscara fuerzas de algún lugar oculto dentro de sí misma, y luego se levantó. No había tiempo que perder. Las tareas empezaban antes de que el sol asomara en el cielo. Como cada día, su tía Rosa había dejado una lista sobre la mesa de la cocina: lavar la ropa, preparar el desayuno, barrer el patio, y por supuesto, dejar todo en perfecto orden antes de salir a trabajar. Luna tomó la lista y la dobló en silencio, sin molestarse en leerla por completo. Ya se la sabía de memoria. Para cu
Luna miraba el techo de su pequeña habitación, incapaz de conciliar el sueño. La imagen del hombre herido seguía rondando su mente. Había algo en la forma en que sus ojos la habían buscado, como si quisiera grabar su voz y su rostro en su memoria antes de perder el conocimiento. Pero más allá de eso, había algo que la perturbaba: ¿qué hacía un hombre como él en un barrio tan peligroso?Cerró los ojos, intentando apartar esos pensamientos, pero en lugar de encontrar calma, los recuerdos de su padre comenzaron a llenar su mente.Era una tarde soleada cuando ambos subieron juntos al cerro Monteluce. Su padre siempre decía que ese lugar tenía un nombre tan elegante como las vistas que ofrecía. Desde allí, podían ver la ciudad extendiéndose como un tapiz interminable, con los rayos del sol tiñendo todo de tonos dorados y naranjas.—Algún día, todo esto será tuyo, pequeña estrella —le había dicho su padre, señalando hacia el horizonte.Luna había reído, creyendo que se refería al paisaje, pe
Mientras Alessandro cerraba acuerdos, Isabella Montanari estaba con Vittorio, compartiendo una copa de vino.—¿Estás segura de que puedes convencerlo? —preguntó Vittorio, observándola con atención.—Alessandro siempre ha sido terco, pero nunca ha podido resistirse a lo que quiere, aunque no lo admita. Y yo sé que, en el fondo, puede verme como la compañera perfecta.—Espero que tengas razón —respondió Vittorio—. Nuestro futuro depende de ello.A la mañana siguiente, Luna estaba en la cafetería de la empresa, sirviendo café para sus compañeros. Su turno en la línea de producción había terminado, pero como siempre, se ofrecía a ayudar donde pudiera.—Luna, ¿puedes llevar esta bandeja a la sala de juntas? —le pidió una compañera.—Claro, no hay problema.Caminó hacia la sala de juntas, equilibrando la bandeja con cuidado. No sabía que, al cruzar esas puertas, estaría frente a Alessandro Moretti por segunda vez, aunque ninguno de los dos lo supiera aún.Dentro, Alessandro estaba revisando
Luna caminaba por los pasillos de la planta con el corazón aún latiendo a toda velocidad. No podía creer lo que acababa de pasar. Alessandro Moretti, el nuevo dueño de la empresa, no solo había leído su propuesta, sino que también había decidido que quería implementarla. Era como si todo el esfuerzo que había puesto en ese proyecto finalmente hubiera valido la pena. —¿Qué te pasó? —preguntó Clara, quien la esperaba ansiosa cerca de las máquinas. Luna se detuvo un momento para recuperar el aliento antes de responder —El nuevo dueño… me llamó a su oficina. Clara abrió los ojos como platos. —¿El Moretti? ¿Qué quería? —Le gustó mi propuesta. Dijo que quiere que empiece a trabajar en ella de inmediato. Clara soltó un grito ahogado y la abrazó con fuerza. —¡Luna, eso es increíble! Sabía que lo lograrías. Luna sonrió, aunque aún le costaba procesar lo que estaba pasando. Por un momento, se permitió imaginar que tal vez, solo tal vez, las cosas finalmente empezarían a cambiar para ell
Luna había pasado toda la noche preparando un cronograma detallado para el proyecto. Quería asegurarse de que cada detalle estuviera perfectamente organizado antes de que Alessandro le pidiera resultados. No podía permitirse fallar, no después de haber llegado tan lejos. Aunque también no dejaba de pensar en la otra conversación, si ella quería salir de ahí, ese dinero le podría ayudar mucho para empezar desde cero. ¿En serio estaba considerando casarse por dinero? —Luna, baja a desayunar —gritó su tía desde la cocina, lo que le sorprendió, ya que a ninguna de ellas le importaba si Luna comía o no —Ya voy —respondió, mientras cerraba su cuaderno y lo guardaba en su mochila. Bajó las escaleras con rapidez, encontrándose con la habitual escena en la mesa sus primas, , charlando sobre frivolidades mientras su tía las servía. Cuando Luna llegó, apenas la miraron. —¿Y tú qué? —dijo Andrea, observándola con desdén—. ¿Otra noche de trabajo en ese proyecto ridículo? Luna respiró hondo
Días después. Alessandro estaba sentado en su oficina, revisando documentos, cuando escuchó el sonido de pasos firmes acercándose. Antes de que pudiera mirar hacia la puerta, su padre, Massimo Moretti, entró sin anunciarse. Como siempre, su porte impecable y la mirada autoritaria llenaron la sala. —¿No deberías tocar antes de entrar? —dijo Alessandro, levantando la vista apenas un segundo antes de volver a sus papeles. Massimo ignoró el comentario y se sentó frente a él, cruzando las piernas con elegancia. —He estado pensando en nuestra última conversación. —¿Cuál de todas? —preguntó Alessandro con tono sarcástico. —La que realmente importa —respondió Massimo, sin inmutarse—. Isabella sigue siendo una opción viable para ti. Es una joven con buen apellido, educada, y sus padres están ansiosos por reforzar nuestra alianza comercial, además la conoces desde q ud era un niño Alessandro cerró el expediente con un chasquido seco y se reclinó en su silla, enfrentándolo con una mirada
Alessandro estaba inquieto. Había pasado toda la tarde anterior preparando a Luna para lo que estaba por venir. Él conocía bien a su familia y sabía que esta cena sería un reto tanto para ella como para él. La fachada que habían construido juntos iba a ser puesta a prueba, y aunque confiaba en la capacidad de Luna para salir airosa, no podía Luna, por su parte, estaba serena por fuera, pero por dentro un torbellino de pensamientos la abrumaba. Llevaba un vestido elegante pero sencillo, con un estilo que Alessandro había aprobado, resaltando su naturalidad sin intentar aparentar algo que no era. Cuando llegaron a la enorme mansión de los Moretti, ella sintió cómo su corazón latía con fuerza. Alessandro la miró de reojo y, como si adivinara sus pensamientos, tomó su mano con firmeza. —Recuerda, estamos juntos en esto —le susurró antes de abrir la puerta del auto. Fueron recibidos por Paolo, el hermano menor de Alessandro, quien acababa de regresar de Alemania. Su entusiasmo era contag