Natalia aún no estaba segura de si estaba haciendo lo correcto, pero algo dentro de ella la impulsaba a seguir adelante. Tras enterarse de que Simón y Hailey habían oficializado su relación y todo parecía irles viento en popa, no pudo evitar preguntarse si aceptarían una reunión entre "amigos-conocidos". Quizás era una forma de cerrar ciclos o simplemente un intento de mostrar que ella también había seguido adelante. El plan ya estaba armado. Daniel y Astrid confirmaron su asistencia, al igual que Delia y Mateo. Los padres de todos también estarían presentes, lo que garantizaba que la velada tendría ese aire de formalidad y cordialidad que tanto necesitaba. Solo faltaba que los Cáceres y los Baldwin aceptaran la invitación. Sin embargo, antes de extenderla oficialmente, Natalia sentía la necesidad de hablar con Keiden. No estaba segura de cómo reaccionaría al ver a Simón, considerando la compleja historia que compartían. Cuando finalmente reunió el valor para decírselo, Keiden
En la oscuridad de la celda, Isabella forcejeaba desesperadamente mientras dos mujeres la mantenían contra el suelo. Su cabello estaba revuelto, y un rastro de sangre decoraba su labio inferior. Otra mujer, de rostro duro y sonrisa maliciosa, se inclinó hacia ella. —Mírate ahora —susurró, su aliento cargado de desprecio—. La gran Isabella Benavides, hecha pedazos. ¿Todavía crees que eres la reina aquí? —¡Suéltenme! —gritó Isabella, intentando liberar sus brazos—. Si no lo hacen, se van a arrepentir. La carcajada de las mujeres resonó en la pequeña celda, un eco que acentuaba la humillación de Isabella. —¿Arrepentirnos? —dijo una, una mujer robusta que parecía disfrutar del espectáculo—. Nadie se arrepiente de hacerle pagar a una basura como tú. Antes de que Isabella pudiera responder, la mujer pisó su mano con fuerza. Un alarido de dolor escapó de sus labios, y las lágrimas brotaron de sus ojos. —¿Sabes? —continuó otra mientras se agachaba frente a Isabella, observándola
Delia entró al consultorio del doctor Carrasco con pasos firmes, aunque su pecho aún cargaba con un leve peso. El psicólogo la recibió con una sonrisa cálida, invitándola a sentarse. —Te ves diferente hoy, Delia —comentó él, cruzando las manos sobre el escritorio—. Más tranquila, más... fuerte. ¿De dónde viene esa fortaleza? Delia se acomodó en la silla, con los dedos entrelazados sobre su regazo. Una pequeña sonrisa se asomó en sus labios antes de responder. —Le conté a Natalia lo que Isabella me hizo —admitió, levantando la mirada para encontrarse con los ojos atentos del doctor—. Fue una especie de liberación. Sentí que me quitaba un peso enorme de encima. El doctor asintió lentamente, notando la mezcla de alivio y vulnerabilidad en sus palabras. —Eso es un gran paso, Delia. Guardar secretos, especialmente algo tan traumático, crea barreras entre uno mismo y las personas importantes en su vida. ¿Cómo reaccionó Natalia? Delia dejó escapar un suspiro, recordando el abrazo
Tiempo después…Henry McGregor observaba el atardecer desde el ventanal de su despacho con una copa de whisky en la mano. La luz dorada iluminaba su rostro curtido, mientras Hugo, su fiel asistente, permanecía de pie a su lado, esperando instrucciones. La tranquilidad del momento se rompió cuando dos hombres entraron al despacho con paso firme. —Todo está hecho, señor McGregor —informó uno de ellos con una ligera inclinación de cabeza—. Las mujeres hicieron su trabajo a la perfección. Henry sonrió con satisfacción, un gesto frío que no alcanzaba sus ojos. Dio un sorbo a su whisky antes de murmurar: —Eso te pasa por morder la mano que te dio de comer, Isabella. Hugo, que había permanecido en silencio, dio un paso adelante con el ceño fruncido. —¿Y ahora qué hará con ella, señor? —preguntó con curiosidad—. ¿La dejará morir allí? Después de todo, sería lo justo, luego de lo que ha hecho. Henry negó con un gesto de la mano, mientras su expresión cambiaba a una mezcla de burla
Natalia clavó la mirada en Keiden, con el ceño fruncido y los labios apretados. Sabía que algo no estaba bien. Él no era de los que se quedaban en silencio sin motivo. Keiden evitaba sus ojos, con las manos tensas a sus costados, como si estuviera sopesando la gravedad de lo que estaba a punto de decir. —Keiden, por favor, dime qué está pasando —le rogó Natalia, con la voz temblorosa. Él cerró los ojos por un momento, dejando escapar un suspiro pesado. No quería preocuparla, no en su estado. —Natalia… no quiero alarmarte innecesariamente —murmuró, aunque su tono de voz era más sombrío de lo que pretendía. Eso no hizo más que alimentar la ansiedad de Natalia. Sintió que el aire se volvía más denso y el nudo en su garganta crecía con rapidez. —¡Por Dios, Keiden! —exclamó, con un hilo de histeria en la voz—. Si no me dices qué está pasando, voy a pensar lo peor. Keiden levantó la mirada, mientras sus ojos reflejaban una mezcla de tensión y tristeza. No había forma de suaviza
Isabella estaba sentada en un sofá raído, con la mirada fija en un rincón oscuro de la habitación. Sus ojos hundidos, rodeados por unas ojeras profundas, contrastaban con su piel pálida. Había perdido peso, y su cabello revuelto caía en mechones desordenados sobre sus hombros. A pesar de su apariencia, sus ojos brillaban con una intensidad perturbadora. —¿De verdad lo mataste? —preguntó con voz ronca, dirigiendo su mirada hacia Calvin, quien estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados. Calvin rodó los ojos, exasperado por la misma pregunta que ella había repetido desde que la sacó de la cárcel. —Ya te lo dije, Isabella. Sí, está muerto. El viejo McGregor está criando malvas —respondió con un tono áspero mientras encendía un cigarrillo. De repente, Isabella empezó a reír. Una risa desquiciada, casi incontrolable, que resonó en la pequeña habitación y causó que Calvin la mirara con el ceño fruncido. —Estás loca de remate —murmuró, sacudiendo la cabeza. Isabella l
Uno de los hombres de tácticas especiales negó con la cabeza de inmediato. —Eso no es una opción, señora Delia —dijo con el ceño fruncido—. Usted está embarazada, y su seguridad es nuestra prioridad. —¿Y la seguridad de mi mejor amiga? —replicó ella, desafiante—. Estoy dispuesta a arriesgarme si eso significa protegerla. Mateo, que había permanecido en silencio hasta entonces, dio un paso adelante. —Delia, no vuelvas a decir eso —la tomó de los hombros, queriendo hacerla entrar en razón—. Tú también importas, y no voy a permitir que te pongas en peligro, ¿me oyes? Delia lo miró, con sus ojos llenos de rabia y preocupación. Pero antes de que pudiera responder, uno de los líderes del equipo habló. —El plan que tenemos es sólido. No necesitamos ponerla a usted como cebo, señora —señaló los planos—. Hay una alta posibilidad de que todo salga como lo hemos planeado. —¿Alta posibilidad? —repitió Delia, incrédula—. ¿Eso es lo mejor que tienen? —Es lo mejor y lo más seg
Isabella caminaba de un lado a otro en la habitación, con los ojos desorbitados y el cabello revuelto cayendo sobre su rostro. Sus uñas, mordidas hasta la piel, eran el reflejo de su creciente desesperación. Habían pasado días siguiendo a Natalia, vigilando sus movimientos, pero los malditos guardias de Keiden frustraban cualquier intento de acercamiento.—¡Tiene que haber una forma! —gruñó, golpeando la pared con el puño—. Nadie puede estar vigilado las veinticuatro horas del día. Calvin, sentado en el sofá con las piernas cruzadas, observaba la escena con indiferencia. Estaba harto de todo aquello: las obsesiones de Isabella, el peligro inminente de ser capturados y el desquicio en el que se había convertido su vida. Pero sabía que no podía enfrentarse a ella abiertamente. No todavía. —Quizá deberíamos reconsiderar esto —sugirió con voz mesurada—. Cada minuto que pasamos aquí es un riesgo innecesario. Ya no hay tiempo para tus caprichos. Isabella se detuvo en seco y lo fulmi