Secuestro.

Esa tarde en la universidad, Marina evitó a toda costa encontrarse con Mariana, pues sabía que continuaría molestándola, atacándola despiadadamente con el grupo que había formado alrededor de ella.

La tensión era palpable en cada pasillo que recorría, como si el edificio entero estuviera impregnado de una atmósfera hostil que la sofocaba con cada paso.

Cada esquina representaba un posible encuentro desagradable, cada aula una emboscada de miradas acusadoras y susurros malintencionados que la perseguían como sombras.

La ansiedad se aferraba a su pecho como garras afiladas, dificultándole incluso el simple acto de respirar mientras se deslizaba entre la multitud de estudiantes ajenos a su sufrimiento silencioso.

Marina sonrió amargamente al pensar que ella llevaba algunos meses en la universidad, y no tenía ningún amigo cercano o alguien que la siguiera fielmente, mientras que Mariana, recién acababa de ingresar y ya tenía un grupo extenso siguiéndola como si fuera una celebridad
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