Esa tarde en la universidad, Marina evitó a toda costa encontrarse con Mariana, pues sabía que continuaría molestándola, atacándola despiadadamente con el grupo que había formado alrededor de ella. La tensión era palpable en cada pasillo que recorría, como si el edificio entero estuviera impregnado de una atmósfera hostil que la sofocaba con cada paso. Cada esquina representaba un posible encuentro desagradable, cada aula una emboscada de miradas acusadoras y susurros malintencionados que la perseguían como sombras. La ansiedad se aferraba a su pecho como garras afiladas, dificultándole incluso el simple acto de respirar mientras se deslizaba entre la multitud de estudiantes ajenos a su sufrimiento silencioso.Marina sonrió amargamente al pensar que ella llevaba algunos meses en la universidad, y no tenía ningún amigo cercano o alguien que la siguiera fielmente, mientras que Mariana, recién acababa de ingresar y ya tenía un grupo extenso siguiéndola como si fuera una celebridad
Sebastián no sabía cómo ni por qué, pero ya se encontraba en el coche manejando a toda velocidad por las calles de Antioquia, mientras la lluvia golpeaba el parabrisas con una furia que parecía reflejar el tumulto de emociones que agitaban su interior.El volante temblaba bajo sus manos sudorosas, y cada curva amenazaba con enviarlo fuera del asfalto, pero nada de eso importaba ahora.Los pensamientos se atropellaban en su mente. La bocina de un camión lo sacó de su ensimismamiento, haciéndole esquivar por apenas centímetros una colisión frontal que habría terminado con todas sus posibilidades.Iba a salvar a su esposa, porque después de lo que le hizo a Adolfo, esté era capaz de asesinar a Marina sin contemplación ni el más mínimo atisbo de misericordia.La venganza había sido siempre el motor que impulsaba a Adolfo en la vida, incluso antes del incidente que los había enfrentado de manera irremediable.Sebastián recordaba perfectamente la mirada fría y calculadora en los ojos de aqu
Sebastián tensó la mandíbula con fuerza y apartó bruscamente la mirada de Mayra, quien, percibiendo la tensión que emanaba de aquel hombre, salió inmediatamente del cuarto para seguir laborando en sus obligaciones hospitalarias.Al quedarse solo, Sebastián lanzó la cobija hacia un lado, como si aquel simple trozo de tela representara todo lo que lo mantenía cautivo en ese lugar que tanto detestaba.Como pudo, haciendo uso de todas sus fuerzas y reprimiendo el dolor que recorría cada centímetro de su cuerpo, se incorporó lentamente hasta lograr sentarse en el borde de la cama.La herida aun sangraba, manchando los vendajes colocados; apenas habían transcurrido cuarenta y ocho horas desde aquel momento en que una bala le había atravesado el costado, dejándolo al borde de la muerte y obligándolo a permanecer en aquel hospital.Por lo tanto, la herida permanecía sensible y dolorosa, pulsando con cada latido de su corazón, pero eso no fue impedimento para que Sebastián, con su orgullo se l
Marina presionó los labios, se cruzó de brazos contra su pecho y se acomodó en el sillón. Tomó decisión de no abandonar la habitación bajo ninguna circunstancia, por incómoda que fuera la situación. Al fin y al cabo, esta era la habitación que su abuelo le había dado mientras aún respiraba, un espacio que nadie tenía derecho a arrebatarle, ni siquiera en estas circunstancias tan desafiantes.Así que, si Sebastián, con toda su arrogancia y obstinación, no deseaba verla o encontrarse con su presencia, simplemente tendría que soportarla, acostumbrarse a compartir ese espacio con ella, respirar el mismo aire y calarse su presencia silenciosa, como una sombra persistente que se niega a desaparecer con la llegada de la noche.Sebastián, percibiendo el desafío en la postura de Marina, le dedicó una sonrisa enigmática que apenas curvó la comisura derecha de sus labios. Exhaló un suspiro leve, como si estuviera liberando una pequeña fracción. Con un movimiento lento, dejó caer su cabeza sobre
Marina se detuvo apenas un segundo, tan breve como el suspiro de una mariposa al rozar una flor, seguido se marchó, dejando atrás de ella no solo el espacio físico de aquella habitación, también las especulaciones del doctor, la mirada despreciable y cargada de veneno de Mariana, y por supuesto, aquellos deseos de cuidado de Sebastián, cuya ansiedad casi podía palparse en la atmósfera que ahora abandonaba. Al bajar las gradas de mármol pulido que se extendía hasta el vestíbulo principal, sus dedos rozaron apenas el pasamanos, Marina se encontró con la figura familiar y reconfortante de su amiga, cuya presencia en aquel lugar resultaba era como agua en medio del desierto. «¿Qué haces aquí?», expresó Marina con su mirada interrogante, sus cejas levemente arqueadas y sus ojos brillantes de sorpresa. Con la fluidez que solo otorgan años práctica, Marina hizo un movimiento de manos, combinando varios signos sutiles, que Mayra, comprendió a la perfección como si hubiera escuchado palabras
Marina escuchó esa voz resonando como un trueno en la quietud del pasillo, y su cuerpo se estremeció como una hoja sacudida por una tempestad, enviando escalofríos por cada centímetro de su piel. En un movimiento instintivo y casi desesperado, se giró con el corazón latiéndole desbocado contra el pecho. La sangre en sus venas pareció congelarse cuando se encontró de lleno con la mirada penetrante y acusadora de Sebastián. Aquellos ojos fulminantes y oscuros como dos pozos sépticos insondables, tan negros como la noche sin una luna la aterró. Aquella mirada, cargada de intensidad indescifrable, parecía querer atravesarla, desnudar sus pensamientos y juzgarla sin misericordia por algo que ella ni siquiera comprendía.—Sebastián, no deberías… estar levantado —Mariana habló, intentando tener su atención. Pero él, poseído por una furia que parecía consumirlo desde dentro, no se quedó a escuchar aquellas palabras, con pasos decididos y amenazantes que resonaban contra el suelo como marti
El silencio en el auto de Anderson era ensordecedor, opresivo como una niebla que se filtraba por cada rincón del vehículo. Parecía un cementerio abandonado, dónde ni las almas hacían ruidos, donde incluso el aire permanecía inmóvil, temeroso de perturbar aquella quietud que se había establecido entre ambos. El suave ronroneo del motor era lo único que interrumpía aquella atmósfera cargada de tensión y palabras no dichas, de reproches silenciosos que flotaban como fantasmas invisibles, acechando cada pensamiento. Las luces del tablero proyectaban sombras inquietantes sobre el rostro tenso de Anderson, revelando las profundas líneas de preocupación que marcaban su frente, testigos silenciosos de noches sin sueño y recuerdos persistentes que se negaban a desvanecerse con el tiempo. Habían transcurrido años, desde su divorcio, pero la herida parecía tan fresca como si hubiera ocurrido ayer, manteniendo vivo aquel dolor que ambos habían intentado enterrar. Mayra se había sentad
Mayra no tuvo fuerzas para rechazar a su ex esposo en ese beso, solo se dejó llevar por la sensación que recorrió cada célula de su cuerpo como una corriente eléctrica inesperada. El contacto de sus labios despertó recuerdos. La calidez familiar de Anderson, el aroma de su colonia que tantas veces había impregnado sus propias ropas, y ese sabor inconfundible que conocía mejor que nadie, la transportaron a tiempos más felices, cuando el amor entre ellos parecía infinito como el horizonte al atardecer. Ella, correspondió al beso casi por instinto, como si su cuerpo recordara mejor que su mente los caminos de aquel amor profundo que alguna vez compartieron, y cuando finalmente se dio cuenta del grave error que había cometido, del momento de debilidad que podría costarle el escudo protector que tanto le había costado construir, reaccionó con la fuerza del pánico y la vergüenza, empujando a Anderson con ambas manos contra su pecho, por consiguiente, dándole una cachetada impulsiva que a