El silencio en el auto de Anderson era ensordecedor, opresivo como una niebla que se filtraba por cada rincón del vehículo. Parecía un cementerio abandonado, dónde ni las almas hacían ruidos, donde incluso el aire permanecía inmóvil, temeroso de perturbar aquella quietud que se había establecido entre ambos. El suave ronroneo del motor era lo único que interrumpía aquella atmósfera cargada de tensión y palabras no dichas, de reproches silenciosos que flotaban como fantasmas invisibles, acechando cada pensamiento. Las luces del tablero proyectaban sombras inquietantes sobre el rostro tenso de Anderson, revelando las profundas líneas de preocupación que marcaban su frente, testigos silenciosos de noches sin sueño y recuerdos persistentes que se negaban a desvanecerse con el tiempo. Habían transcurrido años, desde su divorcio, pero la herida parecía tan fresca como si hubiera ocurrido ayer, manteniendo vivo aquel dolor que ambos habían intentado enterrar. Mayra se había sentad
Mayra no tuvo fuerzas para rechazar a su ex esposo en ese beso, solo se dejó llevar por la sensación que recorrió cada célula de su cuerpo como una corriente eléctrica inesperada. El contacto de sus labios despertó recuerdos. La calidez familiar de Anderson, el aroma de su colonia que tantas veces había impregnado sus propias ropas, y ese sabor inconfundible que conocía mejor que nadie, la transportaron a tiempos más felices, cuando el amor entre ellos parecía infinito como el horizonte al atardecer. Ella, correspondió al beso casi por instinto, como si su cuerpo recordara mejor que su mente los caminos de aquel amor profundo que alguna vez compartieron, y cuando finalmente se dio cuenta del grave error que había cometido, del momento de debilidad que podría costarle el escudo protector que tanto le había costado construir, reaccionó con la fuerza del pánico y la vergüenza, empujando a Anderson con ambas manos contra su pecho, por consiguiente, dándole una cachetada impulsiva que a
Los dedos de Sebastián llegaron con suavidad a la abertura, la cual estaba húmeda y ardiente, se deslizaron hacia el núcleo mientras la miraba fijamente con ojos que expresaban un cariño que jamás había manifestado. La habitación estaba sumida en una penumbra, interrumpida únicamente por los destellos de luz que se colaban por las cortinas abiertas, pues así le gustaba dormir a él. Cada vez que el relámpago alumbraba el cielo nocturno, iluminaba el dormitorio con su resplandor y los rostros de ellos momentáneamente, revelando expresiones que nunca habían compartido durante su matrimonio arreglado. Marina continuó la respiración, sintiendo ese toque en su sensibilidad con intensidad, como si cada terminación nerviosa de su cuerpo hubiera despertado. Su garganta se atragantaba con la propia saliva cada vez que los dedos de Sebastián se hundían en su núcleo, provocando sensaciones que jamás creyó posibles en su relación, cuando el único objetivo del mismo, era traer un heredero.
Sebastián, que ya se había despertado minutos, decidió levantarse cuando escuchó esa caída de trastes que resonó por toda la mansión. Aunque la habitación donde descansaba estaba retirada de la cocina que se encontraba en la planta baja del ala oeste.Sin pensarlo dos veces, decidió salir a averiguar qué estaba ocurriendo en los dominios inferiores de su hogar, donde el personal debería estar trabajando en silencioso.Descalzo, con una mano sosteniéndose del pasamanos y la otra mano presionando su abdomen vendado, salió con pasos cautelosos de la habitación para dirigirse a las gradas que quedaban en el ala este de la mansión, precisamente de donde había provenido el estruendoso desastre que había interrumpido la usual matutina.El suelo de madera pulida se sentía frío bajo sus pies descalzos, intensificando la sensación de urgencia que le empujaba a investigar, a pesar de que el médico le había recomendado reposo absoluto durante al menos dos semanas más.Cuando estaba por terminar d
Sebastián observó a la mujer frente a él desesperada, mientras en su interior crecía la incertidumbre e ira. Incertidumbre por lo que estaba diciendo sobre una perdida, e ira por cómo estaba reaccionando. En el poco tiempo que había compartido con ella, nunca la había notado de esa forma Siempre pensó que era una mujer pasiva, sin ningún nivel de toxicidad como la estaba viendo en ese instante. —¿De qué estás hablando? —su mirada fría con un glaciar, atravesó a Mariana, quien con lágrimas en sus ojos y labios temblorosos detuvo el llanto, mientras pensaba en las siguientes palabras que diría. Si bien hace dos años estuvo embarazada y tuvo un aborto espontáneo, el hijo no era de él, porque ella nunca había estado con Sebastián, pero lo haría sentir culpable de esa desgracia. —Sebastián, hace dos años íbamos a ser padres, pero perdí a nuestro hijo luego de que te casaste con esa mujer —señaló a Marina como la principal responsable de su desdicha. —Me fui de tu lado,
Sebastián cerró los ojos, dejó caer la cabeza hacia atrás y respiró profundo tratando de ordenar sus pensamientos y sentimientos.Si bien le había hecho una promesa a Mariana hace dos años cuando le salvó la vida, sentía que no podía cumplirla.No solo porque su abuelo le había puesto algunas trabas, si no, que algo de entro de él, no le animaba a cumplirla, por muy palabra valor que tuviera su palabra, nomas no podía cumplirla.Esperaba que ella pudiera perdonarlo, y olvidar todo aquello.Pensó en el hijo que había perdido, en todo el cambio que habría dado su vida, si ella se hubiese quedado, quizás ahora tendrían una familia.Estaba completamente seguro de que su abuelo no permitiría que desamparara a ese niño. Y de no permitirlo, él renunciaría a todo por ellos.Lamentablemente Mariana decidió no decirle sobre su embarazo.No la juzgaba ni la culpaba, porque estaba convencido que su abuelo la forzó a alejarse.Ella debió sentir miedo. Terror de hablarle. Además, que ya estaba casa
Anderson salió del quirófano sudando, con la tensión acumulada en cada músculo de su cuerpo. El agotamiento físico y mental se manifestaba en cada gota que resbalaba por su frente mientras se dirigía apresuradamente hacia su espacio personal.Apenas había logrado cruzar el umbral de la puerta cuando sintió la presencia de su compañero, quien ingresó después de él.—Como se te ocurre agregarla a la cirugía, sabiendo perfectamente los problemas que tenemos —espetó Anderson, con la voz cargada de un reproche.—Ya te lo dije, no había más asistente de emergencia disponible en todo el hospital. Buscamos en todos los departamentos, llamamos a los médicos de guardia, pero nadie podía acudir con la rapidez que requería la situación —respondió su compañero, manteniendo la calma a pesar de la evidente hostilidad que emanaba de Anderson.—¿Me quieres ver la cara de estúpido? —le fulminó con la mirada, sus ojos inyectados en sangre por el cansancio y la furia—. Sabes perfectamente que no podemos
Sebastián apartó a Mariana, experimentando una sensación de incomodidad que le recorría el cuerpo entero, convencido de que no era honorable tocar la mujer de otro, porque Mariana no formaba parte de su vida. Además, reconocía que no sentía por ella ni la más mínima fracción del deseo que experimentaba por su esposa.Al alejarse, Sebastián giró sobre sus talones, manteniendo su espalda erguida como un muro entre ambos, y pronunció con voz grave que no dejaba lugar a réplicas.—Por favor, vístete —las palabras salieron como una orden educada, a la vez cargada de una autoridad.—Sebastián —ella, sin rendirse ante la evidente negativa, se aproximó nuevamente, intentando persuadirlo con técnicas que había empleado exitosamente con otos, convencida de que él, al igual que tantos otros hombres con los que había compartido relaciones íntimas a lo largo de su vida, sucumbiría a sus encantos físicos por ser débil y carecer del control necesario sobre sus impulsos hormonales; no obstante,