Celos.

Marina escuchó esa voz resonando como un trueno en la quietud del pasillo, y su cuerpo se estremeció como una hoja sacudida por una tempestad, enviando escalofríos por cada centímetro de su piel.

En un movimiento instintivo y casi desesperado, se giró con el corazón latiéndole desbocado contra el pecho. La sangre en sus venas pareció congelarse cuando se encontró de lleno con la mirada penetrante y acusadora de Sebastián. Aquellos ojos fulminantes y oscuros como dos pozos sépticos insondables, tan negros como la noche sin una luna la aterró. Aquella mirada, cargada de intensidad indescifrable, parecía querer atravesarla, desnudar sus pensamientos y juzgarla sin misericordia por algo que ella ni siquiera comprendía.

—Sebastián, no deberías… estar levantado —Mariana habló, intentando tener su atención. Pero él, poseído por una furia que parecía consumirlo desde dentro, no se quedó a escuchar aquellas palabras, con pasos decididos y amenazantes que resonaban contra el suelo como marti
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