La esposa de Sebastián.

Marina se quedó inmóvil en la cama, observando el tejado mientras las lágrimas silenciosas rodaban sin control por sus mejillas.

La habitación, sumida en un silencio opresivo, parecía estrechar sus paredes con cada segundo que pasaba.

Él solo la usaba despiadadamente como su objeto sexual, como si fuera una prostituta cualquiera a la cual los hombres visitan y luego se van sin mirar atrás, sin considerar sentimientos ni consecuencias emocionales, solo que a esas mujeres profesionales probablemente no les dolía el corazón con esa acción, mientras que a ella se le destrozaba el alma con cada encuentro íntimo que compartían bajo las sábanas de aquel matrimonio de apariencias.

Los recuerdos de cada caricia se clavaban como dagas afiladas en su memoria, y el peso de su propia impotencia ante la situación la hundía más en un abismo de desesperación que nadie podía escuchar.

Cuando Sebastián salió de la ducha, secándose despreocupadamente su cabello negro azabache con movimientos bruscos, Ma
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