Inquilinos inesperados.

Sebastián, llevó a Mariana hasta el coche negro que esperaba en la acera, para calmarla. Le dolía verla en ese estado, con las lágrimas recorriendo sus mejillas maquilladas, pues esa mujer le había salvado la vida. Gracias a ella, a su intervención en aquel oscuro episodio de su pasado, él continuaba respirando, caminando entre los vivos, construyendo su imperio empresarial, y ciertamente no podía comportarse ahora como un patán desagradecido.

—Lo siento tanto, Mariana —murmuró mientras le secaba las lágrimas la abrazó con fuerza contra su pecho, sintiendo cómo ella se aferraba a él como si fuera su única tabla de salvación en medio de una tormenta devastadora—. Disculpa por no poder cumplir con lo que prometí, siento no poder darte lo que quieres.

—Sebastián, solo te pido una cosa, no me dejes, por favor —susurró ella entre sollozos entrecortados, aferrándose a la costosa tela de su traje como si temiera que pudiera desvanecerse en cualquier momento—. No me dejes alejes. Yo puedo
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