Marina se quedó inmóvil en la cama, observando el tejado mientras las lágrimas silenciosas rodaban sin control por sus mejillas.La habitación, sumida en un silencio opresivo, parecía estrechar sus paredes con cada segundo que pasaba.Él solo la usaba despiadadamente como su objeto sexual, como si fuera una prostituta cualquiera a la cual los hombres visitan y luego se van sin mirar atrás, sin considerar sentimientos ni consecuencias emocionales, solo que a esas mujeres profesionales probablemente no les dolía el corazón con esa acción, mientras que a ella se le destrozaba el alma con cada encuentro íntimo que compartían bajo las sábanas de aquel matrimonio de apariencias.Los recuerdos de cada caricia se clavaban como dagas afiladas en su memoria, y el peso de su propia impotencia ante la situación la hundía más en un abismo de desesperación que nadie podía escuchar.Cuando Sebastián salió de la ducha, secándose despreocupadamente su cabello negro azabache con movimientos bruscos, Ma
Sebastián, llevó a Mariana hasta el coche negro que esperaba en la acera, para calmarla. Le dolía verla en ese estado, con las lágrimas recorriendo sus mejillas maquilladas, pues esa mujer le había salvado la vida. Gracias a ella, a su intervención en aquel oscuro episodio de su pasado, él continuaba respirando, caminando entre los vivos, construyendo su imperio empresarial, y ciertamente no podía comportarse ahora como un patán desagradecido.—Lo siento tanto, Mariana —murmuró mientras le secaba las lágrimas la abrazó con fuerza contra su pecho, sintiendo cómo ella se aferraba a él como si fuera su única tabla de salvación en medio de una tormenta devastadora—. Disculpa por no poder cumplir con lo que prometí, siento no poder darte lo que quieres. —Sebastián, solo te pido una cosa, no me dejes, por favor —susurró ella entre sollozos entrecortados, aferrándose a la costosa tela de su traje como si temiera que pudiera desvanecerse en cualquier momento—. No me dejes alejes. Yo puedo
Sebastián subió a la habitación haciendo sonar las suelas de sus zapatos con fuerza, como si cada pisada fuera un golpe contra el suelo que deseaba infligir a otro lugar.El eco resonaba por el pasillo de aquella mansión. Los puños de Sebastián iban apretados, con los nudillos blancos por la presión, clara señal de que odiaba tener que compartir el mismo espacio con su familia.La rabia amenazaba con explotar, como una tormenta que se avecina en el horizonte. El aire mismo parecía tensarse a su alrededor, como si la atmósfera respondiera a su estado de ánimo.En realidad, esa no era su familia, nunca lo había sido realmente a pesar de compartir apellido.¿Debía agradecer eso? ¿Era una bendición o una maldición?Ya ni sabía qué agradecer. Si no tener un lazo sanguíneo con esas personas insoportables, o ser un maldito bastardo que ni siquiera sabía quién era su verdadero padre.La incertidumbre de sus orígenes era como una herida abierta que jamás cicatrizaba. Cada vez que veía a los gem
Marina llegó a la universidad como todos los días, con el sol matutino apenas despuntando en el horizonte y los pasillos comenzando a llenarse de estudiantes somnolientos. Atravesó el amplio vestíbulo con su bolso colgado al hombro, saludando con gestos discretos a los pocos compañeros que conocía en aquel vasto mar de rostros desconocidos. Tuvo sus primeras horas de clases con normalidad, sentada en la tercera fila como era su costumbre, tomando apuntes con su lapicero azul preferido y asintiendo ocasionalmente a las explicaciones del profesor de literatura comparada. Como cada mañana, se mantuvo concentrada en las lecciones, intentando apartar de su mente cualquier pensamiento perturbador que pudiera distraerla de su objetivo académico. Sin embargo, el sabor amargo del amor no correspondido, ese sentimiento punzante que llevaba días atormentándola, se hizo presente con inusitada intensidad cuando, al salir del aula, después de su clase de, vio a Mariana en el pasillo principal, exhi
Esa tarde en la universidad, Marina evitó a toda costa encontrarse con Mariana, pues sabía que continuaría molestándola, atacándola despiadadamente con el grupo que había formado alrededor de ella. La tensión era palpable en cada pasillo que recorría, como si el edificio entero estuviera impregnado de una atmósfera hostil que la sofocaba con cada paso. Cada esquina representaba un posible encuentro desagradable, cada aula una emboscada de miradas acusadoras y susurros malintencionados que la perseguían como sombras. La ansiedad se aferraba a su pecho como garras afiladas, dificultándole incluso el simple acto de respirar mientras se deslizaba entre la multitud de estudiantes ajenos a su sufrimiento silencioso.Marina sonrió amargamente al pensar que ella llevaba algunos meses en la universidad, y no tenía ningún amigo cercano o alguien que la siguiera fielmente, mientras que Mariana, recién acababa de ingresar y ya tenía un grupo extenso siguiéndola como si fuera una celebridad
Sebastián no sabía cómo ni por qué, pero ya se encontraba en el coche manejando a toda velocidad por las calles de Antioquia, mientras la lluvia golpeaba el parabrisas con una furia que parecía reflejar el tumulto de emociones que agitaban su interior.El volante temblaba bajo sus manos sudorosas, y cada curva amenazaba con enviarlo fuera del asfalto, pero nada de eso importaba ahora.Los pensamientos se atropellaban en su mente. La bocina de un camión lo sacó de su ensimismamiento, haciéndole esquivar por apenas centímetros una colisión frontal que habría terminado con todas sus posibilidades.Iba a salvar a su esposa, porque después de lo que le hizo a Adolfo, esté era capaz de asesinar a Marina sin contemplación ni el más mínimo atisbo de misericordia.La venganza había sido siempre el motor que impulsaba a Adolfo en la vida, incluso antes del incidente que los había enfrentado de manera irremediable.Sebastián recordaba perfectamente la mirada fría y calculadora en los ojos de aqu
Sebastián tensó la mandíbula con fuerza y apartó bruscamente la mirada de Mayra, quien, percibiendo la tensión que emanaba de aquel hombre, salió inmediatamente del cuarto para seguir laborando en sus obligaciones hospitalarias.Al quedarse solo, Sebastián lanzó la cobija hacia un lado, como si aquel simple trozo de tela representara todo lo que lo mantenía cautivo en ese lugar que tanto detestaba.Como pudo, haciendo uso de todas sus fuerzas y reprimiendo el dolor que recorría cada centímetro de su cuerpo, se incorporó lentamente hasta lograr sentarse en el borde de la cama.La herida aun sangraba, manchando los vendajes colocados; apenas habían transcurrido cuarenta y ocho horas desde aquel momento en que una bala le había atravesado el costado, dejándolo al borde de la muerte y obligándolo a permanecer en aquel hospital.Por lo tanto, la herida permanecía sensible y dolorosa, pulsando con cada latido de su corazón, pero eso no fue impedimento para que Sebastián, con su orgullo se l
Marina presionó los labios, se cruzó de brazos contra su pecho y se acomodó en el sillón. Tomó decisión de no abandonar la habitación bajo ninguna circunstancia, por incómoda que fuera la situación. Al fin y al cabo, esta era la habitación que su abuelo le había dado mientras aún respiraba, un espacio que nadie tenía derecho a arrebatarle, ni siquiera en estas circunstancias tan desafiantes.Así que, si Sebastián, con toda su arrogancia y obstinación, no deseaba verla o encontrarse con su presencia, simplemente tendría que soportarla, acostumbrarse a compartir ese espacio con ella, respirar el mismo aire y calarse su presencia silenciosa, como una sombra persistente que se niega a desaparecer con la llegada de la noche.Sebastián, percibiendo el desafío en la postura de Marina, le dedicó una sonrisa enigmática que apenas curvó la comisura derecha de sus labios. Exhaló un suspiro leve, como si estuviera liberando una pequeña fracción. Con un movimiento lento, dejó caer su cabeza sobre