LAURAMartin ha transformado mi vida en unos pocos días. Me ha convertido en su marioneta, en alguien que ya no reconozco. No sé qué pensar. Todo esto es extraño, confuso, y me da miedo. Miedo de acostumbrarme a esta nueva persona que soy cuando estoy con él. Quizás siempre he sido así, pero… ya ni sé qué creer. Él dice que me ama, que me desea, pero también me ha lastimado y aunque una parte de mí se ha rendido a su cariño, a su dominación, a su supuesto amor, otra parte lucha desesperadamente por encontrar el camino lejos de él. Hoy se termina el trato. Hoy se cumplen los tres días, y el video se borrará para siempre. No más ataduras, no más obediencia, no más esclavitud. Adiós, Martin dulce y tierno. Seré libre para amar a Bryan. —Te ves muy pensativa esta noche —dice Martin, sentándose a mi lado en el pasto, en la misma colina, donde la noche anterior, Celina y Ramiro nos acompañaron. —Solo pensaba en el fin de este trato absurdo —respondo, evitando su mirada. —¿Así que piensa
LAURARecostada sobre la hierba suave que acaricia mi espalda. Él se arrodilla a mi lado, y sus manos comienzan a recorrer mi cuerpo, desde mis hombros hasta mis caderas, como si estuviera memorizando cada centímetro de mí. —Nunca he querido a alguien como te quiero a ti —susurra, y sus palabras me tocan en un lugar que no sabía que existía. Sus labios encuentran los míos de nuevo, pero esta vez no se detienen allí. Bajan por mi cuello, mi clavícula, hasta llegar a mis pechos. Juega con mis pezones, primero con su lengua, luego con sus dientes, y cada contacto me hace gemir de placer. —Martin —susurro, y mi voz tiembla. Él no responde con palabras, sino con acciones. Sus manos bajan por mi vientre, explorando cada curva, hasta llegar a mi entrepierna. Sus dedos me tocan con suavidad, y un gemido escapa de mis labios. —Relájate —me dice, y su voz es como un bálsamo para mis nervios. Cierro los ojos y me dejo llevar por las sensaciones. Sus dedos se mueven con destreza, explorando
LAURADesperté con el corazón acelerado y una sensación de vacío en el pecho. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas, iluminando la habitación con un tono dorado que, en cualquier otro momento, me habría parecido hermoso. Pero hoy solo me recordaba lo que había sucedido la noche anterior.Me senté en la cama, abrazando mis piernas contra el pecho, y traté de ordenar mis pensamientos. Tenía que pensar en Bryan. Pero el nombre de Martin resonó en mi mente como un eco, y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo había permitido que esto sucediera? Me levanté de la cama, sintiendo cómo el peso de la culpa me aplastaba, y me vestí rápidamente, como si pudiera esconder mis errores bajo la ropa. Al llegar al comedor, lo vi allí, sentado a la mesa, esperándome. Su presencia era tan abrumadora como siempre, y por un momento, quise dar media vuelta y huir. Pero no lo hice. En lugar de eso, me acerqué a la mesa y me senté frente a él, evitando su mirada. —B
—¡Esto no tiene gracia! —le espeté en un susurro, sintiendo cómo el rubor me quemaba la cara.Él me miró con esa expresión suya, mezcla de diversión y deseo, y antes de que pudiera alejarme más, me tomó suavemente del mentón y me besó. Fue un beso lento, tranquilo, como si quisiera absorber toda mi tensión con sus labios.—Relájate —murmuró contra mi boca, acariciándome la mejilla con el pulgar—. De todas formas, en esta casa ya saben que eres mía.Me aparté de un empujón, fulminándolo con la mirada.—Eres un idiota —susurré, pero mi voz carecía de convicción.Él solo sonrió con esa maldita seguridad suya y, como si nada hubiera pasado, se levantó con total calma y tomó su plato y su taza, acercándolos al lado de mi asiento.—Es un largo camino, y no hay un buen restaurante en la zona hasta llegar a casa —dijo con naturalidad, sirviéndose café como si lo de hace un minuto no hubiera sucedido—. Así que comamos antes de partir.Yo lo miré, incrédula.¿Cómo podía estar tan tranquilo desp
LAURAMartin siguió jugando conmigo.Sus manos, sus labios, sus palabras ardientes me envolvían como una red de fuego, atrapándome en un torbellino del que no podía —y quizás no quería— escapar. Cada caricia suya encendía mi piel, cada susurro al oído me hacía temblar. Me tenía completamente a su merced, sumergida en un mar de deseo que no podía controlar.—Mírate… —murmuró contra mi cuello, con su lengua rozando la piel—. Estás temblando por mí. Sé lo que quieres, Laura… lo que necesitas.Su voz ronca y baja me acarició como una caricia más.—No importa cuánto te resistas, cuánto digas que esto está mal… —Sus dedos recorrieron la curva de mi muslo, subiendo lentamente hasta el límite de mi ropa—. Tu cuerpo me pide más.Un gemido quedó atrapado en mi garganta cuando su boca descendió por mi cuello, dejando un camino de besos que quemaban.—¿Sientes eso? —susurró, frotando su dureza contra mí, haciéndome sentir su necesidad—. Así me pones, maldita sea… tan duro por ti.Mi respiración s
LAURASu mirada tenía una intensidad peligrosa, una mezcla de deseo contenido y venganza calculada.—Martin, ya es tarde. Debemos llegar a casa… —intenté decir, pero mi voz tembló un poco, delatándome.Él sonrió más. Sabía que tenía el control ahora.—Oh, llegaremos a casa… —susurró, inclinándose hacia mí—. Pero antes voy a enseñarte lo que pasa cuando juegas conmigo.Mi respiración se aceleró cuando su mano se deslizó por mi muslo, subiendo lentamente, rozándome con una calma tortuosa.—¿Te gusta provocarme? —preguntó con voz grave, sus labios rozando mi cuello.Mis ojos se cerraron un instante, sintiendo el calor de su aliento sobre mi piel.—¿Te gusta calentarme y luego alejarte como si nada?Sus dedos subieron un poco más, haciendo que mi cuerpo reaccionara al instante.—M-Martin… —intenté decir, pero él me interrumpió.—No, no, no, mi amor… ahora me vas a escuchar.Con un movimiento rápido, me desabrochó el cinturón de seguridad y me jaló hacia él, colocándome sobre sus piernas.
LAURANo lo soporté más.Lo empujé con fuerza hasta que su espalda chocó contra la pared.Su mirada se oscureció con deseo.—¿Quieres jugar, princesa? —ronroneó.—Quiero ganarte.Me lancé sobre él.Mis labios devoraron los suyos con hambre, mis manos arrancaron su camisa sin paciencia. Su risa se perdió en mi boca antes de atraparme por las caderas y levantarme con facilidad.—Tú no ganas contra mí —gruñó, llevándome a la mesa de la cocina.Me dejó caer sobre ella con un golpe seco, separándome las piernas sin preámbulos.—Te haré suplicar.—Nunca.En eso, se escucharon las voces de los mellizos.—¡Eres un idiota, Ramiro! —se escuchó la voz de Celina desde la entrada—. ¡Te dije que trajeras el maldito proyecto!—¡Pensé que lo tenías tú! —replicó Ramiro, frustrado.Martin y yo nos quedamos congelados por un segundo. Él sonrió divertido, aún manteniéndome atrapada entre sus brazos.—Qué oportunos —susurró, dejando un beso fugaz en la comisura de mis labios antes de alejarse con calma.Y
LAURAMe quedé ahí, debatiéndome entre arrancar el auto o enfrentar lo que sabía que venía. Pero Bryan me vio. Se despidió de su grupo y caminó decidido hacia mí. Sin decir nada, abrió la puerta del copiloto y se subió.Arranqué el auto y nos alejamos.—¿No vendrás a clases? —preguntó, cruzándose de brazos.—Apenas he llegado, estoy cansada.—¿Por qué no me llamaste?—Me quedé sin batería. No llevé cargador.Bryan soltó una risa seca.—Parece una buena excusa.—No es una excusa, Bryan.Él me miró con dureza.—Me parece extraño que me digas que Martín está enamorado de ti, que me cites para vernos el domingo y hablar de algo importante, y luego desapareces cuatro días. Apenas llegas y ni un mensaje.—¿Por qué estás tan molesto?—Porque no me gusta que me mientas. Dijiste que Martín no iría a la hacienda… y estuvo ahí.—Claro que no estuvo.—Le pregunté a tu padre. Aunque tú y tus hermanos digan lo contrario, él me lo confirmó. ¿Por qué me lo ocultaste?Suspiré, sintiéndome acorralada.