El silencio en la sala era espeso, como la bruma de una tormenta inminente. Los hombres de Dante se mantenían en posición, algunos con los brazos cruzados sobre el pecho, otros con la mano cerca del arma en su cinturón. El polígrafo aún parpadeaba en la pantalla, registrando los últimos latidos del interrogatorio, mientras los conspiradores al final de la fila se agitaban con una inquietud creciente.Uno de ellos, el más alto y robusto, apretó la mandíbula y sacó lentamente la mano de su chaqueta. Su mirada se oscureció, y antes de que alguien pudiera reaccionar, sacó su arma y la apuntó directamente hacia Dante.—¡Nadie se mueva! —rugió con la voz áspera, sujeta a la adrenalina.El tiempo pareció detenerse. El metal del arma reflejaba la luz de la lámpara sobre la mesa, y en el instante siguiente, tres más siguieron su ejemplo, desenfundando sus pistolas con movimientos rápidos y precisos.Los traidores se miraron entre ellos con una mezcla de furia y determinación. Pero entonces, la
Leer más