Dante había caído rendido. Después de noches sin dormir, velando por Svetlana como un guardián incansable, el agotamiento finalmente lo doblegó. Su cuerpo, forzado más allá de sus límites, cedió en el sillón junto a su cama, donde aún dormía ella, frágil y hermosa, conectada a los monitores que marcaban el ritmo pausado de su respiración.El sueño lo atrapó con rudeza, profundo y sin sueños, hasta que un estruendo desde el exterior lo arrancó de sus breves momentos de descanso. Voces, pasos apresurados, gritos que se mezclaban con el eco metálico de armas cargándose. Dante parpadeó, aún atrapado entre el letargo y la realidad, su mente nublada por la confusión. Se llevó una mano al rostro, masajeando sus sienes cuando la puerta se abrió de golpe. Fabio entró con la expresión tensa y su mirada afilada como una navaja.—¿Qué está sucediendo afuera, Fabio? —preguntó Dante, su voz estaba ronca por el sueño interrumpido, parpadeó repetidamente mientras intentaba enfocar su visión.Fabio no
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