Alicia miró su reloj y caminó hacia la parada del autobús. Después de esperar un tiempo a que este llegara, se subió, fue directo a la casa de su suegra y, al llegar, tocó la puerta. Su suegra abrió sonriéndole al ver que era ella.—¡Hija!, pasa.—Mamá, ¿cómo estás?Alicia abrazó a Celeste efusivamente.—Bien, hija, pero a ti no te veo bien, te veo un poco pálida. ¿Acaso no estás durmiendo bien? ¿Estás comiendo, verdad, hija?—Sí, mamá, si estoy durmiendo y si estoy comiendo, no te preocupes.En ese momento las lágrimas brotaron de sus ojos, no podía contenerlas, detestaba seguir llorando, pero no podía parar. El dolor siempre sobrepasaba su voluntad.—Hija, no llores, me rompes el corazón. Ese hijo mío verá ahora que venga. ¿Cómo es posible que haga llorar a esos ojos tan bellos? No lo puedo permitir. Voy a hablar con él; me va a tener que explicar qué está pasando.—No, mamá, no te preocupes, no le digas nada, él tomó su decisión. Yo ya no soy nadie para él y está bien, entiendo, sol
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