—¿A dónde? ¡Pues alguien vino hasta Midred, nuestro propio territorio, con la intención de arrebatarle la esposa a otro! —bufó Carmen, soltando una risa sarcástica.Laura se sobresaltó: —¿Vino gente de Leeds?—Sí —afirmó Oliver, a punto de decirle a la joven que se quedara vigilando la UCI. Pero Laura se le adelantó:—Acompañaré a ustedes —propuso.Oliver reflexionó un momento. Aunque Laura fuera hija adoptiva de la familia Saavedra, siempre había demostrado ser reservada y efectiva. Dado lo alterada que estaba su esposa, si la reunión se ponía demasiado tensa, contaría con Laura para llevarla fuera de la escena.—Gracias —musitó, asintiendo.En el hospital de lujo, incluso las áreas comunes eran de un refinamiento inusual. Santiago aguardaba en la cafetería del lugar. Al llegar, Oliver, Carmen y Laura distinguieron primero la silueta esbelta de Cristóbal, un joven apuesto, de porte erguido y modales impecables. Para Carmen, con su estado de ánimo a flor de piel, nada de eso le importó
Laura continuaba en silencio, con la mirada alternando entre Santiago y Cristóbal. Este último no mostraba señales de sorpresa; sabía de antemano que su padre presentaría este plan.—Vemos que habla en serio, pero mi mujer y yo no tenemos la última palabra —respondió Oliver—. Alvi…Se interrumpió, sin saber cómo expresar la situación de Álvaro.Santiago no dudó en revelar sus intenciones:—No temas. Estoy al tanto de lo que pasa en su familia, y también sé que la señorita García es muy obstinada. Supongamos que Álvaro le perdone el atentado que ella cometió. ¿Acaso ella lo perdonará a él por haber asesinado a su prometido de la infancia? —preguntó con calma.El matrimonio Rojo se quedó en silencio.—Álvaro es, sin duda, el más destacado de todos los hijos de su generación. Llevo mucho tiempo siguiéndole la pista: es un prodigio de los negocios, alguien que sabe perfectamente sopesar ventajas y riesgos. Si debe elegir entre una esposa que en cualquier momento podría vengarse—¡además de
—¿De dónde saca la osadía? —continuó Carmen, sin calmar su enojo—. ¿Por ser el benjamín de la familia Zambrano en Leeds? ¡Bah!Oliver se volvió hacia Laura:—Llevas toda la noche en vela, ¿por qué no vas a descansar un poco?—Tengo una habitación reservada en el hotel de enfrente. Si surge algo, vendré de inmediato.—Perfecto.Tras marcharse Laura, el matrimonio se quedó intercambiando miradas, deteniéndose luego en los documentos que Santiago les había entregado.—¿Y entonces? —preguntó Carmen con incertidumbre.—Enviar a la chica a Leeds es preferible a que muera aquí, arriesgando la vida del bebé —suspiró él—. Por desgracia…—¿Y si Alvi no sobrevive? —murmuró Carmen, con un hilo de voz. Tenía los ojos cargados de lágrimas, recordando lo apurado que había sido estabilizarlo durante la noche, con una fiebre altísima.—Sería… consecuencia de su propia historia. De la nuestra también —respondió Oliver, muy pálido—. La mano de Sofía está detrás de la tragedia de los padres de Gabriela.A
—Gabriela… —murmuró, acercándose a ella con cautela y voz temblorosa.Apenas en ese momento, Gabriela pareció advertir su presencia. Volteó ligeramente el rostro:—¿Ya comprobaron la veracidad del video?Las manos de Carmen temblaron un poco. Asintió en silencio.—Dime, ¿no crees que fue justa mi decisión de matarlo? —soltó Gabriela con una media sonrisa carente de brillo.Su palidez era notoria, y esa risa parecía teñida de una tristeza infinita.—¡Fue Eliseo quien lo corrompió! —se apresuró Carmen a justificarse—. Desde pequeño lo empujó a todo tipo de crueldades. ¡No te imaginas las vejaciones y el tormento mental a que lo sometió…!Gabriela soltó un leve bufido. Nada más. Desvió la vista con intención de no prolongar la conversación.Pero, en realidad, la señora Rojo no había venido a convencerla de nada.—¿Podrías… contarme algo de Emiliano? —preguntó Carmen con la voz temblorosa, sentándose frente a Gabriela con los ojos anegados en llanto—. Me contaron que unos pescadores de tu
Carmen esquivó la mirada, evitando confirmar nada.—Las fiebres y pesadillas duraron casi medio año. Hasta que, quizás sintiéndose al fin un poco seguro, dejó de tenerlas con tanta frecuencia, y tampoco se enfermaba tanto durante la noche. De ahí en adelante se mostró muy sano, aunque crecía poco —Gabriela evocó ese recuerdo, y la dureza de su expresión se suavizó—. Colomba temía que fuera algo más grave y pensaba llevarlo a un hospital grande. Sin embargo, justo en ese verano pegó un estirón increíble, como un cohete.Se generó una fugaz calidez en la mirada de Gabriela. En aquel tiempo, la inapetencia la aquejaba con frecuencia y, cuando se aburría de la comida, Emiliano terminaba devorándola. Así fue como, en apenas un verano, pasó de ser el más pequeño del grupo a convertirse en el más alto.La isla era diminuta, y hasta hacía poco había tenido una escuelita de tres aulas, pero luego también cerró. El orfanato enseñaba lo básico, y si los chicos querían seguir estudiando, tenían qu
Fue una auténtica sorpresa para Gabriela.Sentía un zumbido en los oídos, como cada vez que se ponía nerviosa.Y en su mente juvenil, con un sinfín de ideas a la deriva, se le vino a la cabeza la expresión «marido de crianza».Quizás porque, al fin y al cabo, primero llegó ella a casa de Colomba, y luego acogieron a Emiliano. ¿Podría considerarlo, medio en broma, su «marido de crianza»? Esa ocurrencia la hizo sonreír con un sonrojo que le ardía en las mejillas.La fiesta en la mesa transcurría en un ambiente bullicioso. Gabriela, sin embargo, se movía como en un ensueño; todo lo que Emiliano le acercaba, ella lo tomaba casi de forma automática. No fue hasta que el encuentro terminó, cuando la gente comenzó a dispersarse y se quedaron solos, que percibió un cambio en la atmósfera.Emiliano y ella caminaron unos pasos juntos, en silencio. De pronto, él pareció incapaz de aguantar más esa tensión y se detuvo. Ella hizo lo mismo. Bajo la luz amarillenta de un farol, Emiliano parecía irradi
Gabriela recordaba esa escena con una nostalgia tan dulce que, tras descubrir el verdadero origen de Emiliano, se convertía en un tormento: aquella felicidad se teñía de una profunda agonía.Él deseaba la unión inquebrantable, pues ya había perdido toda esa infancia que un día tuvo en Midred. Sin embargo, al final, entre ellos también se interpuso la muerte.Gabriela se sacudió de aquel recuerdo.—Antes me preguntaste por qué quería divorciarme de Álvaro si se veía físicamente igual a Emiliano —comentó Gabriela, con la mirada endurecida—. ¿Sabes? Emiliano era amable, valiente, generoso, todo lo contrario de Álvaro, al menos mil veces mejor. Una vez que comprendí que me estaba engañando yo sola —creyendo que Álvaro era «él»— ya no quise quedarme ni un segundo más.—Entiendo… —Carmen bajó la cabeza con un gesto de total abatimiento.Oliver suspiró: —Cristóbal llegó a la ciudad.Gabriela frunció el ceño: —¿A qué vino?—Vino con Santiago. —Oliver fue directo—. Santiago ofreció un proyecto
—¿Cómo…? —Cristóbal no pudo ocultar su sorpresa. Le impresionaba la rapidez con que Gabriela había descubierto que él era el enigmático Sr. Z.—Casualmente observé que Laura te conocía, y recordé aquel video del derrumbe en la obra, con un ángulo tan privilegiado que solo podría provenir de alguien cercano a Álvaro… Pero no estaba del todo segura, así que puse a prueba a Laura —explicó Gabriela, con voz tranquila y un cariz casi distante.Al escucharla, esa serenidad tan fuera de lugar le generó a Cristóbal una inquietud todavía más profunda.—Lo siento —musitó Cristóbal—. Quise ayudarte desde el principio, pero temía que consideraras que nuestra relación es demasiado corta y que me estaba entrometiendo de forma excesiva. Cuando obtuve ese video, pensé que te serviría como herramienta de negociación frente a Álvaro, sin imaginar… que al final lo entregarías directamente a mi hermana.—Más bien debería avergonzarme yo —replicó Gabriela, con una ligera mueca de burla hacia sí misma—. Cre