Capítulo 335
Al escuchar esas palabras, Ana se conmovió profundamente. Dejó su chaqueta a un lado y se sentó junto a Emma, acariciando suavemente la cabeza de la niña mientras le preguntaba con dulzura:

—Emma, ¿has tomado tu medicina como te indicaron?

Encendiendo la lámpara de la mesita, la habitación se llenó de una luz cálida. Emma, frágil y acurrucada entre las almohadas, mostraba su rostro pálido y sus cabellos castaños dispersos. Sus ojos, grandes y expresivos, recordaban a dos uvas moradas. A pesar de su delicadeza, había en ella una belleza serena. Con voz tenue, respondió:

—La abuela me dio el medicamento. Era un tanto amargo.

Ana, con un corazón aún más cargado de compasión, acarició la cara de Emma, brindándole consuelo:

—Una vez que te operen, no tendrás que preocuparte más por los sangrados ni por tomar estas medicinas.

Emma, con una obediencia teñida de un leve capricho, se acomodó en los brazos de su madre:

—Mamá… extraño a papá. La tía Elisa me dijo que pronto lo veré, ¿es verdad? T
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