El bar estaba casi vacío a esas horas de la noche. Alexandro bebía su whisky con lentitud, perdido en sus pensamientos, cuando Damián se levantó repentinamente. —Hermano, tengo que irme. Mariana me acaba de escribir y parece que tiene antojo de algo que solo venden en el otro lado de la ciudad. Alexandro bufó con una sonrisa leve. —¿Y qué antojo tan urgente es ese? —Helado de avellanas con papas fritas. —Damián hizo una mueca—. No preguntes. Alexandro soltó una carcajada baja. —Dale, ve. Yo estoy bien. Damián lo estudió por un segundo antes de palmearle el hombro. —Seguro que sí, pero no hagas estupideces. —¿Cuándo las hago? Damián le lanzó una mirada significativa antes de salir del bar. Alexandro suspiró y volvió a concentrarse en su vaso, sin notar la figura que se movía entre las sombras del local, esperando pacientemente la salida de Damián. Lucía se alisó el vestido ajustado y se acercó con elegancia felina a la mesa donde Alex se encontraba. —Qué coincidencia enco
Vanessa estaba en la cama de su antigua habitación, con Nico acostado a su lado. Sus dedos acariciaban distraídamente el pelaje del perro, pero su mente estaba en otra parte. No podía dormir. No después de la discusión con Alexandro.Había esperado que, después de todo lo que habían vivido juntos, él confiara en ella. Que no se dejara manipular por su madre. Pero ahí estaba, cuestionándola, poniendo en duda lo que habían construido.Suspiró y tomó su celular, buscando distraerse. Tal vez Alex le había escrito… tal vez se había dado cuenta de que había exagerado. Pero no había nada.Excepto un correo anónimo con el asunto: "Abre los ojos, Vanessa."Frunció el ceño y lo abrió con cautela.Las fotos la golpearon como un puñetazo en el estómago.Alexandro, en un bar.Lucía acercándose demasiado.Lucía tocándole el brazo con confianza.Y la peor de todas: Lucía besándolo.Vanessa sintió cómo su pecho se comprimía, su garganta se cerraba y sus ojos ardieron con una intensidad desgarradora.
Vanessa respiraba agitadamente mientras tiraba ropa dentro de una maleta. No pensaba quedarse ni un segundo más en ese apartamento. No después de lo que acababa de ver.Nico, su fiel compañero, la miraba desde la puerta con las orejas bajas, percibiendo su angustia.—Nos vamos, Nico —murmuró con la voz temblorosa, acariciándole la cabeza.El perro gimió suavemente, como si entendiera que algo estaba mal.Mariana que acababa de llegar después de la llamada de auxilio y Sofía la observaban desde la puerta, preocupadas.—Vanessa, por favor, piensa bien lo que estás haciendo —insistió Mariana—. No tomes una decisión de la que puedas arrepentirte después.—¡No hay nada que pensar! —estalló Vanessa, con los ojos brillando de rabia y dolor—. ¡Lo vi, Mariana! ¡Lo escuché!Sofía se acercó con cuidado.—Lo sé, nena, pero… ¿y si alguien está detrás de esto? ¿No crees que todo es demasiado conveniente?Vanessa negó con la cabeza, apretando los labios.—Ya no me importa. Alexandro no confió en m
El peso de una mentiraAlexandro tambaleó hasta sentarse en el borde de la cama, con el teléfono temblando en su mano. Su respiración era errática, el corazón le golpeaba el pecho con una mezcla de furia, pánico y asco. Todo era una maldita trampa.El olor a perfume barato y alcohol impregnaba las sábanas revueltas. Su piel ardía, pero no por deseo, sino por ira. Ira contra sí mismo, contra la situación, contra Lucía.Ella lo observaba desde la cama con una sonrisa satisfecha, sin molestarse en cubrirse. Su cabello despeinado caía sobre sus hombros desnudos y sus ojos brillaban con una malicia calculada.—¿Te vas tan pronto? —preguntó con falsa inocencia, paseando los dedos por la sábana con lentitud.Alexandro la ignoró. Apretó los dientes, su mandíbula se tensó hasta el punto de dolerle. El teléfono casi se resbaló de sus manos por el temblor incontrolable de sus dedos, pero logró marcar el número de Damián.Bip… Bip…Cada tono se sentía eterno.—¿Qué mierda quieres, Alex? —Damián c
Los últimos dos días habían sido un infierno.Alexandro estaba desesperado. Había buscado en todos lados, pero no había rastro de Vanessa. Era como si la tierra se la hubiera tragado.Llamadas ignoradas. Mensajes sin respuesta. Sofía y Mariana tampoco sabían nada, y su frustración aumentaba con cada minuto que pasaba sin noticias.Su casa se sentía vacía, fría, como si la luz se hubiera apagado con la ausencia de Vanessa. El silencio era insoportable. No dormía, apenas comía y su mente no dejaba de repetirse las imágenes de aquella maldita mañana en el hotel, el mensaje que demostraba lo herida que estaba Vanessa. La desesperación se mezclaba con la rabia. ¿Cómo podía creer que él le haría algo así? Sí, la situación había sido comprometedora, pero ella debía saber que él jamás tocaría a otra mujer.El único que parecía darse cuenta de su angustia era Damián.—Te ves como la mierda, Montenegro.—No me jodas, Damián.—Solo digo lo evidente. No la vas a encontrar si sigues actuando com
Los días en la casa se habían convertido en un campo minado.Cada paso, cada roce, cada mirada entre Vanessa y Alexandro estaba cargada de una electricidad peligrosa, una tensión latente que los envolvía sin tregua. Era un juego silencioso, una guerra sin palabras en la que ambos parecían estar midiendo fuerzas, empujando los límites del otro sin siquiera tocarse… demasiado.Vanessa intentaba ignorarlo, fingir que no le afectaba. Pero era imposible.Él estaba en todas partes.Por las mañanas, cuando entraba a la cocina en busca de café, lo encontraba allí, apoyado despreocupadamente en la encimera, observándola en silencio con esa mirada intensa que le erizaba la piel. Su presencia la desconcentraba, hacía que sus manos temblaran ligeramente al sostener la taza, como si fuera consciente de cada pequeño movimiento que hacía bajo su escrutinio.En los pasillos, cuando pasaban uno junto al otro, sus cuerpos se rozaban accidentalmente. Un roce fugaz, apenas un contacto… pero suficiente pa
La música vibraba en el aire, un latido constante que recorría el suelo y se filtraba en la piel. Las luces de colores destellaban sobre la pista de baile, reflejándose en los rostros de los cuerpos en movimiento. El aroma a perfume caro y licor impregnaba el ambiente, envolviendo la noche en una sensación embriagadora de peligro y libertad.Vanessa se sentía viva.Después de tantas noches atrapada en la casa, enredada en un juego silencioso con Alexandro, después de tantas miradas que la quemaban y una tensión que la dejaba sin aliento, necesitaba esto. Una noche fuera. Una noche sin pensar en él.Sofía y Mariana bailaban a su lado, riendo, moviéndose con la despreocupación de quienes saben que la noche es suya. Vanessa las imitó, alzando los brazos al ritmo de la música, dejando que el sonido la envolviera.—Ese tipo no deja de verte —murmuró Sofía en su oído, inclinándose hacia ella con una sonrisa cómplice.Vanessa frunció el ceño y, con la curiosidad encendida, giró la cabeza hac
Vanessa apenas podía caminar recto.Sofía y Mariana la sostenían entre risas mientras ella cantaba cualquier canción que sonara en su cabeza. Habían terminado en otro bar, lejos de los ojos de Alexandro, y ahora estaban pagando las consecuencias.—Dios mío, está peor de lo que pensé —murmuró Mariana cuando la dejaron en la casa.Alexandro ya estaba ahí. Esperándola.Y apenas la vio, su ceño fruncido desapareció.Porque Vanessa borracha era adorable.—¿A quién tenemos aquí? —murmuró él, apoyándose en el marco de la puerta mientras cruzaba los brazos.Vanessa parpadeó.—¿Alex…?Oh, no.—Hola, nena —dijo con una sonrisa lenta.Vanessa parpadeó de nuevo. Y luego sonrió.—¡Alex!Antes de que él pudiera reaccionar, se lanzó sobre él en un abrazo.Sofía y Mariana se miraron, sabiendo que su trabajo aquí había terminado.—Nos vemos mañana, Alex —dijeron antes de salir.Alexandro no les prestó atención. Porque tenía las manos llenas con Vanessa.—Eres muy guapo, ¿sabes? —murmuró ella, enterran