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31. ¿POR QUÉ? ¡TÚ TAMBIÉN LO QUIERES!

(PARK ETHAN)

La misma tormenta que se estaba desatando en el exterior, la lluvia comenzó a caer con fuerza. El sonido del teléfono me sacó de mis pensamientos. Era Yu-jin. Me dijo que era imposible viajar con la tormenta y la cantidad de fans afuera, que aprovechará el tiempo con ella y que la vuelva invitar a los eventos con la banda. «Maldición. Esto es lo que me faltaba. Estar atrapado aquí con ella. Con la mujer que me miente, con la mujer que me… confunde.»

Salí del baño, secándome el pelo con una toalla, y la vi sentada en el sofá. «Sigue aquí. Atrapada conmigo. Por la tormenta. Por el destino. O por lo que sea.» La miré a los ojos, sintiendo una mezcla de frustración y resignación.

—Bien —dije al colgar, volviéndome hacia ella—. Parece que no te irás a ningún lado esta noche, se te cumplió lo que querías, Ariana —enfatice su nombre con sarcasmo, dejando caer los hombros con un suspiro de cansancio. «¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a pasar esta noche con ella?».

Evité su mirada, fijándola en un punto indefinido de la habitación. No quería ver la tristeza o el reproche en sus ojos. «No puedo darle lo que quiere. No puedo corresponder a sus sentimientos. No puedo romper este contrato. No puedo… perdonarla.»

Luego la vi salir del baño con uno de mis pantalones puestos y mi camiseta cubriéndola a duras penas. La luz del baño la iluminaba desde atrás, delineando sus curvas a través de la fina tela blanca. «Joder…». Aparté la mirada de inmediato, sintiendo un calor subir por mi cuello. «No puedo mirarla así. No puedo permitirme desearla después de lo que ha hecho.»

Pero entonces, la vi regresar al dormitorio y meterse en la cama, dándome la espalda. «¿Qué está haciendo? ¿Acaso piensa dormir aquí? ¿Después de todo lo que ha pasado?». Una oleada de ira y confusión me invadió. «No puedo. No puedo compartir la cama con ella. No después de lo que ha hecho. No después de lo que siento.»

Pero entonces, una extraña sensación me invadió. Una sensación que no podía explicar. A pesar de la rabia, a pesar del dolor, a pesar de la traición, no podía soportar la idea de que estuviera lejos de mí. «¿Por qué me cuesta tanto estar lejos de ella? ¿Por qué me afecta tanto su presencia? Si todo esto es una farsa… ¿por qué me duele tanto?».

Sin pensarlo más, rodeé su cintura con mi brazo y la atraje hacia mí. Su cuerpo se tensó al instante, pero no se resistió. La sentí respirar agitadamente contra mi nuca. «Joder… se siente tan bien tenerla cerca… incluso después de todo.»

—¿Esto es lo que quieres, Ariana? —susurré en su oído, sintiendo mi voz temblar ligeramente. «¿Por qué le pregunto esto? ¿Qué estoy buscando? ¿Su confirmación? ¿Su rechazo?». —Está bien. Vamos a jugar.

«Un juego peligroso. Un juego que nos va a lastimar a los dos. Pero no puedo evitarlo. Necesito saber hasta dónde está dispuesta a llegar. Necesito saber si lo que siento es real, o si solo es una consecuencia más de esta maldita farsa.»

—¿A qué? —su pregunta me incordió, más al ver esa marca rojiza cerca de la parte de atrás de su oreja, como si la hubiesen marcado. «Maldita sea. ¿Quién se atrevió a…?». La bilis me subía por la garganta. ¿Quién le había hecho eso? La posesividad me quemaba por dentro. «Es mía. Ella es mía.» —. ¿Qué quieres decir?

—No lo sé, ¿tú qué crees? —sentencié antes de que mis labios, traicioneros, buscaran los suyos en un beso lleno de deseo, un deseo oscuro y retorcido que se mezclaba con la rabia por dejarme llevar. «No debería estar haciendo esto. Debería alejarla. Pero no puedo. La necesito. La deseo.» Este beso era una confesión tácita, una rendición momentánea a la atracción que sentía por ella. «¿Por qué me haces esto, Ariana? ¿Por qué me confundes de esta manera?».

Besé sus labios con fuerza, mordiendo su labio inferior con ganas, apenas dibujando una sonrisa cuando escuché un quejido salir de sus labios. «Me gusta esto. Me gusta tenerla así, bajo mi control. Aunque sea por un instante.» Mis manos recorrieron la tela de mi camiseta que ella llevaba puesta, subiéndola muy sutilmente, jugando con los pliegues de la tela mientras mis labios succionaban esas marcas de su cuello, apropiándome de ella. «Soy el único que puede hacer esto. Solo yo. Nadie más. Esa marca… la borraré. La haré mía.» Pensé mordiendo su piel, escuchándola en una sinfonía de deseo que me erizaba la piel. «Su aroma… su sabor… me está volviendo loco.» Mi corazón latía desbocado, un tambor resonando en mi pecho, pero mi deseo latente orilló a una de mis manos a introducirse entre sus muslos, acariciando el interior como si quisiera ir más allá, como si necesitara marcarla también, pero sin atreverme a tocarla de más. «No puedo cruzar esa línea. No todavía. No hasta que entienda qué está pasando entre nosotros.»

—Hazlo —suplicó ella, con la voz entrecortada. «Maldita sea. Me está tentando. Me está poniendo al límite.» Y yo bajé mis besos por encima de la tela, sin subirla de más, sin deseo de verla más allá de lo que me permitía esa fina barrera. «No quiero verla desnuda. No quiero verla vulnerable. No quiero aprovecharme de esta situación.» —¡Por favor! —termino gritando haciéndome entrar en razón.

—¡No! —Exclamé, separándome bruscamente de ella. «No puedo seguir con esto. Me estoy perdiendo a mí mismo. Me estoy dejando llevar por el deseo, olvidando la razón.» La solté sintiendo como mi corazón me gritaba que fuera por más, mi cuerpo magnetizándose al suyo, pero me resistí. «Tengo que parar esto. Tengo que alejarme. Antes de que sea demasiado tarde.» Aunque mi deseo por ella se notaba despiadadamente. Mi respiración era agitada, mis manos temblaban, y la necesidad de volver a besarla me quemaba por dentro. Pero me contuve. «Tengo que ser fuerte. Tengo que ponerle fin a esto.»

—¿Por qué? ¡Tú también lo quieres! —me recriminó, con los ojos llenos de confusión y… ¿deseo? «Lo sé. Lo sé que lo quiero. Pero no puedo tenerla. No de esta manera. No después de lo que ha pasado.»

—¿Yo? No. No soy tan fácil como aquel que te marcó —siseé imprudente, sorprendiéndome a mí mismo por lo celoso que me sentía. «Maldita sea. No debí decir eso. Pero no puedo evitarlo. Me duele. Me duele saber que otro hombre la ha tocado.» El veneno de los celos me recorría las venas, tiñendo mis palabras de amargura y desprecio. «No soy como él. Yo no la usaría. Yo no la lastimaría de esa manera.» —Esto se acabó —dije con firmeza, dándome la vuelta y alejándome de ella. Necesitaba espacio. Necesitaba aire. Necesitaba alejarme de su aroma, de su tacto, de su maldita presencia que me descontrolaba por completo. «No puedo seguir con esta farsa. No puedo seguir mintiéndome a mí mismo. Tengo que alejarme de ella. Antes de que me destruya por completo.»

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