Refugiada

Samuel Straits está delante de mi sin rastros de su anterior embriaguez y sin saber por qué lo hago, me lanzo a sus brazos que me atrapan enseguida como si hubiera nacido para pertenecer a ellos. Me aprietan contra su pecho al tiempo que su nariz huele mi pelo.

Nunca podré explicar la relación entre los dos. Cuándo nos hicimos tan compatibles o cuando tan lejanos. Somos como dos caras de la misma moneda. Funcionamos al derecho y al reverso. Pero en el fondo pertenecemos a otros. Y los dos lo sabemos.

—Vámonos de aquí —creo que le dice a Alessio.

Me separo de él y nos vamos con sigilo escaleras abajo. Ni siquiera tomamos el ascensor y escapamos del hotel sin que Ian pueda enviar a alguien a por mi o sus demencias nos alcancen.

Los papeles en los que aparecen las evidencias de su traición se quedan en la habitación y no miro atrás nunca más. Simplemente escapo flanqueada por dos de los hombres más importantes de mi vida y me subo a un coche para salir hacia donde alguno de ellos decida
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