Narra: Damond (Luis)
Al abrir los ojos, noté que mi pecho estaba cubierto por una manta. Era extraño; desde niño odiaba la sensación de estar arropado. Me incorporé un poco, observando alrededor, hasta que la vi en la cocina. Al menos había cumplido con hacer algo. Ella giró hacia mí y nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos avellana brillaban con un matiz más intenso debido al rayo de sol que se filtraba por la ventana y acariciaba el rabillo de su ojo.
—No tenías por qué preocuparte. —Dije mientras me levantaba del sofá.
—Ya sabe, es lo menos que puedo hacer. No tengo mucho para ofrecer, solo mis buenos toques en la cocina. —Respondió con una sonrisa mientras servía un plato.
—Allí solo veo un plato. ¿No vas a desayunar? —Pregunté mientras me acercaba a la mesa y tomaba asiento. Después de tantos años comiendo solo, la idea de compartir el desayuno con alguien más resultaba inusitadamente agradable.
—No, ya desayuné. Este es el segundo desayuno que preparo. Me levanté algo temprano.
—¿Qué hora es? —Pregunté, extrañado.
—Un poco más de las once. —Respondió mientras miraba el reloj en su muñeca. Luego, señaló con confianza una pared vacía cerca de nosotros. —Deberíamos tener un reloj justo allí.
Su comentario me tomó por sorpresa, pero me gustó la naturalidad con la que lo dijo.
—Ah, perdón, es su casa. No puedo venir a mandar, pero creo que no es mala idea. —Añadió rápidamente, como si temiera haber cruzado un límite.
—No te preocupes. Lo que consideres necesario, puedo conseguirlo. —Respondí antes de probar el primer bocado de mi desayuno. Los sabores inundaron mi paladar; estaba delicioso.
Mientras recogía algunas cosas detrás de mí, se acercó con una caja en las manos.
—Le aviso que estaré fuera. Iré a entregar el vestido y los zapatos. —Dijo, mostrando la caja. —Después haré unas cosas mías. Quizás esté para el almuerzo; en caso contrario, le llamaré.
—¿Eso no lo pagó tu padre? —Pregunté con genuina curiosidad. ¿Qué tan mal estaban los Miller como para alquilarle el vestido y los zapatos a su hija?
Ella solo esperó mi confirmación, a lo que asentí en silencio. Acto seguido, salió del apartamento.
Narra: Elena
¿En qué momento permití que Luis se convirtiera en mi dueño? ¿Desde cuándo necesito su aprobación para salir? Este pensamiento me martillaba la cabeza mientras cruzaba la calle con cuidado, rumbo a la tienda donde había alquilado el vestido y los zapatos. Recordé cómo Victoria e Isabella habían impedido que mi padre pagara mi atuendo para ese día. Comprar el conjunto habría sido innecesario, especialmente considerando que este matrimonio carecía de amor.
Entré al establecimiento, donde me recibió una empleada diferente a la que me había atendido antes. Esta nueva chica irradiaba una actitud antipática desde el primer momento.
—Buenos días… —Saludé con amabilidad mientras sostenía la caja. —Traigo esto que fue alquilado.
La chica me miró de arriba abajo, evaluándome con una mezcla de frialdad y desprecio antes de hablar.
—Tengo que revisarlo antes de aceptarlo. ¿Sabes que, según la cláusula, si algo está dañado debes comprarlo o asumir el costo adicional de reparación? —Dijo con tono cortante.
—Sí, comprendo. Pero traté de que todo estuviera en buen estado.
—Eso lo veremos. —Respondió, tomando el vestido para examinarlo detenidamente. Me había asegurado de lavarlo a mano, apenas llegué a casa, precisamente para evitar problemas. Pareció satisfecha con el estado del vestido, pero al alzar la caja de los zapatos, su semblante cambió.
—¿Ves esto? Las suelas están gastadas. —Comentó con desdén. Su observación me pareció tan absurda que no pude evitar reír.
—¿Me estoy riendo acaso? —Espetó, visiblemente molesta.
—No, es que… ¿Cómo puedes decir eso? Son zapatos de alquiler, es lógico que las suelas estén desgastadas. No entiendo.
—Bueno, si no tienes para comprarlos, debes asumir el costo de reparación. Y como puedes ver, son de una marca cara. —Dijo, señalando con dramatismo las letras en la caja.
Sentí un nudo en el estómago al escucharla. No tenía cómo pagar unos zapatos de $250, y menos considerando que los había alquilado por $20. Miré mi tarjeta de crédito, reservada para emergencias, mientras ella esperaba impaciente.
—Veo que entendiste. —Dijo, avanzando hacia la caja registradora con aire triunfal. —¿Los comprarás o pagarás la reparación?
—¿Puedes decirme cuál es el costo de uno y del otro? —Pregunté, intentando mantener la calma.
—Los zapatos cuestan $250. La reparación, $100.
Era evidente que pagar la reparación era la opción menos costosa. Estaba a punto de ceder y pasar mi tarjeta cuando, de pronto, vi que alguien entraba a la tienda.
Narra: ElenaEra claro que pagar la reparación resultaba menos costoso. Estaba a punto de deslizar mi tarjeta cuando noté que alguien entraba en la tienda.—Para ser sincero, esos zapatos no le lucían a mi esposa. —La voz de Luis me sorprendió al escucharlo parado junto a la caja, observando unos zapatos detrás de la empleada. —¿Qué tal si te pruebas esos?Seguí la dirección de su mirada y vi los zapatos que señalaba. Eran deslumbrantes, cubiertos de diamantes y de punta fina. Su sola presencia emanaba lujo, y el brillo que emitían casi cegaba. Abrí la boca, negando repetidamente.—No hace falta, realmente estoy bien. —Dije con urgencia, pero Luis mantuvo su atención fija en la empleada, cuya expresión se tornó algo nerviosa antes de bajar los zapatos del estante.—¿Qué talla es? —Preguntó ella, todavía con un aire de frialdad y desprecio.—Un 6. Estoy seguro de que es la talla de mi esposa. —Luis respondió con seguridad. No entendía cómo sabía mi talla, y mientras la chica buscaba, m
Narra: Elena—Doctor, ¿no hay algo que podamos hacer para comenzar el tratamiento? El dinero lo prometo conseguir de aquí a pasado mañana, pero... —mientras hablaba, noté que su mirada se dirigía hacia mis pies.—¿Son los zapatos de último modelo de Fabián Look? —preguntó, subiendo la vista lentamente hasta encontrarse con la mía.—No sé de qué habla. —Intenté disimular, recordando de repente que llevaba puestos unos zapatos de diseñador.—Mi esposa ama al diseñador, y no quedaban más en la tienda. ¿Cómo pudo costearlos? —dijo frunciendo el ceño, claramente intrigado.Recogí los hombros sin saber qué responder, pero una idea desesperada cruzó mi mente.—Hagamos algo: se los doy. ¡Sí! Se los daré y con eso, pago las noches que debo. ¿Podrá iniciar el tratamiento? —pregunté, aferrándome a la posibilidad de que aceptara el intercambio.—Realmente parece un buen trato. —Accedió, para mi alivio. —Si es así, puedo comenzar el tratamiento mañana. No se preocupe por los gastos anteriores, ya
Narra: Damond (Luis)No podía creerle su excusa. Los zapatos de Fabián Look son famosos por su calidad; correr no los habría dañado. Cerré la puerta tras de mí, dejando a Cristofer encargado de vigilarla. Mi desconfianza hacia Elena había crecido en estos pocos días, pero eso no significaba que no me preocupara por su bienestar.—Señor Damond… traje estos papeles que debe firmar. —Una de mis secretarias dejó un documento en mi escritorio. Lo firmé casi automáticamente, volviendo luego a mirar por la ventana. Esta semana había sido agotadora. Apenas podía asimilar que ahora estaba casado. Pero esto era solo el principio: destruir a la familia Kepler seguía siendo mi objetivo principal.Cristofer entró a mi oficina con unos papeles en la mano.—Señor, aquí tiene lo que me pidió sobre Elena. —Comenzó a explicar mientras desplegaba un grupo de hojas. —Ella creció humildemente en un pequeño pueblo fuera de la ciudad. Parece que su madre tuvo una relación con Miller antes de que conociera a
Narra: Elena—¡Victoria! —exclamó mi padre, poniéndose de pie de un salto.Pero ella lo ignoró por completo, avanzando hacia mí con el fuego de la ira ardiendo en sus ojos.—¡No vuelvas a dirigirte a mí como si estuvieras por encima de mi lugar, niña ingrata! —espetó, su voz cargada de veneno mientras me señalaba con un dedo tembloroso—. ¡Te he dado todo lo que tienes! Convencí a tu padre de concederte algo cuando no lo merecías, lo persuadí para que ayudara a tu madre, y este es el agradecimiento que recibo.Respiré hondo, luchando por contener el temblor en mi voz y el odio que me recorría las venas como un veneno corrosivo. Me enderecé con dignidad, ignorando el ardor punzante en mi mejilla, y sostuve su mirada con firmeza.—¿Todo lo que tengo? —repetí con una risa amarga, cada palabra impregnada de desprecio—. Lo único que poseo gracias a ti es una vida arruinada y una deuda que acepté con la promesa de que sería saldada si me casaba con Luis. Pero escucha bien, Victoria, esto no
Narra: ElenaMe observé en el espejo, notando la marca en mi rostro. Era más notoria que el día anterior. Tenía que hacer algo más para ocultarla. Lo último que deseaba era que Luis descubriera la verdadera relación que tenía con mi familia. Seguía contemplando mi reflejo, perdida en mis pensamientos, cuando un toque en la puerta me sacudió por completo.Era Luis.—¿Elena?—¿Sí? —respondí, quedándome inmóvil, con la esperanza de que solo quisiera hablar desde el otro lado de la puerta.—Necesito que vengas conmigo hoy. ¿Estás lista?—Ah… dame un momento y salgo.A toda prisa, tomé la base, los polvos y el rubor, aplicándolos con rapidez para disimular el moretón. Cuando finalmente salí, él me observaba con una intensidad que nunca antes había sentido.—¿Todo bien?—Sí.Asentí con la cabeza baja, pero Luis no se dejó engañar. Con suavidad, tomó mi mejilla, y en ese instante, recé en silencio para que el maquillaje hiciera su trabajo. Su mirada seguía fija en la mía, como si intentara de
Narra: Luis (Damond)Regresé al auto como si nada, solo para encontrar a Elena corriendo hacia mí y abrazándome con fuerza. Cristofer descendió tras ella, y cuando la tuve entre mis brazos, intenté preguntarle con la mirada qué había sucedido. Sin embargo, él me hizo una señal para esperar y hablar después, así que opté por enfocarme en ella.—¿Sucede algo? —pregunté, tomando su mejilla entre mis dedos.—No, solo creo que me puse melancólica. —Su respuesta llegó rápida, casi ensayada, y enseguida subió al auto.Antes de seguirla, dirigí mi mirada hacia la cantina. Desde la ventana, Berny sostenía un vaso de cristal y me observaba con una media sonrisa. Luego levantó la copa en un gesto de aprobación hacia Elena antes de dar un trago.Cristofer arrancó el auto, y yo tenía en mente llevar a Elena a un sitio especial para la cena. Mientras conducíamos, ella se acomodó junto a mí, recostando su cabeza en mi hombro. Su respiración se volvió pausada, hasta que noté que se había quedado dormi
—Madre, ¿cómo te sientes? —le pregunté mientras sostenía su frágil mano en la fría habitación del hospital. Esa noche, mi mundo se desplomó por completo. La encontré tirada en el suelo al regresar del trabajo; su cuerpo inmóvil y su rostro lleno de angustia.—Sí, estoy bien. Estaré bien —respondió con voz suave, intentando calmar mi evidente preocupación, aunque ambas sabíamos que esa esperanza era frágil. —El doctor vendrá a decirnos que podremos irnos.Como si sus palabras hubieran invocado al destino, el doctor apareció en la sala. Su expresión apagada era una advertencia silenciosa; no traía buenas noticias. Pero me aferré a una débil esperanza.—¿Todo bien? ¿Podremos irnos? —pregunté con ansiedad. Él me observó y, esforzándose por mostrar empatía, trató de esbozar una sonrisa reconfortante.—Quisiera darles buenas noticias, pero tu madre sufrió un derrame… Es por eso que no puede mover una parte de su cuerpo. Necesitará terapia.Sentí un atisbo de alivio; una terapia parecía mane
Narra: Elena—¡Diego! Ella no es tu responsabilidad —bramó Victoria, conteniendo a duras penas la furia que se reflejaba en su mirada.Bajé la vista al suelo. No valía la pena insistir. Sabía que no lograría nada. Nadie en esa casa me prestaría ni un centavo.—Prometo hacerlo. —Mi voz sonó apagada, casi suplicante, un intento desesperado por despertar alguna chispa de compasión en Victoria, mi madrastra.De pronto, apareció la última persona que quería ver en ese momento.—¿Es mi fea hermana? —preguntó Isabela con su tono mordaz. Sus ojos me recorrieron con esa mezcla de desdén y burla que le era tan característica. —Ah, ya veo que sí. ¿Qué quiere?—Ah, le pide plata a tu padre, para su madre —intervino Victoria, dejando caer las palabras con toda la intención de humillarme.Isabela estalló en una carcajada que resonó en la habitación, fría y cruel.—Ja, ja, ja… Yo te tengo una solución, te daremos el dinero —dijo, con una sonrisa que no auguraba nada bueno. —Pero, a cambio, debes cas