Narra: Elena
Frente al espejo de mi habitación, observé mi reflejo con el vestido blanco que llevaba puesto. La tela parecía más ajustada de lo que alguna vez soñé cuando era niña, y el ramo de flores que sostenía en mis manos lucía desoladoramente sencillo, lejos de la imagen que tenía en mi mente. Mi mirada se perdió por un momento, y en mi mente apareció el rostro de mi madre, postrada en la cama del hospital, luchando contra una recaída que no daba tregua. Las noches de llanto y desvelo volvían a mí con cada pensamiento.
Con un suspiro profundo, caminé hacia la capilla. Mi padre estaba allí, esperando junto a mí. Al posar su mano sobre mi hombro, ambos miramos el reloj al mismo tiempo. La ceremonia ya llevaba retraso, y con cada segundo que pasaba, mi incertidumbre aumentaba.
—Ja, te dejaron plantada. Mejor que te puse a ti de novia, porque no me imagino yo parada esperando a nada. —La risa cruel de Isabella resonó a mis espaldas, cargada de burla. La ignoré, enfocándome en el apoyo que parecía ofrecerme mi padre, aunque no podía evitar pensar que estar ahí, a su lado, era precisamente lo que él quería.
Lancé una mirada hacia las grandes puertas de la capilla. Parte de mí deseaba que nadie entrara, que todo esto se cancelara, pero la otra parte recordaba el motivo por el cual estaba aquí. Este sacrificio no era para mí, sino para salvar a mi madre.
—Ay, hermanita… Te dejaron vestida y alborotada… —Las risas de Victoria e Isabella llenaban el lugar como una sombra burlona. Los pocos invitados presentes parecían más interesados en el espectáculo que en la ceremonia. Cada murmullo, cada mirada furtiva, era un recordatorio de mi situación.
Narra: Damond (Luis)
—Llegaremos tarde —dije, observando el tráfico inmovilizado frente a nosotros. Una mezcla de irritación y resignación se reflejaba en mi tono. —¿Qué más da? Que espere más de la cuenta, no se va a morir por eso.
Cristofer, siempre eficiente, giró bruscamente hacia una calle lateral, acelerando hacia la capilla. A lo lejos, ya podía ver la pequeña construcción, con unos pocos autos estacionados frente a ella. Al bajar del vehículo, noté que algunas personas entraban apresuradamente al edificio.
Mi mirada se dirigió al altar, donde una chica esperaba. Sus manos apretaban un ramo, sus pies se movían con un nerviosismo evidente. Cuando finalmente distinguí su rostro, una ligera confusión se apoderó de mí. Esa no era la chica con la que había acordado casarme.
Entré a la capilla, y como era de esperarse, las miradas se volcaron hacia mí. Los susurros no se hicieron esperar:
—¿Cómo es posible que los Miller casen a su hija con un tipo así?
—¿Supiste que estuvo en la cárcel por matar a alguien? —Dicen que es un típico bastardo, producto de una aventura de su padre con la empleada.Esos comentarios eran pan de cada día para mí, así que no me afectaron lo más mínimo. Avancé con paso firme hasta el altar y me detuve frente a la chica. Su cabello castaño caía como una cascada alrededor de su rostro, y sus ojos, claros como avellanas, parecían reflejar una tormenta interna.
—Creí que me casaría con Isabella Miller —dije, dejando que mis palabras cortaran el silencio.
Ella alzó la vista, y por un instante nuestras miradas se encontraron.
—Sí, soy la hija mayor de Mauricio Miller. Por eso estoy aquí —respondió. Su voz era suave, pero tenía una fuerza subyacente que hizo eco en mi interior. Sin embargo, mi objetivo era claro, y nada de esto lo cambiaría.
Narra: Elena
Sus ojos azules me observaban con una intensidad que me desarmaba. Sentía como si intentara leerme, escudriñar cada rincón de mi alma. Para ocultar mi nerviosismo, apreté con fuerza el pequeño ramo en mis manos, casi al punto de romperlo.
Desvié mi atención hacia Isabella, quien cuchicheaba con su madre mientras lanzaba miradas furtivas a Luis. La envidia en sus ojos era evidente; deseaba estar en mi lugar, aunque para mí, aquello era un tormento más que un privilegio.
—Acepto —escuché decir a Luis, su mirada fija en mí.
Mis ojos se encontraron con los suyos, y por un momento, me perdí en el brillo de ese azul profundo. Mi atención vagó hacia su cabello negro, impecablemente peinado, y su rostro, que parecía esculpido con precisión divina. Sus labios, perfilados con perfección, eran una distracción incómoda.
—Elena Miller, ¿acepta usted a Luis Kepler como su esposo? —preguntó el sacerdote, sacándome de mi ensoñación.
Asentí automáticamente, pero su aclaración me obligó a hablar.
—Debes decirlo en voz alta, niña.
Las risas contenidas de Isabella y su madre resonaron en mi mente. Las miré con furia antes de responder:
—Sí, sí acepto.
El sacerdote concluyó con las palabras que todos conocen, y antes de que pudiera procesarlo, Luis inclinó su rostro hacia mí. Sus labios se acercaron peligrosamente, como si pretendiera besarme. Lo miré con desdén, incapaz de ocultar mi incomodidad.
Cuando creí que todo había terminado, la voz de mi padre me devolvió a la realidad.
—Entonces, aquí nos despedimos, hija. Debes irte con Luis.
El golpe de sus palabras me dejó sin aliento. Pensaba que todo terminaría con la ceremonia, pero ahora entendía que debía irme a vivir con él.
Luis ya esperaba afuera, con la puerta de su auto abierta para mí. Mi padre me dio un beso de despedida, y con resignación, caminé hacia el vehículo. Desde la ventana, Isabella y Victoria me despedían con una sonrisa hipócrita.
Miré mis manos temblorosas antes de alzar la vista hacia el chofer, quien me dedicó una sonrisa cálida. Aunque pequeña, fue un consuelo en medio de tanta incertidumbre.
Narra: Damond (Luis)Nos estacionamos frente a un edificio imponente, una construcción que había adquirido en su totalidad para vivir sin las incomodidades de compartir espacio con personas de este barrio. Aunque no era de lo peor, prefería mantener distancia. Miré cómo ella bajaba del auto, agradeciendo con una sonrisa cálida a Cristofer, quien cargaba su pequeña maleta con amabilidad.—Bienvenida a nuestra humilde morada. —Dije al abrir la puerta del apartamento y dejar las maletas en la entrada. Su expresión oscilaba entre la curiosidad y el cansancio.—Bien, quiero que sepas las reglas —proseguí con un tono neutral mientras cerraba la puerta tras nosotros—: no me meteré en tu vida, y tú no te meterás en la mía. Fingiremos ser esposos ante la sociedad, pero aquí puedes hacer lo que desees. Dormiré en la sala y dejaré la habitación para ti. Lo único que no quiero es enterarme de que me engañas con alguien. Eso solo generaría rumores, y no me interesa lidiar con eso.Ella asintió en
Narra: Damond (Luis)Al abrir los ojos, noté que mi pecho estaba cubierto por una manta. Era extraño; desde niño odiaba la sensación de estar arropado. Me incorporé un poco, observando alrededor, hasta que la vi en la cocina. Al menos había cumplido con hacer algo. Ella giró hacia mí y nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos avellana brillaban con un matiz más intenso debido al rayo de sol que se filtraba por la ventana y acariciaba el rabillo de su ojo.—No tenías por qué preocuparte. —Dije mientras me levantaba del sofá.—Ya sabe, es lo menos que puedo hacer. No tengo mucho para ofrecer, solo mis buenos toques en la cocina. —Respondió con una sonrisa mientras servía un plato.—Allí solo veo un plato. ¿No vas a desayunar? —Pregunté mientras me acercaba a la mesa y tomaba asiento. Después de tantos años comiendo solo, la idea de compartir el desayuno con alguien más resultaba inusitadamente agradable.—No, ya desayuné. Este es el segundo desayuno que preparo. Me levanté algo temprano.
Narra: ElenaEra claro que pagar la reparación resultaba menos costoso. Estaba a punto de deslizar mi tarjeta cuando noté que alguien entraba en la tienda.—Para ser sincero, esos zapatos no le lucían a mi esposa. —La voz de Luis me sorprendió al escucharlo parado junto a la caja, observando unos zapatos detrás de la empleada. —¿Qué tal si te pruebas esos?Seguí la dirección de su mirada y vi los zapatos que señalaba. Eran deslumbrantes, cubiertos de diamantes y de punta fina. Su sola presencia emanaba lujo, y el brillo que emitían casi cegaba. Abrí la boca, negando repetidamente.—No hace falta, realmente estoy bien. —Dije con urgencia, pero Luis mantuvo su atención fija en la empleada, cuya expresión se tornó algo nerviosa antes de bajar los zapatos del estante.—¿Qué talla es? —Preguntó ella, todavía con un aire de frialdad y desprecio.—Un 6. Estoy seguro de que es la talla de mi esposa. —Luis respondió con seguridad. No entendía cómo sabía mi talla, y mientras la chica buscaba, m
Narra: Elena—Doctor, ¿no hay algo que podamos hacer para comenzar el tratamiento? El dinero lo prometo conseguir de aquí a pasado mañana, pero... —mientras hablaba, noté que su mirada se dirigía hacia mis pies.—¿Son los zapatos de último modelo de Fabián Look? —preguntó, subiendo la vista lentamente hasta encontrarse con la mía.—No sé de qué habla. —Intenté disimular, recordando de repente que llevaba puestos unos zapatos de diseñador.—Mi esposa ama al diseñador, y no quedaban más en la tienda. ¿Cómo pudo costearlos? —dijo frunciendo el ceño, claramente intrigado.Recogí los hombros sin saber qué responder, pero una idea desesperada cruzó mi mente.—Hagamos algo: se los doy. ¡Sí! Se los daré y con eso, pago las noches que debo. ¿Podrá iniciar el tratamiento? —pregunté, aferrándome a la posibilidad de que aceptara el intercambio.—Realmente parece un buen trato. —Accedió, para mi alivio. —Si es así, puedo comenzar el tratamiento mañana. No se preocupe por los gastos anteriores, ya
Narra: Damond (Luis)No podía creerle su excusa. Los zapatos de Fabián Look son famosos por su calidad; correr no los habría dañado. Cerré la puerta tras de mí, dejando a Cristofer encargado de vigilarla. Mi desconfianza hacia Elena había crecido en estos pocos días, pero eso no significaba que no me preocupara por su bienestar.—Señor Damond… traje estos papeles que debe firmar. —Una de mis secretarias dejó un documento en mi escritorio. Lo firmé casi automáticamente, volviendo luego a mirar por la ventana. Esta semana había sido agotadora. Apenas podía asimilar que ahora estaba casado. Pero esto era solo el principio: destruir a la familia Kepler seguía siendo mi objetivo principal.Cristofer entró a mi oficina con unos papeles en la mano.—Señor, aquí tiene lo que me pidió sobre Elena. —Comenzó a explicar mientras desplegaba un grupo de hojas. —Ella creció humildemente en un pequeño pueblo fuera de la ciudad. Parece que su madre tuvo una relación con Miller antes de que conociera a
Narra: Elena—¡Victoria! —exclamó mi padre, poniéndose de pie de un salto.Pero ella lo ignoró por completo, avanzando hacia mí con el fuego de la ira ardiendo en sus ojos.—¡No vuelvas a dirigirte a mí como si estuvieras por encima de mi lugar, niña ingrata! —espetó, su voz cargada de veneno mientras me señalaba con un dedo tembloroso—. ¡Te he dado todo lo que tienes! Convencí a tu padre de concederte algo cuando no lo merecías, lo persuadí para que ayudara a tu madre, y este es el agradecimiento que recibo.Respiré hondo, luchando por contener el temblor en mi voz y el odio que me recorría las venas como un veneno corrosivo. Me enderecé con dignidad, ignorando el ardor punzante en mi mejilla, y sostuve su mirada con firmeza.—¿Todo lo que tengo? —repetí con una risa amarga, cada palabra impregnada de desprecio—. Lo único que poseo gracias a ti es una vida arruinada y una deuda que acepté con la promesa de que sería saldada si me casaba con Luis. Pero escucha bien, Victoria, esto no
—Madre, ¿cómo te sientes? —le pregunté mientras sostenía su frágil mano en la fría habitación del hospital. Esa noche, mi mundo se desplomó por completo. La encontré tirada en el suelo al regresar del trabajo; su cuerpo inmóvil y su rostro lleno de angustia.—Sí, estoy bien. Estaré bien —respondió con voz suave, intentando calmar mi evidente preocupación, aunque ambas sabíamos que esa esperanza era frágil. —El doctor vendrá a decirnos que podremos irnos.Como si sus palabras hubieran invocado al destino, el doctor apareció en la sala. Su expresión apagada era una advertencia silenciosa; no traía buenas noticias. Pero me aferré a una débil esperanza.—¿Todo bien? ¿Podremos irnos? —pregunté con ansiedad. Él me observó y, esforzándose por mostrar empatía, trató de esbozar una sonrisa reconfortante.—Quisiera darles buenas noticias, pero tu madre sufrió un derrame… Es por eso que no puede mover una parte de su cuerpo. Necesitará terapia.Sentí un atisbo de alivio; una terapia parecía mane
Narra: Elena—¡Diego! Ella no es tu responsabilidad —bramó Victoria, conteniendo a duras penas la furia que se reflejaba en su mirada.Bajé la vista al suelo. No valía la pena insistir. Sabía que no lograría nada. Nadie en esa casa me prestaría ni un centavo.—Prometo hacerlo. —Mi voz sonó apagada, casi suplicante, un intento desesperado por despertar alguna chispa de compasión en Victoria, mi madrastra.De pronto, apareció la última persona que quería ver en ese momento.—¿Es mi fea hermana? —preguntó Isabela con su tono mordaz. Sus ojos me recorrieron con esa mezcla de desdén y burla que le era tan característica. —Ah, ya veo que sí. ¿Qué quiere?—Ah, le pide plata a tu padre, para su madre —intervino Victoria, dejando caer las palabras con toda la intención de humillarme.Isabela estalló en una carcajada que resonó en la habitación, fría y cruel.—Ja, ja, ja… Yo te tengo una solución, te daremos el dinero —dijo, con una sonrisa que no auguraba nada bueno. —Pero, a cambio, debes cas