El zumbido insistente del teléfono perforó el silencio de la madrugada. Dante abrió los ojos de golpe, y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se incorporó con un gruñido bajo y deslizó una mano sobre su rostro, tratando de ahuyentar el peso del cansancio. Apenas había logrado cerrar los ojos, con la imagen de Svetlana todavía quemándole el pensamiento.Tomó el móvil de la mesita de noche y contestó en voz baja.—¿Qué pasa?—Es Adriano, jefe —respondió la voz firme de su hombre de confianza en Milán—. Tenemos un problema.Dante se puso de pie de inmediato, con un mal presentimiento tensándole la espalda. Se dirigió a la ventana, donde la oscuridad aún envolvía la finca.—Habla.—Franco Moretti fue ejecutado hace dos horas.El aire se espesó en su garganta.Moretti no era solo un aliado; era el puente entre los Bellandi y los De Luca, el hombre que aseguraba que la tregua en Milán, con la Camorra no se convirtiera en un baño de sangre, y además, era el hermano de Fabio. Su muerte no e
El rugido del jet privado cortaba el cielo con la misma precisión con la que un bisturí disecciona la carne. La cabina estaba sumida en una tensa calma, solo interrumpida por el murmullo de los motores y el tenue tintineo de los vasos de cristal cuando alguno de los hombres movía la muñeca con impaciencia.Dante estaba sentado junto a la ventanilla, una copa de whisky en la mano y la mirada fija en el vacío. A lo lejos, las luces de la ciudad parecían un enjambre de luciérnagas atrapadas en la negrura de la madrugada, pero él no las veía realmente. Su mente estaba en otra parte.Svetlana.Desde la noche del baile, desde la forma en la que sus cuerpos se habían entrelazado con una sincronía que iba más allá del movimiento, no había podido sacársela de la cabeza. Había algo en ella que lo desarmaba. No eran solo su fragilidad ni su evidente vulnerabilidad, sino la manera en la que, sin proponérselo, se estaba filtrando en cada grieta de su existencia.Nunca se había permitido pensar en u
La nieve caía lenta y silenciosa sobre Moscú, cubriendo las calles de un manto blanco y traicionero. El aire estaba impregnado del aroma a humedad, tabaco y gasolina, y la neblina era densa. Alexei Ivanov apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo negro mientras caminaba hacia el muelle abandonado donde le habían citado.El hielo crujió bajo sus zapatos cuando se detuvo frente a la figura que lo esperaba en las sombras. El viento silbaba entre los contenedores de carga, arrastrando consigo un eco lejano de sirenas y el murmullo de la ciudad que nunca dormía.—Una semana —su voz se quebró apenas, pero su mandíbula tensa y la sombra en su mirada dejaban claro que la desesperación lo estaba devorando desde dentro—. Han pasado siete días y no hay rastro de mi hija.El hombre frente a él no respondió de inmediato. Estaba envuelto en un abrigo largo, las manos enguantadas descansando sobre el bastón que sostenía con la elegancia de alguien que no necesita demostrar su poder. Su r
El rugido bajo y constante de los motores envolvía la cabina del jet privado mientras surcaban el cielo de regreso a Aspromonte. Dante estaba recostado en su asiento de cuero negro, con los codos apoyados en los reposabrazos y los dedos entrelazados frente a su boca. La tensión se aferraba a sus hombros como una losa, y aunque mantenía la mirada fija en la ventanilla, no veía nada en realidad.Había querido volver al día siguiente, pero los asuntos pendientes lo obligaron a permanecer en Milán más de lo previsto. Días interminables en los que apenas tuvo un respiro, donde cada hora estaba marcada por la tensión y el peso de decisiones que no podían postergarse. No hubo tiempo para extrañar a Svetlana… o al menos eso intentó convencerse. Sin embargo, cada madrugada, en esos breves instantes antes de caer rendido por el agotamiento, su recuerdo lo asaltaba con una fuerza inesperada.Milán le había dejado un sabor amargo. No había conseguido descansar ni un segundo, y la responsabilidad
4 días atrás...Svetlana forcejeó con todas sus fuerzas, retorciendo los brazos, intentando zafarse del agarre de aquel hombre que la arrastraba como si fuera un saco de carne. La indignación hervía en su pecho, cada latido era un golpe de rabia que la impulsaba a seguir resistiéndose. No era justo. No era justo que la castigaran cuando lo único que había hecho era defenderse.—¡Suéltame, maldito imbécil! —gruñó, clavando las uñas en la muñeca de su captor.Él ni siquiera se inmutó. Con una facilidad humillante, la tomó por la cintura y la levantó del suelo. Sus pies patearon el aire mientras la cargaba sin esfuerzo por aquel pasillo sombrío.El camino hacia las mazmorras se alargó en una tortura silenciosa. Cada paso retumbaba en las paredes de piedra, el eco seco de las botas de aquel hombre era un presagio funesto. Un sudor frío le recorrió la nuca. ¿A qué se enfrentaría ahí abajo?Un escalofrío le recorrió la columna cuando descendieron los últimos escalones y la humedad la envolv
Lo primero que hizo Dante al despertar fue dar la orden de que sacaran a todos de las mazmorras. Luego de ver a Svetlana en esas condiciones, no creyó sensato seguir manteniendo a Olivia y a Enzo en esas condiciones. Unas semana ya era suficiente para un escarmiento. Fiorella era otro caso, pues con esta última tenía un asunto pendiente.—Tráiganla ante mí —ordenó con voz firme mientras se acomodaba en su despacho, con los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados.Su cabeza aún palpitaba con el peso de todo lo ocurrido. La imagen de Svetlana, rota y vulnerable en sus brazos, le perseguía con una insistencia insoportable.Cuando la puerta se abrió y Fiorella hizo acto de presencia, ya estaba bañada y vestida, pulcra, como si nada hubiera sucedido. Se detuvo a unos pasos de su escritorio e inclinó levemente la cabeza en un gesto de respeto, pero sus ojos destilaban altivez.Dante no perdió el tiempo.—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó sin rodeos, su voz como un látigo en el aire.F
La tarde había transcurrido como una batalla silenciosa, y desde que Svetlana huyó de él, Dante intentó distraerse sumergiéndose en sus asuntos, enfocándose en la construcción del teatro, en revisar cada detalle, en asegurarse de que todo estuviera en orden.Pero su mente no se quedaba quieta.No importaba cuánto intentara concentrarse, ella estaba en todas partes.En el roce del viento frío sobre su piel, recordándole la suavidad de su cuerpo.En el sonido de las herramientas resonando en el lugar, como un eco de su propia ansiedad contenida.En el ardor de su propia sangre, exigiendo algo que no debía desear.Y Svetlana no estaba en mejor estado.Había intentado perderse entre las páginas de sus libros, refugiándose en las historias de amor que tanto adoraba.Pero cada frase, cada escena, cada beso descrito en aquellas novelas románticas la arrastraban de vuelta a él.A su mirada intensa.A la sensación de su aliento sobre su piel cuando la tenía cerca.A ese beso que aún ardía en s
Svetlana despertó con una sensación extrañamente reconfortante. Por primera vez en días, su cuerpo se sentía descansado. Había dormido profundamente, sin pesadillas, sin sobresaltos. Solo calor. Solo la firmeza de un pecho masculino bajo su mejilla, el latido constante que la había arrullado hasta el sueño.Dante.Su respiración pausada le indicó que él aún dormía. Se veía distinto así, relajado, sin la dureza de sus facciones, sin la sombra del peligro latente en su mirada.Parecía otro hombre. Uno más humano. Uno que, si no lo conociera, podría imaginarse como alguien ajeno a todo ese mundo criminal.Pero sí lo conocía.Y por eso no sabía si la admiración que sentía en ese momento era genuina… o si era puro miedo disfrazado de otra cosa.Porque Dante Bellandi era un hombre peligroso.Y, sin embargo… No quería alejarse.Pero también… no podía quedarse.Confundida, Svetlana se deslizó fuera de la cama con cautela, asegurándose de no despertarlo.Él gruñó en sueños y se removió un poco