El sonido de la puerta abriéndose de golpe hizo que Svetlana saltara en la cama, su corazón dio un brinco dentro de su pecho. Apenas había logrado dormir un par de horas, sumida en pensamientos confusos y emociones que no lograba descifrar.—¡De pie, niña! —La voz de Giulia resonó con autoridad, arrancándola del letargo.Svetlana parpadeó, tratando de despejar la neblina del sueño. Frente a ella, Giulia la observaba con impaciencia, los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido. Detrás de la mujer, dos jóvenes aguardaban en silencio, con prendas de ropa en las manos.—¿Qué…? —Intentó preguntar, pero antes de que pudiera completar la frase, las dos muchachas se acercaron y comenzaron a tirar de las mantas, forzándola a salir de la cama.—Muévete, el tiempo apremia —dijo Giulia con voz firme.Svetlana se tambaleó al ponerse de pie, aún atrapada entre la somnolencia y la confusión. Las chicas la rodearon con destreza, ayudándola a despojarse de su camisón y vistiéndola con rapidez
Dante observaba el espacio con una mirada penetrante. Sabía que la construcción del teatro llevaría mucho tiempo y una idea le vino de manera inesperada, casi como una solución temporal. ¿Por qué no hacerle un espacio provisional a Svetlana? Un lugar donde pudiera bailar. Donde pudiera practicar sus rutinas. Un espacio donde pudiera observarla sin que nadie más la interrumpiera.De un momento a otro, lo vio claro.—Limpien este lugar —dijo de manera firme, como si ya supiera lo que quería. El tono de su voz fue autoritario, pero algo en su interior parecía moverse con una intensidad diferente, algo más personal.Los trabajadores se pusieron en marcha, sin cuestionar sus palabras. No necesitaban más instrucciones.—Espejos —ordenó él, y el sonido de las herramientas comenzaron a resonar en el salón vacío era como música en sus oídos. —Que cubran cada pared. Piso de madera. Iluminación suave, pero que resalte cada movimiento.Eran parte de los materiales del teatro, pero ya se encargaría
El zumbido insistente del teléfono perforó el silencio de la madrugada. Dante abrió los ojos de golpe, y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se incorporó con un gruñido bajo y deslizó una mano sobre su rostro, tratando de ahuyentar el peso del cansancio. Apenas había logrado cerrar los ojos, con la imagen de Svetlana todavía quemándole el pensamiento.Tomó el móvil de la mesita de noche y contestó en voz baja.—¿Qué pasa?—Es Adriano, jefe —respondió la voz firme de su hombre de confianza en Milán—. Tenemos un problema.Dante se puso de pie de inmediato, con un mal presentimiento tensándole la espalda. Se dirigió a la ventana, donde la oscuridad aún envolvía la finca.—Habla.—Franco Moretti fue ejecutado hace dos horas.El aire se espesó en su garganta.Moretti no era solo un aliado; era el puente entre los Bellandi y los De Luca, el hombre que aseguraba que la tregua en Milán, con la Camorra no se convirtiera en un baño de sangre, y además, era el hermano de Fabio. Su muerte no e
El rugido del jet privado cortaba el cielo con la misma precisión con la que un bisturí disecciona la carne. La cabina estaba sumida en una tensa calma, solo interrumpida por el murmullo de los motores y el tenue tintineo de los vasos de cristal cuando alguno de los hombres movía la muñeca con impaciencia.Dante estaba sentado junto a la ventanilla, una copa de whisky en la mano y la mirada fija en el vacío. A lo lejos, las luces de la ciudad parecían un enjambre de luciérnagas atrapadas en la negrura de la madrugada, pero él no las veía realmente. Su mente estaba en otra parte.Svetlana.Desde la noche del baile, desde la forma en la que sus cuerpos se habían entrelazado con una sincronía que iba más allá del movimiento, no había podido sacársela de la cabeza. Había algo en ella que lo desarmaba. No eran solo su fragilidad ni su evidente vulnerabilidad, sino la manera en la que, sin proponérselo, se estaba filtrando en cada grieta de su existencia.Nunca se había permitido pensar en u
La nieve caía lenta y silenciosa sobre Moscú, cubriendo las calles de un manto blanco y traicionero. El aire estaba impregnado del aroma a humedad, tabaco y gasolina, y la neblina era densa. Alexei Ivanov apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo negro mientras caminaba hacia el muelle abandonado donde le habían citado.El hielo crujió bajo sus zapatos cuando se detuvo frente a la figura que lo esperaba en las sombras. El viento silbaba entre los contenedores de carga, arrastrando consigo un eco lejano de sirenas y el murmullo de la ciudad que nunca dormía.—Una semana —su voz se quebró apenas, pero su mandíbula tensa y la sombra en su mirada dejaban claro que la desesperación lo estaba devorando desde dentro—. Han pasado siete días y no hay rastro de mi hija.El hombre frente a él no respondió de inmediato. Estaba envuelto en un abrigo largo, las manos enguantadas descansando sobre el bastón que sostenía con la elegancia de alguien que no necesita demostrar su poder. Su r
El rugido bajo y constante de los motores envolvía la cabina del jet privado mientras surcaban el cielo de regreso a Aspromonte. Dante estaba recostado en su asiento de cuero negro, con los codos apoyados en los reposabrazos y los dedos entrelazados frente a su boca. La tensión se aferraba a sus hombros como una losa, y aunque mantenía la mirada fija en la ventanilla, no veía nada en realidad.Había querido volver al día siguiente, pero los asuntos pendientes lo obligaron a permanecer en Milán más de lo previsto. Días interminables en los que apenas tuvo un respiro, donde cada hora estaba marcada por la tensión y el peso de decisiones que no podían postergarse. No hubo tiempo para extrañar a Svetlana… o al menos eso intentó convencerse. Sin embargo, cada madrugada, en esos breves instantes antes de caer rendido por el agotamiento, su recuerdo lo asaltaba con una fuerza inesperada.Milán le había dejado un sabor amargo. No había conseguido descansar ni un segundo, y la responsabilidad
4 días atrás...Svetlana forcejeó con todas sus fuerzas, retorciendo los brazos, intentando zafarse del agarre de aquel hombre que la arrastraba como si fuera un saco de carne. La indignación hervía en su pecho, cada latido era un golpe de rabia que la impulsaba a seguir resistiéndose. No era justo. No era justo que la castigaran cuando lo único que había hecho era defenderse.—¡Suéltame, maldito imbécil! —gruñó, clavando las uñas en la muñeca de su captor.Él ni siquiera se inmutó. Con una facilidad humillante, la tomó por la cintura y la levantó del suelo. Sus pies patearon el aire mientras la cargaba sin esfuerzo por aquel pasillo sombrío.El camino hacia las mazmorras se alargó en una tortura silenciosa. Cada paso retumbaba en las paredes de piedra, el eco seco de las botas de aquel hombre era un presagio funesto. Un sudor frío le recorrió la nuca. ¿A qué se enfrentaría ahí abajo?Un escalofrío le recorrió la columna cuando descendieron los últimos escalones y la humedad la envolv
Lo primero que hizo Dante al despertar fue dar la orden de que sacaran a todos de las mazmorras. Luego de ver a Svetlana en esas condiciones, no creyó sensato seguir manteniendo a Olivia y a Enzo en esas condiciones. Unas semana ya era suficiente para un escarmiento. Fiorella era otro caso, pues con esta última tenía un asunto pendiente.—Tráiganla ante mí —ordenó con voz firme mientras se acomodaba en su despacho, con los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados.Su cabeza aún palpitaba con el peso de todo lo ocurrido. La imagen de Svetlana, rota y vulnerable en sus brazos, le perseguía con una insistencia insoportable.Cuando la puerta se abrió y Fiorella hizo acto de presencia, ya estaba bañada y vestida, pulcra, como si nada hubiera sucedido. Se detuvo a unos pasos de su escritorio e inclinó levemente la cabeza en un gesto de respeto, pero sus ojos destilaban altivez.Dante no perdió el tiempo.—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó sin rodeos, su voz como un látigo en el aire.F