Sin respuesta

Ariadna despertó bastante tempano esa mañana, el silencio de la casa envolviéndola como una manta demasiado pesada.

Era temprano, el reloj marcando apenas las siete, y lo primero que hizo fue estirar la mano hacia el teléfono en la mesita de noche. La pantalla estaba vacía de notificaciones, ningún mensaje, ninguna llamada. El texto que le había enviado a Víctor la noche anterior seguía sin respuesta, y un nudo se le formó en el estómago mientras lo miraba. Quería pensar que ese no era su número, que su amiga se había equivocado, pero en el fondo sabía la verdad: quizás él no quería saber nada de ella.

Se levantó de la cama, el frío del suelo de madera calándole los pies descalzos, y caminó al baño con pasos lentos, casi mecánicos. Cerró la puerta tras de sí, el clic del pestillo resonando en el silencio, y se sentó en el borde de la tina vacía. Las lágrimas llegaron sin aviso, un torrente silencioso que le quemó los ojos mientras se rodeaba el pecho con los brazos, como si pudiera co
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