El despertador sonó a las seis de la mañana, un pitido insistente que arrancó a Ariadna de un sueño ligero.La casa, una construcción más grande de paredes blancas cerca del campus de la Universidad de Alicante, estaba en silencio a esas horas, pero a lo lejos se podía escuchar vagamente el sonido de las olas.Habían pasado casi dos años desde que dejó Londres, emprendió su camino y empezó a vivir su vida bajo sus propias decisiones, y ahora, en octubre de 2027, estaba en su primer año de medicina, persiguiendo una pasión a la que se había aferrado en las noches de insomnio cuidando a sus hijos. Se levantó de la cama, el cuerpo protestando por las pocas horas de sueño, y se pasó las manos por el cabello rojizo antes de dirigirse al cuarto de Eric y Marc.Los gemelos ya estaban despiertos, sus voces pequeñas llenando la habitación con risas y balbuceos. Marc, con su cabello rojo brillante, estaba de pie en la cuna, sacudiendo un osito de peluche, mientras Eric intentaba trepar por los
El aroma a tomate y queso fundido llenaba la cocina, un espacio amplio con azulejos blancos y una ventana que dejaba entrar la luz de la mañana. Ariadna estaba junto a la encimera, las manos cubiertas de harina mientras extendía una capa de pasta sobre un molde. Era el cumpleaños de Camila, y ella y Ricardo habían decidido hacerle una lasaña, su plato favorito.Ricardo, a su lado, revolvía la salsa boloñesa con una cuchara de madera, el vapor subiéndole al rostro mientras tarareaba una melodía suave.—No te olvides del queso, Ari —dijo, girándose con una sonrisa mientras ajustaba el fuego—. Tu madre siempre dice que la lasaña no es lasaña sin una montaña de mozzarella. Es muy exigente con eso.Ariadna rio, sacudiendo la cabeza mientras esparcía una capa generosa sobre la pasta.—No se preocupe, chef Ricardo —respondió, su voz ligera mientras le pasaba el molde—. Esto será una obra maestra.Eric y Marc, correteaban por la sala, sus risas resonando mientras jugaban con bloques de madera
Valtris estaba envuelta en un caos de luces y alegría desbordante, las calles iluminadas con guirnaldas parpadeantes y el aire cargado del aroma a castañas asadas. Era mediados de diciembre y Maximiliano estaba en casa.La Navidad se acercaba, y esa mañana había decidido que iría a España a buscar a Eric y Marc para pasar las fiestas con él. Tenía planeado ir el día anterior, pero por una complicación tuvo que cambiar de planes.Caminó hacia la cocina donde Leticia fregaba platos con una eficiencia silenciosa.—Leticia —dijo, su voz grave cortando el sonido del agua—, organiza la habitación de los niños, por favor. Iré a buscarlos esta mañana donde Ariadna. Quiero que todo esté listo para cuando lleguemos.Ella asintió, secándose las manos en un delantal azul antes de responder.—Claro, señor. Pondré sábanas nuevas y sacaré los juguetes del armario. ¿Algo más?Maximiliano negó con la cabeza, una sonrisa tensa cruzándole el rostro.—Con eso está bien. Gracias.Salió del apartamento con
Se notaba el espíritu navideño, las calles de Alicante llenas de transeúntes con bolsas y risas que resonaban entre los puestos de adornos.Ariadna caminaba junto a Camila, su madre, el aire fresco de diciembre rozándole las mejillas mientras empujaba un carrito vacío que pronto llenarían de compras. Era una mañana tranquila sin los niños, que estaban con Maximiliano en Valtris, y habían decidido aprovechar el día para preparar la Navidad. Camila, con un abrigo gris y una bufanda roja, señaló una tienda al otro lado de la calle, los ojos brillándole con entusiasmo.—Vamos ahí, Ari —dijo, su voz cálida mientras ajustaba la bufanda—. Tienen vestidos preciosos, y te mereces algo especial para la cena.Ariadna sonrió, asintiendo mientras cruzaban la calle, el bullicio de la ciudad envolviéndolas como un abrazo. Entraron a la tienda, un espacio acogedor con paredes blancas y perchas llenas de ropa festiva. Mientras Camila revisaba bufandas, Ariadna se acercó a un perchero al fondo, sus ded
La puerta del apartamento se cerró con un leve clic. Víctor dejó las llaves en la mesita de la entrada, se deshizo del abrigo con un suspiro y alzó la mirada hacia el pasillo en penumbra. Darcy apretaba su mano con fuerza, arrastrando una pequeña maleta de ruedas con dibujos de ositos.Llevaban más de quince horas en movimiento, entre retrasos, escalas y un vuelo largo desde Washington. A pesar del cansancio, la niña seguía firme a su lado, con esa energía que solo los niños parecen tener a cualquier hora del día o de la noche.—¿Vamos a dormir aquí esta noche, papá? —preguntó con su vocecita dulce y un dejo de ilusión.—Sí, princesa —respondió él, con una sonrisa cansada—. Mañana empezamos nuestras vacaciones de Navidad. Madrid nos espera con luces, chocolate caliente y un árbol gigante que tenemos que decorar.Darcy sonrió ampliamente, revelando los pequeños huecos entre sus dientes de leche. Víctor apagó las luces del pasillo, encendió la lámpara de noche en su habitación y la leva
Ariadna despertó bastante tempano esa mañana, el silencio de la casa envolviéndola como una manta demasiado pesada.Era temprano, el reloj marcando apenas las siete, y lo primero que hizo fue estirar la mano hacia el teléfono en la mesita de noche. La pantalla estaba vacía de notificaciones, ningún mensaje, ninguna llamada. El texto que le había enviado a Víctor la noche anterior seguía sin respuesta, y un nudo se le formó en el estómago mientras lo miraba. Quería pensar que ese no era su número, que su amiga se había equivocado, pero en el fondo sabía la verdad: quizás él no quería saber nada de ella.Se levantó de la cama, el frío del suelo de madera calándole los pies descalzos, y caminó al baño con pasos lentos, casi mecánicos. Cerró la puerta tras de sí, el clic del pestillo resonando en el silencio, y se sentó en el borde de la tina vacía. Las lágrimas llegaron sin aviso, un torrente silencioso que le quemó los ojos mientras se rodeaba el pecho con los brazos, como si pudiera co
La noche había sido muy dura, pero Ariadna veía un nuevo día, sin lágrimas.Ella salió de casa esa mañana con una decisión clara en la mente: necesitaba un cambio. El sol de diciembre brillaba tenue sobre Alicante, las calles aún decoradas con luces navideñas que parpadeaban en la brisa fresca. Su cabello rojizo, largo hasta la cintura, se enredaba con el viento mientras caminaba hacia la peluquería del barrio, un lugar pequeño con un cartel azul y un aroma a champú que la recibió al entrar. La estilista, una mujer de sonrisa amplia llamada Marta, la saludó con un gesto animado.—¿Qué hacemos hoy, guapa? —preguntó, girando la silla para que Ariadna se sentara.Ella se miró en el espejo, los mechones cayendo como una cortina pesada, y respiró hondo.—Quiero cortarlo —dijo, eso era lo que tenía en mente—. Hasta los hombros. Algo diferente.Marta alzó las cejas, asintiendo con aprobación.—Te va a quedar genial —respondió, tomando las tijeras con un brillo en los ojos—. Vamos allá.El so
Víctor estaba sentado en el borde de su cama, la lámpara de la mesita proyectando una luz tenue sobre las paredes blancas de su apartamento en Madrid.Darcy llevaba un par de horas dormida, su respiración suave filtrándose desde la habitación contigua, un sonido que normalmente lo calmaba pero que esa noche apenas alcanzaba a atravesar el torbellino en su mente.Desde que vio el mensaje de Ariadna en su teléfono, no había podido sacarla de la cabeza. "Soy Ariadna. Este es mi número", había escrito ella, y esas palabras simples lo habían arrastrado a un remolino de recuerdos y dudas que creía haber dejado atrás.Eran las once y pico de la noche, el reloj marcando las 11:50 cuando finalmente se decidió a responder. Había dudado durante horas, los dedos temblándole sobre el teclado mientras redactaba y borraba frases. Pensaba que era demasiado tarde, que ella estaría dormida, pero la necesidad de conectar, de cerrar la distancia que los años habían abierto, lo empujó a enviar algo sencil