Prefacio
... Hoy era el día en que finalmente se uniría con su mate frente a toda la manada. Después de todo su sufrimiento, por fin sería su Luna, la Luna de todos aquellos que la habían mirado con desprecio y desdén. Sonrió mientras volvía a acomodarse el vestido blanco, el cual era sencillo y humilde, tal y como su rol debía de ser. Una madre para la manada, pura y limpia de malos sentimientos. La noche comenzaba a caer, sentía los nervios recorrerle desde la punta de los pies al estómago, su corazón latía agitado por la emoción. Escuchó bullicio afuera de la cabaña, la mayoría se dirigía al templo de celebraciones. Ahí tendría lugar el día más importante de toda su vida, el día por el que había valido la pena no ceder a sus pensamientos deprimentes y dejarse caer al vacío. Terminó de arreglarse hasta que sonaron los tambores que anunciaban el comienzo del espectáculo. Suspiró, lista para salir de su escondite y unirse a la celebración. Su mano tomó la perilla, casi preparada para girarla y enfrentarse a su destino... Pero de pronto todo su mundo se vino abajo. La sonrisa nerviosa que tenía se convirtió en un grito ahogado, algo iba muy mal... Le llevo unos segundos comprender a qué se debía. Y cuando lo entendió, se quedó sin aire. Era imposible... Porque aquello que sentía era debido a... No. «¡NO!», gritó por dentro. —¡Mi mate me está siendo infiel! —exclamó Dayleen con el alma desgarrada. Saber que él se estaba acostando con otra mujer la lastimó físicamente. Solo hacía dos noches le había dado su virginidad, se había entregado a él... Había confiado en sus promesas, en sus hermosas palabras llenas de amor. Había desnudado más que su cuerpo, le había mostrado su alma. Todo lo que era: sus miedos, su sufrimiento, sus recuerdos más preciados. Todo se lo había entregado. Cayó de rodillas en la tierra, sin poder dar crédito a lo que estaba sintiendo. El lazo que los unía se quemó y su cuerpo entero entró en combustión, la cegó una llamarada roja que ardió detrás de sus párpados. Literalmente se estaba quemando en medio de una tormenta de fuego, pero su mate... Oh Diosa, su mate estaba en los brazos de otra mujer haciéndole lo que hace unos días le hacía a ella. A él no le importó saber que le haría daño con su traición, y sollozó sonoramente con el corazón hecho pedazos. Ahora las palabras de su madre cobraban sentido, cuando le advirtió que aquello podía ser tan mágico como maquiavélico. Maravilloso y destructivo a la vez; podía darte vida, pero también quitártela. Sus lágrimas ardieron al bajar por sus mejillas, lo que sentía físicamente no se comparaba con el dolor interno, el de su alma. Pasaron minutos u horas cuando pensó que el dolor terminaría. Desconocía el paso del tiempo mientras esperaba que su tormento diera fin, solo podía sentir y rogar que aquello terminase de una buena vez. Pero se equivocó, ese no era el final, su mate todavía tenía una estocada certera con la que quebrantar su espíritu. Fue entonces que explotó su interior como una supernova: porque su alma gemela acababa de sembrar su semilla en otra mujer. El hilo mágico de su unión ardió en lo más profundo de ella, castigándola en lugar de a su mate. Como si la hubieran lanzado a un pozo de lava, un fuego líquido la consumió. Las lágrimas se tornaron rojas, era el color de la traición. Le quemaron la piel de sus mejillas, y su propia saliva le quemó la garganta. Su cuerpo se quemó en carne viva, lanzó un grito agudo y feroz que hizo temblar el suelo mismo, pero la celebración de afuera apagó cualquier rastro de que dentro de la cabaña ella agonizaba lenta y dolorosamente. ¿Por qué ella tenía que sufrir las consecuencias, pero él podía hacerle tanto daño sin sufrir por eso? Lo odió. En ese momento, todo el amor que sentía por su mate se convirtió en un odio voraz y latente que casi podía tocar. Una palabra se repitió una y otra vez en su mente, algo que jamás hubiera imaginado un par de meses atrás. «Venganza». Por primera vez en sus veinte años, sus ojos brillaron cuando su loba despertó por completo. Sintió que sus extremidades se llenaban de una fuerza que nunca le había pertenecido, una fuerza tan cercana pero a la vez lejana, una que nunca fue capaz de poseer. Hasta ese día. Su loba había permanecido dormida durante años, incluso cuando sufrió el maltrato de la manada, de su propio padre o hermanos, se quedó escondida... igual de temerosa y cobarde que ella. Ambas eran tal para cual, carecían de valor para defenderse. Solo sabían agachar la cabeza. Aulló dolorosamente al darse cuenta de que su alma gemela las estaba traicionando. «¡Está con otra mujer! ¡Matar, matarlos a los dos», ordenó. Tembló al sentir el poder de su convicción, su sed de sangre y venganza era equiparable al de Dayleen. —¿Por qué... por qué hasta ahora? —preguntó con la voz cargada de resentimiento—. Te necesité todo mi vida y tú solo me diste la espalda. «¡No podía! Hay mucho que tengo que decirte... Tantos secretos que desconoces. Pero te prometo algo: jamás volverás a estar sola. Nunca volveré a dejarte sola. ¿Estás conmigo?» No tenía otra opción. Por más que quisiera tenerle rabia, sabía que la necesitaba, ahora más que antes. Así que tuvo que tragarse su rencor por su propio bien, y aceptó. Ojalá hubiera sabido hace un par de meses que el bonito cuento de hadas que se le presentó como una bendición, se convertiría en una pesadilla salida del averno. Toda historia tenía su final, pero definitivamente ese no sería el suyo. «Este es mi comienzo, renaceré de las cenizas en las que me sepultaste, querido compañero», pensó llena de sarcasmo. Se levantó del suelo aún temblando, pero decidida. No vendría nadie a su rescate, porque ella sola empuñaria la espada.-Meses atrás... - Dayleen sabía que ser parte de la manada FUEGO INDÓMITO era un modo de asegurar su supervivencia ante ese mundo moderno que se había formado luego de que la tierra había sido testigo de una de las guerras entre razas más sangrientas de la historia. Pero saberlo y hacerlo eran cosas muy distintas, no conseguía dar resultados y pronto sería expulsada de la manada. Miró sus manos con impotencia. Eran totalmente inútiles. —Aunque las mires durante diez horas seguidas, seguirán sin ser capaces de controlar el elemento, Dayleen —le había dicho su madre por décima vez. Frunció el ceño sin comprender sus palabras. —Deberías apoyarme, no desalentarme —refunfuño—. Cuando veas a tu hija ser parte de la servidumbre de la manada desearás haberme motivado más. Eryn la observó con una expresión de tristeza. —Lo siento, cariño. Pero la sacerdotisa nos lo dijo a tu padre y a mi desde que naciste, que no posees ni un poco de la chispa del fuego, tal vez siendo guerrera
Dayleen se miró en el espejo, ajustándose el vestido blanco que su madre le había preparado para el ritual de graduación.Era un día importante para ella y para los demás jóvenes de la manada, así que quería sentirse especial. Pero su mirada se desvió hacia el lunar plateado en su hombro, y se sintió un poco incómoda.Las dudas no habían podido dejarla en paz. ¿Qué significaba ese lunar? ¿Por qué había aparecido de repente? Quizás era una enfermedad que recién iniciaba.Su madre la llamó desde fuera de la habitación, recordándole que era hora de ir a las aguas termales con las demás chicas.Solto un suspiro cargado de nervios.Era una tradición que las madres llevaran a sus hijas a bañarse en las aguas termales de la manada antes del ritual de graduación. Por lo que tenía sentido que Dayleen se pusiera un poco nerviosa, sabía que las demás chicas venían de familias más ricas y tradicionales.Se suponía que debía vestirse con ropa tradicional que hubieran heredado las mujeres de su fam
Dos meses habían pasado desde la graduación, y Dayleen y Sebastián habían estado pasando cada vez más tiempo juntos. Habían ido de caza, explorado el bosque e incluso habían tenido algunas sesiones de entrenamiento intensas. Dayleen había empezado a sentirse más cómoda en su presencia, y Sebastián parecía disfrutar de su compañía. ¡La compañía de una simple Omega! Un día, mientras paseaban por el bosque, Dayleen le preguntó sobre su pasado. Quería hacerlo dede el comienzo pero le daba miedo arruinar lo que tenían si indagaba más allá. —¿Qué pasó entre tú y mi prima, Aria? —preguntó, mirándolo con curiosidad. —Nuestros padres no aprobaron la relación —confesó Sebastián, suspirando—. Aria ya estaba comprometida con otro lobo desde su nacimiento, y mis padres querían que yo me casara con alguien de una manada aliada para fortalecer nuestras alianzas. Después de todo, era mi deber volver a la manada más fuerte y hacer mi Luna a una mujer sin poder político era inconcebible. —¿Y tú
- Presente -Dayleen sintió el peso del destino caer sobre sus hombros cuando cruzó las puertas de la cabaña que antes había compartido con Sebastián. Su corazón latía con fuerza, anticipando el dolor que se avecinaba, pero listo para enfrentarlo. La conexión de su vínculo la había alertado, aunque su mente se negaba a creerlo hasta no verlo con sus propios ojos.Necesitaba asegurarse.El olor dulce del sexo estaba por todas partes, mezclado con el aroma de Sebastián. Dayleen se detuvo, su pecho subiendo y bajando frenéticamente mientras su mirada se clavaba en la puerta entreabierta del dormitorio. No necesitaba abrirla para saber lo que ocurría al otro lado, pero su instinto la empujó hacia adelante.Cuando empujó la puerta, la escena frente a ella la golpeó como una daga al corazón. Sebastián estaba sobre Aria, sus cuerpos entrelazados de una manera que no dejaba lugar a dudas que él le hacía el amor.El gruñido de su loba resonó en su mente, furiosa, herida.—¿Sebastián? —Su voz t
Parecía que el frío quemaba la piel de Dayleen mientras corría a través del bosque oscuro, sus pies descalzos apenas rozando la tierra húmeda. Sintió que se le clavaban las piedras filosas en el talón y apretó los labios para no gritar.El ambiente estaba impregnado del aroma de musgo y del peligro, pero ella no se detuvo. Cada paso la alejaba más de la manada que la había traicionado y de Sebastián, el hombre que había destrozado su alma.Su pobre madre había pagado el precio. —No te detengas —gritó Annika a su lado, su voz apenas audible entre el crujir de las hojas secas bajo sus pies y sus alientos agitados—. Aún estamos cerca del territorio. Dayleen asintió, sintiendo que la desesperación la impulsaba hacia adelante. Sus piernas temblaban de agotamiento, pero su loba gruñía en su mente, exigiendo que siguiera moviéndose. No había opción. Si los guardias las alcanzaban, todo estaría perdido. —¿Cómo… cómo sigues viva? —preguntó Dayleen, jadeando, mientras sorteaban raíces y rama