4. Quiero que seas mi Luna

Dos meses habían pasado desde la graduación, y Dayleen y Sebastián habían estado pasando cada vez más tiempo juntos. Habían ido de caza, explorado el bosque e incluso habían tenido algunas sesiones de entrenamiento intensas.

Dayleen había empezado a sentirse más cómoda en su presencia, y Sebastián parecía disfrutar de su compañía. ¡La compañía de una simple Omega!

Un día, mientras paseaban por el bosque, Dayleen le preguntó sobre su pasado. Quería hacerlo dede el comienzo pero le daba miedo arruinar lo que tenían si indagaba más allá.

—¿Qué pasó entre tú y mi prima, Aria? —preguntó, mirándolo con curiosidad.

—Nuestros padres no aprobaron la relación —confesó Sebastián, suspirando—. Aria ya estaba comprometida con otro lobo desde su nacimiento, y mis padres querían que yo me casara con alguien de una manada aliada para fortalecer nuestras alianzas. Después de todo, era mi deber volver a la manada más fuerte y hacer mi Luna a una mujer sin poder político era inconcebible.

—¿Y tú aceptaste? —inquirió Dayleen, sorprendida. Él no parecía del tipo de hombre que abandonaría a nadie.

—No —negó Sebastián, sacudiendo la cabeza—. Pero no tenía opción, tengo que pensar con la cabeza, se lo debo a mi manada y a la familia. Si hubiéramos estado destinados, nada nos podría hacer separado pero... Aria y yo nos separamos, y ella se casó con el lobo que sus padres habían elegido para ella.

—Lo siento —se condoló Dayleen, mirándolo con tristeza—. Debes haber sufrido mucho.

—Sí —admitió Sebastián, mirándola con una sonrisa triste—. Pero ya pasó. Ahora estoy aquí, contigo. La paciencia es una virtud y créeme que lo estoy disfrutando.

Mientras caminaban de regreso a la manada, Dayleen no podía dejar de pensar en Sebastián y su pasado. Se sentía atraída por él, pero no sabía si debía confiar en sus sentimientos.

¿Cuánto había amado a su prima? Además, ella era una persona odiosa, ¿cómo pudo enamorarse de una mujer tan... mala?

En las semanas siguientes, Dayleen y Sebastián continuaron conociéndose, divirtiéndose. Fueron a una ceremonia lunar, donde bailaron bajo la luz de la luna llena. Incluso, Sebastián le enseñó cómo cazar con habilidad y precisión aún sin tener a su loba despierta. Jamás se habría imaginado que era posible tener tanta fuerza aún sin estar completa.

Dayleen se sentía cada vez más cómoda en su presencia, y empezó a darse cuenta de que sus sentimientos por Sebastián iban más allá de la amistad. Era algo innegable los sentimientos que afloraba en ella.

Sin darse cuenta, se había enamorado de su Alfa. Una Omega como ella, sin poder, sin habilidad... Cayó rendida a sus pies.

...

Aunque intento por todos los medios no encontrarla, resultaba lógico que en algún momento se iban a encontrar; después de todo, estaban en la misma manada y pertenecían al mismo sector.

Dayleen se encontró con su prima Aria en el centro de la manada. Ella la miró con una sonrisa malévola que la puso alerta, y le mantuvo la mirada cuando se acercó a ella.

—Así que crees que Sebastián se ha olvidado de mí, ¿verdad? —dijo Aria, riendo—. Crees que te ha elegido a ti en lugar de mí.

Sus palabras la hicieron sentir incómoda, porque se veía tan segura de sus palabras, tan firme. Pero confiaba ciegamente en Sebastián, él jamás le haría daño.

«Está intentando envenenarme la mente», pensó con furia.

—No sé de qué hablas —respondió, intentando evitar la confrontación.

—No te hagas la tonta —dijo Aria, acercándose más—. Sé que has estado pasando tiempo con él. Pero déjame decirte algo, prima. Sebastián nunca te amará como me amó. Nunca te elegirá a ti en lugar de a mí. Simplemente quiere hacerse el fuerte, es su deber, después de todo.

Dayleen se sintió dolida por las palabras de su prima, pero intentó mantener la calma.

—Para Sebastián, tú ya eres cosa del pasado —dijo, mirándola directamente a los ojos—. Y ahora él quiere estar conmigo.

Aria se enfureció. Levantó la mano para darle una cachetada a Dayleen, pero justo cuando estaba a punto de hacerlo, se escuchó un ruido detrás de ellas. Parecía que alguien estaba escuchando su conversación. Aria se asustó y bajó la mano.

—¿Quién está ahí? —gritó, mirando alrededor.

Pero no había nadie a la vista. Aria se dio la vuelta y huyó, dejando a Dayleen sola y confundida. Volteó a mirar hacia donde escuchó el ruido, pero no había nada.

¿Qué rayos había sido eso?

...

Dayleen y Sebastián se sentaron a cenar en una mesa elegante, rodeados de velas y flores. La atmósfera era romántica y ella se sentía nerviosa.

—Dayleen, desde que te conozco, he sabido que eres la elegida para mí —dijo Sebastián, tomando su mano—. Quiero que te conviertas en mi Luna, mi compañera para toda la vida.

Se sintió emocionada, porque sus sentimientos eran recíprocos, pero también tuvo dudas.

—Escucha, no sé si soy la adecuada para ti —dijo, mirándolo con inseguridad—. Mi loba aún no ha despertado, y no puedo servir a la manada como debería.

Sebastián sonrió.

—Hay una forma de despertar a tu loba —dijo, acercándose a ella—. Y es iniciando tu despertar sexual conmigo.

Dayleen se sintió sorprendida.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, su corazón latiendo más rápido.

—Quiero decir que si nos unimos, podemos descubrir si estamos destinados —dijo Sebastián, mirándola con intensidad—. Y si lo estamos, la regla de alfas y omegas no importará. Podremos casarnos sin impedimentos. Quiero que seas mi Luna.

Dayleen se sintió tentada. La idea de unirse a Sebastián era atractiva, pero también era arriesgada. ¿Y si no estaban destinados? ¿Y si su loba no despertaba? ¿Y si aquello solo fuera un mito y habrían intimado en vano?

Se sentía insegura, más de lo que había imaginado porque soñaba con unirse en cuerpo y alma con él; pero Sebastián la miró con tanta intensidad que ella no pudo resistirse.

—Está bien —dijo finalmente, su voz apenas un susurro—. Lo haré. Seré tu Luna.

Esa era la parte que más le había llegado al corazón. Nunca había sido bienvenida en la manada, pero ahora... Ahora se le presentaba la oportunidad de ser la madre guía de su manada. Y encima tendría a un hombre como Sebastián para amar por toda la eternidad.

¿Cómo podría negarse?

Él sonrió y la tomó de la mano. La llevó a una cabaña en lo más profundo del bosque, rodeada de árboles y flores silvestres. La cabaña era acogedora y cálida, con una chimenea encendida y velas iluminando la habitación.

«Oh, Diosa... Él realmente estaba ansiando este momento. Quiere estar conmigo», pensó con emoción. No pensó que aquello fuera raro o extraño, lo vio con un enfoque tan risueño que a futuro, lamentaría no haberse dado cuenta.

Sebastián la miró con deseo y se acercó a ella. La besó suavemente, su lengua explorando su boca. Ella se sintió mareada de placer y se dejó llevar.

Él la llevó a la cama y la acostó suavemente. Se quitó la ropa y se acostó a su lado, su cuerpo caliente y fuerte. Dayleen se sintió nerviosa, pero Sebastián la calmó con besos y caricias.

Finalmente, Sebastián entró en ella, su movimiento suave y controlado. Dayleen se sintió llena y completa, su cuerpo respondiendo al suyo. Su loba se inquietó, no despertó por completo, pero sirvió para sentir el lazo que los unía.

—Mía —gruñó Sebastián, su voz baja y posesiva—. Eres mía.

Y le hizo el amor, su cuerpo moviéndose en el suyo con una pasión y una intensidad que Dayleen nunca había experimentado antes. Se sintió reclamada, poseída, y sabía que nunca podría pertenecer a otro.

Esa noche unieron sus almas para volverse uno solo, la pequeña e insignificante Omega había sido reclamada por el Alfa de Fuego.

«Las cartas del destino habían sido echadas, y ahora iban a jugar con ellas...»

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