5. Huyendo de la manada

- Presente -

Dayleen sintió el peso del destino caer sobre sus hombros cuando cruzó las puertas de la cabaña que antes había compartido con Sebastián. Su corazón latía con fuerza, anticipando el dolor que se avecinaba, pero listo para enfrentarlo. La conexión de su vínculo la había alertado, aunque su mente se negaba a creerlo hasta no verlo con sus propios ojos.

Necesitaba asegurarse.

El olor dulce del sexo estaba por todas partes, mezclado con el aroma de Sebastián. Dayleen se detuvo, su pecho subiendo y bajando frenéticamente mientras su mirada se clavaba en la puerta entreabierta del dormitorio. No necesitaba abrirla para saber lo que ocurría al otro lado, pero su instinto la empujó hacia adelante.

Cuando empujó la puerta, la escena frente a ella la golpeó como una daga al corazón. Sebastián estaba sobre Aria, sus cuerpos entrelazados de una manera que no dejaba lugar a dudas que él le hacía el amor.

El gruñido de su loba resonó en su mente, furiosa, herida.

—¿Sebastián? —Su voz tembló, traicionada por las emociones que la ahogaban.

Los ojos de Sebastián, dorados y vacíos de cualquier rastro de amor o arrepentimiento, se posaron en ella. Pero fue la sonrisa de Aria lo que hizo que la sangre de Dayleen hirviera. Su prima, quien había jurado recuperar lo que era suyo, la miraba con burla y satisfacción.

—Llegas tarde, prima —susurró Aria con voz melosa, sin molestarse siquiera en cubrirse. Se levantó y vió todo tipo de marcas en su piel que demostraban que Sebastián la deseaba.

Sebastián se apartó de Aria lentamente, su expresión indescifrable. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Dayleen, el desprecio que reflejaban le rompió el alma.

—¿Qué haces aquí? —Su tono era frío, como si ella fuera una extraña.

—¿Qué hago aquí? —Dayleen sintió cómo la furia y el dolor se mezclaban en su interior—. Soy tu Luna, Sebastián. ¿O ya lo olvidaste? Hoy era mi nombramiento. Nuestra unión sagrada.

—Luna… —Él rió, pero su risa estaba teñida de amargura—. No eres digna de ser mi Luna, Dayleen.

Apretó los labios con coraje. Quería destruirlo todo.

—No harás una escena, Dayleen —susurró con un tono bajo y amenazante—. Hay cosas que no entiendes.

—¿Qué no entiendo? —sus ojos brillaban con dolor—. ¿Que me traicionaste? ¿Que rompiste nuestro vínculo?

—¡Cállate! —rugió Sebastián, y su voz resonó en la habitación, haciendo que Dayleen retrocediera—. Esto es más grande de lo que imaginas.

Su corazón martilleaba en su pecho, pero la furia crecía en su interior.

—Nunca te perdonaré esto... —susurró, su voz quebrada.

—No tendrás que hacerlo. —Sebastián dio un paso atrás, su mirada se endureció aún más—. Porque no tendrás oportunidad.

Sus palabras fueron como un latigazo en su alma.

—¿Por qué? —susurró, sintiendo que su corazón se partía en mil pedazos.

—Porque eres débil —espetó Sébastien, su mirada ahora llena de desprecio—. Y no puedo permitir que la manada sea liderada por alguien que no puede protegerla.

Dayleen dio un paso atrás, sintiendo cómo su loba luchaba por mantenerse controlada. Su vínculo con Sebastián temblaba, aún débil, pero presente.

—Esto… esto es por ella, ¿verdad? —susurró, mirando a Aria.

—Ella es más fuerte de lo que tú jamás serás —afirmó Sebastián, sin dudarlo—. Y mil veces mejor en la cama, desde luego.

La traición quemó sus venas, pero antes de que pudiera responder, Aria habló, su tono lleno de veneno.

—Sebastián, no deberíamos perder más tiempo. —Se acercó a él, deslizando sus manos por su pecho—. Sabes lo que debemos hacer.

El brillo extraño en los ojos de Sebastián alertó a Dayleen. Algo no estaba bien.

—¿Qué… qué sucede? —susurró, retrocediendo.

Pero antes de que pudiera comprenderlo, la voz de Sebastián tronó en la cabaña.

—¡Guardias! —rugió.

Dayleen sintió cómo su mundo colapsaba cuando los guerreros de la manada irrumpieron en la habitación.

—¿Qué estás haciendo? —susurró con incredulidad.

—Dayleen Wagner —la voz de Sebastián fue fría y calculadora—. Acuso a tu madre, Eryn Wagner, de traición contra la manada. Ha estado pasando información a nuestros enemigos.

—¡Eso es mentira! —gritó Dayleen, su voz quebrada por la desesperación.

—Llévenla al calabozo —ordenó Sebastián, ignorándola por completo.

—¡No! —Dayleen se lanzó hacia él, pero las manos de los guerreros la detuvieron—. ¡Sebastián, por favor!

—Es por el bien de la manada —murmuró, desviando la mirada.

Dayleen luchó, pero los brazos de hierro de los guardias la sujetaron con fuerza.

—¡No puedes hacer esto! —gritó, sintiendo cómo su mundo se desmoronaba.

—Ya está hecho —susurró Aria, su sonrisa cruel grabada en la mente de Dayleen mientras era arrastrada fuera de la cabaña.

Cuando la llevaban al calabozo, vió a su madre ser sacada a rastras de la casa de la manada, aún con el delantal de la cocina. La sangre iba creciendo conforme la llevaban al centro de ritos.

Sus pies descalzos pisaron su sangre, y sintió que le subía el vómito a la garganta. Apenas podía respirar, su pecho se apretaba mientras las lágrimas nublaban su visión.

—¡Mamá! —su voz apenas fue un susurro ahogado cuando observo el cuerpo de su madre Eryn ser arrastrado frente a sus ojos. Doblo el cuello para verla.

«Te amo», parecían decir sus labios antes de cerrar sus ojos.

Dayleen había intentado defenderla, había gritado hasta quedarse sin voz, pero nadie la escuchó. Nadie quiso creerla. Aria, su prima, estaba detrás de todo, y Sebastián... su amado... había caído en la trampa como un ciego.

La encerraron como un animal mientras su madre era torturada arriba. Perdió la noción del tiempo, hasta que dejó de escuchar sus gritos desgarradores.

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El calabozo era frío y oscuro, impregnado del olor a sangre y desesperación. El cuerpo de Dayleen temblaba, no solo por el frío, sino por el dolor que consumía su alma.

—Mamá… —susurró, sintiendo cómo las lágrimas caían sin control.

«Debes ser fuerte, Dayleen», la voz suave de su loba resonó en su mente. «No podemos quedarnos aquí».

—¿Qué importa ahora? —susurró, sintiendo que la esperanza se desvanecía.

«Importa porque debes hacer justicia por tu madre», susurró su loba. «¿Se te olvida lo que tuvo que sufrir como madre soltera porque nunca reveló quien era tu verdadero padre? Tu conexión con el Alfa se romperá en cualquier momento y te destrozará, entonces estarás demasiado débil para huir».

Dayleen se llevó una mano al corazón, sintiendo una punzada de dolor, su loba tenía razón. La conexión era tenue, pero su loba lo sabía.

«Debemos huir, antes de que sea demasiado tarde», afirmó.

—¿Cómo? —susurró Dayleen, sintiendo la desesperación hundirse más en su pecho.

—Yo puedo ayudarte —una voz suave la sacó de sus pensamientos.

Dayleen levantó la vista y vio a Annika, su antigua amiga de la infancia, mirándola desde el otro lado de las rejas, estaba envuelta en una capa negra y se veía mayor.

—Annika… —susurró, apenas creyendo lo que veía. Ella estaba muerta. ¿Por qué estaba ahí?

—No hay tiempo —dijo Annika, sacando una llave de su cinturón—. Sé lo que le hicieron a tu madre… y lo que Sebastián te hará si te quedas. Te lo explicaré todo más tarde.

Dayleen sintió cómo la esperanza renacía, era muy pequeña, apenas una chispa; pero suficiente para impulsarla a levantarse.

—Vamos —susurró Annika, abriendo la puerta—. Tenemos que salir antes de que nos descubran.

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El bosque era oscuro y peligroso, pero Dayleen no se detuvo. Su loba la guiaba, susurrando en su mente que siguiera adelante.

«Debemos huir al reino del norte», ordenó su loba. «Ellos son nuestra esperanza. Tienen que saber lo que el heredero Alfa está haciendo. Tendrás que pasar por el reino vecino, aunque no te va a gustar».

Dayleen apretó los dientes, sintiendo cómo las lágrimas corrían por su rostro. Escuchaba a su loba trazar el plan pero no podía pensar con claridad.

—Mamá… —susurró, sintiendo el peso de la pérdida en su pecho.

Pero no podía detenerse. No ahora.

Con la promesa de obtener venganza ardiendo en su corazón, Dayleen juró que regresaría. Cuando lo hiciera, nadie estaría a salvo.

Y sin saberlo, estaba corriendo para salvar dos secretos latiendo en su vientre, apenas formándose la chispa de su frágil vida.

¿Qué destino les esperaba ahora que eran fugitivos de su manada?

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