Trágico destino

Madeline.

El sonido de una puerta crujiendo me sacó del letargo en el que estaba sumida. Mi cabeza latía como si me hubieran golpeado con una piedra, y el ardor en mis muñecas me recordaba que seguían atadas.

Traté de moverme, pero el entumecimiento me lo impidió. Entonces la vi… Freya estaba de pie frente a mí, con una sonrisa burlona que me heló la sangre.

—Vaya… por fin nuestra novia fugitiva despertó —se mofó con tono venenoso.

Mi mirada se dirigió a la figura que estaba detrás de ella. Dante. Mi prometido. Mis labios temblaron y mi voz apenas salió.

—¿Ustedes…? —balbuceé, incrédula—. ¿Ustedes están detrás de esto?

—Por supuesto, estúpida —se burló Freya—. Lo planeamos juntos.

El impacto me dejó sin aire.

—No… no puede ser —murmuré—. ¿Por qué? ¿Por qué me están haciendo esto? Tú eres mi hermana… Y tú… tú eras el hombre con el que iba a casarme…

La sonrisa de Freya se ensanchó con crueldad.

—¿Hermana? —espetó con desprecio—. Tú y yo no somos nada. La hija del beta siempre fuiste tú… Yo solo era la hija de la mujer que se casó con tu padre. Siempre la maldita hija postiza que sobraba en esta manada.

Su voz tembló con rabia contenida y sus ojos brillaron con odio.

—¿Por eso me odias? —pregunté con incredulidad—. ¿Por algo que yo no decidí?

—¡Por eso y mucho más! —rugió—. Siempre tuviste lo que yo deseaba… el respeto, la admiración, el cariño de todos. Siempre brillabas más que yo, aunque eras débil y solo te preparaban para ser una esposa sumisa.

—¡Eso no es cierto! —repliqué con furia—. Siempre te consideré mi hermana… jamás te vi como menos.

—¡Mentira! —Freya se acercó hasta quedar a un paso de mí—. Me pasé años entrenando para ser una guerrera, para demostrar que podía ser más que una sombra detrás de ti… ¡Y aún así todos seguían viéndote como la única digna de ser Luna!

Me giré hacia Dante, buscando desesperadamente en su rostro alguna señal de que todo eso era una mentira.

—Por la Diosa Luna… dime que esto no es cierto —supliqué—. Dime que ella está mintiendo.

—No está mintiendo —respondió Dante con una frialdad que me rompió el alma—. Ella es mi verdadero amor.

Mis piernas flaquearon.

—¿Qué… qué dices…?

—Estuve enamorado de Freya desde el principio —continuó sin inmutarse—. Pero mi padre y el tuyo me presionaron para que aceptara el compromiso contigo. Era lo que más convenía a la manada. Lo nuestro nunca fue real, Madeleine… solo fingí porque así convenía a los intereses de todos.

Sus palabras fueron como una puñalada directa al pecho.

—¿Y entonces por qué me secuestraron? —mi voz apenas fue un susurro—. Si me hubieran dicho la verdad… yo me habría hecho a un lado. No habría sido un obstáculo si hubieran sido sinceros.

Freya soltó una carcajada amarga.

—¿Y tú crees que me iba a conformar con eso? —se burló—. ¿Que aceptaría que todos me vieran como la mujer que le robó el prometido a la perfecta Madeleine? No, querida… necesitaba que tú fueras la villana de esta historia.

—¿Qué has hecho…? —pregunté, temiendo la respuesta.

—Le dije a mi padre que te vi escapándote cada noche para encontrarte con tu amante —respondió con deleite—. Y luego fingí que me dolía contarlo… como si tratara de protegerte. Todos me creyeron. ¿Por qué dudarían de mí?

—¡No puedes haber hecho eso! —grité, sintiendo la desesperación crecer en mi interior—. ¡La manada nunca creería que yo sería capaz de algo así!

—Lo hicieron —respondió Freya con satisfacción—. Y ahora todos te desprecian. Hasta tu propio padre cree que lo traicionaste.

Esas palabras fueron la estocada final. Un temblor sacudió mi cuerpo y sentí que el alma se me desplomaba.

Mi padre… ¿también me había dado la espalda?

—Maldita… —dije con la voz entrecortada—. Estás enferma, Freya… pero te juro que cuando salga de aquí…

—¿Salir de aquí? —se rió de nuevo—. No vas a salir. Vas a desaparecer… para siempre.

—¡Ya basta! —la voz de Dante retumbó en la habitación.

Ambos nos giramos hacia él. Su expresión era sombría, pero firme.

—Freya, ya la desterramos… ya está desprestigiada. No tiene nada más. La llevaremos lejos y la abandonaremos en otro territorio.

—¿Abandonarla? —Freya lo miró con furia—. ¡No, Dante! No es suficiente. Si la dejamos viva, puede regresar… puede hablar… puede vengarse.

—No lo hará —afirmó él, cada palabra saliendo como una sentencia—. Nadie le creerá después de lo que piensan de ella. Esto ya terminó.

Freya apretó los puños, temblando de rabia.

—¿Por qué la defiendes tanto? —lo acusó—. ¿Te estás arrepintiendo?

Dante no respondió, solo la miró con seriedad.

—Nos vamos ahora mismo —dijo tajante.

Freya bufó con desprecio, pero no discutió más. Antes de que salieran, se volvió hacia mí con una sonrisa macabra.

—No te confíes demasiado —susurró—. Aún no me he divertido lo suficiente contigo.

Luego ambos salieron, dejando la habitación en penumbras y mi alma hecha pedazos. 

El corazón me latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir del pecho. Mi respiración era errática, agitada, y cada sonido en la cabaña me hacía estremecer.

Estaba aterrorizada.

Freya… esa mujer a la que siempre había considerado mi hermana, esa que compartió conmigo los momentos más importantes de mi vida, ahora era un monstruo capaz de cualquier cosa.

Sus palabras seguían resonando en mi cabeza, como cuchillas desgarrando mi alma: “No vas a salir de aquí… Vas a desaparecer para siempre.”

Por mucho que tratara de ser fuerte, el miedo se apoderaba de mí, paralizándome. Las horas pasaban lentas, y con cada minuto que se iba, mi incertidumbre crecía más y más.

¿Qué pensaba hacer conmigo?

Estaba tan perdida en mis pensamientos que no escuché los pasos acercándose.

La puerta se abrió de golpe.

El sonido me sobresaltó, y mis ojos se abrieron con sorpresa al ver la silueta de Freya recortada en la penumbra.

Venía sola.

Eso solo podía significar algo terrible.

Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios, una que me hizo sentir escalofríos en la espalda.

—Es hora de acabar contigo, maldita —escupió con un odio tan crudo que me dejó sin aliento—. No sabes cuántas veces soñé con este momento… te odio. Y ahora por fin voy a verte muerta.

Su voz temblaba de furia, y la demencia que ardía en sus ojos me confirmó que hablaba en serio.

—Freya, no tienes que hacer esto —supliqué, intentando que mi voz no se quebrara—. Simplemente déjame ir… te juro que no volveré. No tendrán que saber nada más de mí.

Freya soltó una carcajada amarga.

—¿Y crees que voy a caer en esa estupidez? —bufó—. ¡Por favor! Tarde o temprano regresarías… y lo harías por tu querido padre.

—No… —mi voz fue apenas un murmullo.

—¡Sí! —gritó—. Eres tan ridículamente apegada a él que jamás podrías alejarte demasiado. Pero no te preocupes… porque una vez que termine contigo, él será el siguiente en mi lista.

El horror me sacudió el cuerpo entero.

—¡No! —grité, desesperada—. Freya, por favor, no le hagas daño… Él te ha querido como si fueras su propia hija. Siempre te trató como parte de la familia.

Su mirada se encendió aún más.

—¡No digas estupideces! —rugió—. Ese viejo nunca me quiso… solo me toleró porque mi madre se casó con él. Siempre me miró por debajo del hombro, como si yo no fuera digna de nada… como si fuera menos que tú. ¡Por eso ustedes dos me las van a pagar!

La locura la estaba consumiendo, podía verlo en cada palabra que escupía como veneno.

—Freya, por favor… —mi voz se quebró—. No tienes que hacer esto…

Pero ya no escuchaba. Estaba fuera de sí.

De pronto, se abalanzó sobre mí como una fiera descontrolada.

El primer golpe me tomó por sorpresa. Su mano se estrelló contra mi rostro y mi cabeza giró violentamente hacia un lado. El dolor ardió como fuego en mi mejilla.

—¡Esto es por ser siempre la maldita favorita! —gritó, descargando otro golpe en el mismo lugar.

Mis labios se partieron y sentí el sabor metálico de la sangre llenar mi boca.

—¡Y esto por quitarme a Dante!

Su puño se hundió en mi abdomen, arrancándome el aliento. El aire escapó de mis pulmones en un gemido ahogado.

Caí de lado, débil, indefensa… pero Freya no se detuvo.

Me pateó una y otra vez. Las costillas, el estómago, las piernas… cada golpe era más fuerte que el anterior.

No podía defenderme.

Mis muñecas seguían atadas y mis fuerzas se desvanecían con rapidez. Lo único que podía hacer era encogerme y resistir… resistir hasta que se cansara, hasta que terminara.

El dolor era insoportable, pero me negué a llorar.

No iba a darle el gusto de verme destruida.

Freya se detuvo solo por un instante para recuperar el aliento, jadeando como un animal rabioso.

—¿Sabes? —murmuró entre risas—. No puedo decidir qué es lo que más disfrutaré… si verte morir o ver la cara de tu querido padre cuando se entere de que tú y él acabaron igual.

Su mirada enfermiza me hizo temblar.

No… no podía permitir que le hiciera daño a mi padre.

Con el poco aliento que me quedaba, murmuré:

—Por favor… no le hagas daño…

Mis ojos se cerraron por la fatiga, y mi cuerpo entumecido apenas me respondía.

Lo último que escuché fue su risa cruel y el sonido de la puerta cerrándose tras ella.

Mi mundo se volvió oscuridad 

El fuerte olor a gasolina me despertó de golpe. Mis ojos se abrieron con dificultad, y un dolor punzante recorrió cada parte de mi cuerpo. Mi cabeza palpitaba y mis muñecas ardían.

El crujido de la madera me heló la

sangre. Levanté la mirada y vi a Freya junto a la puerta, con una sonrisa cruel en el rostro y una cerilla encendida en la mano.

—Por fin llegó tu final… —murmuró, antes de dejar caer la llama.

El fuego se encendió de inmediato, avanzando con furia sobre el suelo cubierto de gasolina. Las llamas crecieron rápido, trepando por las paredes como si fueran serpientes hambrientas.

La puerta se cerró con un golpe seco, y supe que ya no había escapatoria.

El humo empezó a envolverlo todo. Se metía en mi garganta, quemándome por dentro como si tragara brasas. Cada bocanada de aire era un tormento y la desesperación se apoderó de mí.

¿Así es como voy a morir? ¿Así terminará todo?

Mis pensamientos volaron hacia mi padre. Imaginé su rostro destrozado al enterarse de mi supuesta traición. Él creía que lo había abandonado, que había huido con un amante… y ahora, ni siquiera tendría la oportunidad de saber la verdad.

—No… —susurré con la voz rota—. No puedo dejar que termine así…

Intenté moverme, pero cada intento me provocaba un dolor insoportable. Estaba débil, los golpes que Freya me había dado habían dejado mi cuerpo sin fuerzas. Aun así, no podía rendirme.

Debo intentarlo… debo seguir…

Con gran esfuerzo, empecé a arrastrarme por el suelo. Cada movimiento era agónico, como si mil agujas se clavaran en mi piel. El calor se hacía insoportable, el sudor empapaba mi rostro y el humo me cegaba poco a poco.

Mis dedos rozaron el borde de la ventana. Apenas podía verla, empañada por la espesa cortina de humo.

Un poco más… solo un poco más…

Reuní lo último de mi energía y golpeé el cristal con el puño cerrado. El vidrio apenas vibró.

—¡No…! —gimoteé, sintiendo cómo las fuerzas me abandonaban.

Una tos violenta sacudió mi cuerpo y mi vista comenzó a oscurecerse. El fuego seguía avanzando, rugiendo como una bestia que devoraba todo a su paso.

El aire se hizo más denso y cada aliento se convirtió en un suplicio. Lo último que sentí fue la piel ardiendo bajo el calor abrasador… y la certeza de que mi vida estaba a punto de extinguirse.

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