La venganza de la luna bajo sombra
La venganza de la luna bajo sombra
Por: Miranda
Traicionada

Madeline.

Hoy sería el día más importante de mi vida.

El día en que mi destino cambiaría para siempre.

Frente al espejo, observé mi reflejo con el corazón latiéndome en el pecho. No podía creer que esa joven que me devolvía la mirada fuera yo.

Mi piel parecía más luminosa que nunca, como si el brillo en mis ojos iluminara cada rincón de la habitación. El vestido blanco se ceñía perfectamente a mi figura, con finos bordados que parecían entrelazarse como raíces de plata sobre la tela. Mi cabello caía en una trenza suelta, adornada con pequeñas flores que relucían como estrellas.

Era como si en ese momento todo lo malo hubiera quedado atrás. Los miedos, las dudas… nada importaba.

Hoy me casaría con Dante.

Sentí un nudo en la garganta al pensar en él. El alfa de nuestra manada… fuerte, imponente y protector. Desde que éramos niños había sentido algo especial por él, y aunque nuestras vidas nos habían llevado por caminos distintos, el destino terminó por unirnos.

Por fin sería su compañera.

—Te ves hermosa —murmuró una de las mujeres que me ayudaban a arreglarme.

—Gracias… —mi voz tembló un poco, pero no por inseguridad, sino por la emoción que me embargaba.

Hoy sería la Luna de la manada. Mi padre estaría orgulloso de mí. Y por fin dejaría de sentirme a la sombra de mi hermanastra, Freya.

Pensar en ella hizo que algo dentro de mí se removiera.

Freya…

Siempre había sido fuerte, decidida y valiente. Mientras yo aprendía sobre protocolo y las responsabilidades de una Luna, ella entrenaba para convertirse en una guerrera temible. Aunque nuestros caminos fueron distintos, yo siempre la admiré. Era mi hermana, después de todo.

Una sonrisa se dibujó en mis labios. Freya siempre había sido un poco fría, pero esta mañana había venido a mi habitación para desearme suerte. Tal vez, después de tanto tiempo, finalmente estábamos logrando acercarnos.

Tal vez este matrimonio no solo me daría un compañero, sino que también uniría a nuestra familia.

—Ya es hora —anunció una de las mujeres.

Respiré hondo.

—Vamos.

El auto avanzaba lentamente por el sendero del bosque. Las hojas secas crujían bajo las llantas y los árboles parecían inclinarse suavemente con el viento.

A través de la ventanilla observé el camino con el corazón agitado.

¿Qué estará haciendo Dante ahora mismo? Imaginé sus nervios, sus manos ajustando el cuello de su camisa, sus pensamientos volcados en esta unión que sellaría nuestros destinos.

—¿Te sientes bien? —preguntó la mujer que iba a mi lado.

Asentí con una sonrisa.

—Sí… solo un poco nerviosa.

Y era cierto. Todo parecía tan perfecto que una parte de mí temía que algo saliera mal.

Observé el camino otra vez… pero algo no encajaba.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué estamos tomando este camino? —pregunté, mirando al conductor.

No era el camino correcto. El sendero hacia la manada no pasaba por esa zona boscosa.

—Tomé un atajo —respondió el hombre sin mirarme siquiera.

Su voz me puso en alerta. Era áspera, extrañamente tensa.

—No… este no es el camino —dije con más firmeza—. ¡Deténgase!

El conductor ignoró mis palabras.

—¡Le dije que se detenga ahora mismo!

El auto aceleró de pronto.

El pánico se apoderó de mí. Intenté abrir la puerta, pero estaba bloqueada.

—¡¿Qué está pasando?!

Antes de que pudiera reaccionar, el auto frenó bruscamente. La sacudida me lanzó hacia adelante, y apenas tuve tiempo de ver que dos hombres se acercaban rápidamente por ambos lados del vehículo.

Las puertas se abrieron de golpe.

—¡Suéltenme! —grité, forcejeando con todas mis fuerzas.

—No te esfuerces —dijo uno de ellos con una sonrisa burlona mientras me sujetaba del brazo—. No va a servir de nada.

—¡No! ¡Déjenme ir!

Mis uñas arañaron la piel de uno de ellos, pero antes de que pudiera seguir luchando, sentí cómo presionaban un pañuelo húmedo contra mi rostro.

—No… —balbuceé, mientras mi vista se nublaba y la oscuridad se apoderaba de todo.

El ambiente en la manada era tenso, casi asfixiante. Los murmullos crecían a cada segundo, y los ancianos del consejo se miraban entre sí con inquietud.

Mi padre estaba de pie frente al altar, con el ceño fruncido y los labios apretados. Su postura firme apenas ocultaba la preocupación que se reflejaba en sus ojos.

—No es normal que Madeline esté tardando tanto… —murmuró para sí mismo, pero su voz fue lo suficientemente fuerte como para que todos lo escucharan—. Algo tuvo que haberle pasado… no debí haberla dejado sola.

Su voz tembló ligeramente en la última frase.

—Papá… —la voz de Freya se alzó a su lado, suave pero cargada de fingida preocupación—. No quería decir nada, pero…

Hizo una pausa, como si dudara si debía seguir hablando.

—¿Pero qué? —exigió mi padre, mirándola con impaciencia.

—Madeline… —bajó la cabeza, como si la vergüenza la estuviera consumiendo—. Ella me confesó que… que pensaba escaparse esta noche… con su amante.

El silencio que cayó fue sepulcral.

—¿Qué tonterías estás diciendo, Freya? —gruñó mi padre, endureciendo la voz—. Tu hermana jamás haría algo semejante.

—Lo siento… —insistió ella, alzando la vista con ojos que fingían tristeza—. No quería creerlo, pero… la he visto escaparse por las noches durante varias semanas.

—¡Basta! —rugió él, cada vez más alterado—. No sigas diciendo mentiras.

—No estoy mintiendo —dijo Freya con firmeza—. Te lo juro, papá. Al principio pensé que estaba nerviosa por la ceremonia, pero luego… luego ella misma me lo confesó. Dijo que no quería casarse con Dante ni convertirse en la Luna de la manada… que estaba enamorada de otro hombre.

Las últimas palabras las pronunció con lentitud, dejando que cada sílaba envenenara el aire.

La multitud estalló en murmullos y exclamaciones.

—¡Eso no puede ser! —gritó alguien.

—¡Qué deshonra para la manada!

—¡Traicionó a Dante!

Mi padre se llevó una mano a la frente, como si tratara de encontrar un resquicio de lógica en esa montaña de mentiras.

—Eso… eso no tiene sentido —dijo en voz baja, más para sí mismo que para los demás—. Madeline no haría algo así…

—¿Por qué mentiría yo sobre esto? —replicó Freya con dramatismo—. Es mi hermana… y la quiero. Si te lo estoy diciendo es porque la verdad ya no se puede ocultar.

—Suficiente —intervino Dante en ese momento, caminando hacia el frente. Su expresión era una mezcla de dolor y rabia contenida—. Parece que Madeline no solo me ha humillado a mí… sino a toda la manada.

Mi padre lo miró, completamente desorientado.

—Yo… yo necesito encontrarla. Algo no está bien —insistió, aferrándose a la esperanza de que todo fuera un error.

—¿En serio vas a seguir negando lo que ya es evidente? —la voz de Dante se endureció—. No está aquí porque no quiere estar. Prefirió huir con otro hombre antes que cumplir con sus responsabilidades como Luna.

El murmullo entre la manada se convirtió en una oleada de críticas y desprecio.

—¡Qué vergüenza!

—¡Traicionó a su propia sangre!

—¡No merece regresar jamás!

Las palabras cayeron sobre mi padre como golpes invisibles.

—Esto no ha terminado… —murmuró, apretando los puños—. No hasta que encuentre a mi hija y sepa la verdad.

Y sin decir más, se alejó del altar con el rostro endurecido, pero con el corazón destrozado.

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