Madeline.
Hoy sería el día más importante de mi vida.
El día en que mi destino cambiaría para siempre.
Frente al espejo, observé mi reflejo con el corazón latiéndome en el pecho. No podía creer que esa joven que me devolvía la mirada fuera yo.
Mi piel parecía más luminosa que nunca, como si el brillo en mis ojos iluminara cada rincón de la habitación. El vestido blanco se ceñía perfectamente a mi figura, con finos bordados que parecían entrelazarse como raíces de plata sobre la tela. Mi cabello caía en una trenza suelta, adornada con pequeñas flores que relucían como estrellas.
Era como si en ese momento todo lo malo hubiera quedado atrás. Los miedos, las dudas… nada importaba.
Hoy me casaría con Dante.
Sentí un nudo en la garganta al pensar en él. El alfa de nuestra manada… fuerte, imponente y protector. Desde que éramos niños había sentido algo especial por él, y aunque nuestras vidas nos habían llevado por caminos distintos, el destino terminó por unirnos.
Por fin sería su compañera.
—Te ves hermosa —murmuró una de las mujeres que me ayudaban a arreglarme.
—Gracias… —mi voz tembló un poco, pero no por inseguridad, sino por la emoción que me embargaba.
Hoy sería la Luna de la manada. Mi padre estaría orgulloso de mí. Y por fin dejaría de sentirme a la sombra de mi hermanastra, Freya.
Pensar en ella hizo que algo dentro de mí se removiera.
Freya…
Siempre había sido fuerte, decidida y valiente. Mientras yo aprendía sobre protocolo y las responsabilidades de una Luna, ella entrenaba para convertirse en una guerrera temible. Aunque nuestros caminos fueron distintos, yo siempre la admiré. Era mi hermana, después de todo.
Una sonrisa se dibujó en mis labios. Freya siempre había sido un poco fría, pero esta mañana había venido a mi habitación para desearme suerte. Tal vez, después de tanto tiempo, finalmente estábamos logrando acercarnos.
Tal vez este matrimonio no solo me daría un compañero, sino que también uniría a nuestra familia.
—Ya es hora —anunció una de las mujeres.
Respiré hondo.
—Vamos.
⸻
El auto avanzaba lentamente por el sendero del bosque. Las hojas secas crujían bajo las llantas y los árboles parecían inclinarse suavemente con el viento.
A través de la ventanilla observé el camino con el corazón agitado.
¿Qué estará haciendo Dante ahora mismo? Imaginé sus nervios, sus manos ajustando el cuello de su camisa, sus pensamientos volcados en esta unión que sellaría nuestros destinos.
—¿Te sientes bien? —preguntó la mujer que iba a mi lado.
Asentí con una sonrisa.
—Sí… solo un poco nerviosa.
Y era cierto. Todo parecía tan perfecto que una parte de mí temía que algo saliera mal.
Observé el camino otra vez… pero algo no encajaba.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué estamos tomando este camino? —pregunté, mirando al conductor.
No era el camino correcto. El sendero hacia la manada no pasaba por esa zona boscosa.
—Tomé un atajo —respondió el hombre sin mirarme siquiera.
Su voz me puso en alerta. Era áspera, extrañamente tensa.
—No… este no es el camino —dije con más firmeza—. ¡Deténgase!
El conductor ignoró mis palabras.
—¡Le dije que se detenga ahora mismo!
El auto aceleró de pronto.
El pánico se apoderó de mí. Intenté abrir la puerta, pero estaba bloqueada.
—¡¿Qué está pasando?!
Antes de que pudiera reaccionar, el auto frenó bruscamente. La sacudida me lanzó hacia adelante, y apenas tuve tiempo de ver que dos hombres se acercaban rápidamente por ambos lados del vehículo.
Las puertas se abrieron de golpe.
—¡Suéltenme! —grité, forcejeando con todas mis fuerzas.
—No te esfuerces —dijo uno de ellos con una sonrisa burlona mientras me sujetaba del brazo—. No va a servir de nada.
—¡No! ¡Déjenme ir!
Mis uñas arañaron la piel de uno de ellos, pero antes de que pudiera seguir luchando, sentí cómo presionaban un pañuelo húmedo contra mi rostro.
—No… —balbuceé, mientras mi vista se nublaba y la oscuridad se apoderaba de todo.
El ambiente en la manada era tenso, casi asfixiante. Los murmullos crecían a cada segundo, y los ancianos del consejo se miraban entre sí con inquietud.Mi padre estaba de pie frente al altar, con el ceño fruncido y los labios apretados. Su postura firme apenas ocultaba la preocupación que se reflejaba en sus ojos.
—No es normal que Madeline esté tardando tanto… —murmuró para sí mismo, pero su voz fue lo suficientemente fuerte como para que todos lo escucharan—. Algo tuvo que haberle pasado… no debí haberla dejado sola.
Su voz tembló ligeramente en la última frase.
—Papá… —la voz de Freya se alzó a su lado, suave pero cargada de fingida preocupación—. No quería decir nada, pero…
Hizo una pausa, como si dudara si debía seguir hablando.
—¿Pero qué? —exigió mi padre, mirándola con impaciencia.
—Madeline… —bajó la cabeza, como si la vergüenza la estuviera consumiendo—. Ella me confesó que… que pensaba escaparse esta noche… con su amante.
El silencio que cayó fue sepulcral.
—¿Qué tonterías estás diciendo, Freya? —gruñó mi padre, endureciendo la voz—. Tu hermana jamás haría algo semejante.
—Lo siento… —insistió ella, alzando la vista con ojos que fingían tristeza—. No quería creerlo, pero… la he visto escaparse por las noches durante varias semanas.
—¡Basta! —rugió él, cada vez más alterado—. No sigas diciendo mentiras.
—No estoy mintiendo —dijo Freya con firmeza—. Te lo juro, papá. Al principio pensé que estaba nerviosa por la ceremonia, pero luego… luego ella misma me lo confesó. Dijo que no quería casarse con Dante ni convertirse en la Luna de la manada… que estaba enamorada de otro hombre.
Las últimas palabras las pronunció con lentitud, dejando que cada sílaba envenenara el aire.
La multitud estalló en murmullos y exclamaciones.
—¡Eso no puede ser! —gritó alguien.
—¡Qué deshonra para la manada!
—¡Traicionó a Dante!
Mi padre se llevó una mano a la frente, como si tratara de encontrar un resquicio de lógica en esa montaña de mentiras.
—Eso… eso no tiene sentido —dijo en voz baja, más para sí mismo que para los demás—. Madeline no haría algo así…
—¿Por qué mentiría yo sobre esto? —replicó Freya con dramatismo—. Es mi hermana… y la quiero. Si te lo estoy diciendo es porque la verdad ya no se puede ocultar.
—Suficiente —intervino Dante en ese momento, caminando hacia el frente. Su expresión era una mezcla de dolor y rabia contenida—. Parece que Madeline no solo me ha humillado a mí… sino a toda la manada.
Mi padre lo miró, completamente desorientado.
—Yo… yo necesito encontrarla. Algo no está bien —insistió, aferrándose a la esperanza de que todo fuera un error.
—¿En serio vas a seguir negando lo que ya es evidente? —la voz de Dante se endureció—. No está aquí porque no quiere estar. Prefirió huir con otro hombre antes que cumplir con sus responsabilidades como Luna.
El murmullo entre la manada se convirtió en una oleada de críticas y desprecio.
—¡Qué vergüenza!
—¡Traicionó a su propia sangre!
—¡No merece regresar jamás!
Las palabras cayeron sobre mi padre como golpes invisibles.
—Esto no ha terminado… —murmuró, apretando los puños—. No hasta que encuentre a mi hija y sepa la verdad.
Y sin decir más, se alejó del altar con el rostro endurecido, pero con el corazón destrozado.
Madeline. El sonido de una puerta crujiendo me sacó del letargo en el que estaba sumida. Mi cabeza latía como si me hubieran golpeado con una piedra, y el ardor en mis muñecas me recordaba que seguían atadas.Traté de moverme, pero el entumecimiento me lo impidió. Entonces la vi… Freya estaba de pie frente a mí, con una sonrisa burlona que me heló la sangre.—Vaya… por fin nuestra novia fugitiva despertó —se mofó con tono venenoso.Mi mirada se dirigió a la figura que estaba detrás de ella. Dante. Mi prometido. Mis labios temblaron y mi voz apenas salió.—¿Ustedes…? —balbuceé, incrédula—. ¿Ustedes están detrás de esto?—Por supuesto, estúpida —se burló Freya—. Lo planeamos juntos.El impacto me dejó sin aire.—No… no puede ser —murmuré—. ¿Por qué? ¿Por qué me están haciendo esto? Tú eres mi hermana… Y tú… tú eras el hombre con el que iba a casarme…La sonrisa de Freya se ensanchó con crueldad.—¿Hermana? —espetó con desprecio—. Tú y yo no somos nada. La hija del beta siempre fuiste t
Enzo.El aire de la noche me golpeó de frente. Había decidido salir a cazar porque las malditas pesadillas no me dejaban dormir. Se repetían en mi mente cada noche, atormentándome con la misma escena: la noche en que perdí a Isabella. Ella había salido de la manada después de nuestra discusión, y yo, consumido por mi orgullo, no salí a buscarla hasta que ya era demasiado tarde. La encontramos destrozada, violada y muerta. El recuerdo de ese momento me perseguía cada noche, y las pesadillas me atormentaban sin cesar.Desde entonces, mi existencia se convirtió en una guerra. Luché para que mi manada fuera la más poderosa, hasta convertirme en lo que ahora soy: el alfa oscuro. Mi objetivo era claro: vengarme de aquel que me arrebató a Isabella y destrozarlo con mis propias manos.Estaba perdido en mis pensamientos cuando, a lo lejos, vislumbré un fuego hambriento devorándolo todo a su paso. El terror se aferró a mis entrañas como garras afiladas. Otra vida a punto de ser consumida.—¡Mué
Madeline. La maldad de mi hermanastra no tenía límites.Cuando el caos terminó y el fuego consumió lo que una vez fue mi refugio, ella regresó con sus esbirros para asegurarse de que no quedara rastro alguno que evidenciara su culpabilidad. Freya no era una tonta; sabía que si Dante descubría la verdad, si se enteraba de que me había asesinado, iría contra ella con toda su furia. Sus órdenes habían sido claras: solo desterrarme, apartarme de su camino sin derramar sangre. Pero ella nunca acataba las reglas, no cuando podía salirse con la suya.—Limpien todo —ordenó con su tono gélido y autoritario—. Que no quede evidencia de lo que ha pasado aquí.—Así será, mi Luna —respondieron al unísono sus hombres, inclinando la cabeza en señal de respeto.Freya los recorrió con la mirada, su expresión era la de una fiera que ha conseguido su ansiada presa.—Más les vale —advirtió, su voz impregnada de veneno—. Porque si cometen el error de hablar… si a alguno de ustedes se le ocurre abrir la bo
Mi padre luchaba con todas sus fuerzas, tratando de liberarse de las garras de Dante, que lo sujetaban con fiereza. Su cuerpo se sacudía violentamente, intentando zafarse, pero la fuerza del otro era abrumadora. Respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba erráticamente, luchando por llevar aire a sus pulmones.—¡Déjame, maldito! —gruñó, forcejeando con desesperación.Pero Dante no tenía intención de soltarlo. Su rostro estaba desencajado, sus ojos inyectados en sangre reflejaban furia y determinación.—Eres un estorbo… —susurró entre dientes.Y, sin dudarlo, hundió sus garras en la garganta de mi padre.Un chorro de sangre brotó de la herida, empapando sus manos. El cuerpo de mi padre se estremeció antes de caer pesadamente al suelo, con los ojos abiertos, fijos en un punto vacío.Dante respiraba agitadamente, sus manos temblaban mientras observaba el cadáver.—¡Maldita sea! ¿Por qué tuviste que venir aquí? —bramó, con una mezcla de ira y desesperación.Freya, a su lado, observa
Enzo.El sonido de la camilla deslizándose por el suelo resonaba en la habitación. La chica seguía inconsciente, su rostro cubierto por vendajes, ocultando lo que pronto sería la obra maestra de Dorian. No era Isabella, lo sabía. Pero su imagen… su presencia despertaba en mí emociones que creía enterradas hace mucho tiempo.No podía permitirme tales pensamientos. No podía demostrar debilidad. Durante años, mi reputación como el alfa oscuro se había forjado con sangre, miedo y respeto. No iba a permitir que nada ni nadie la pusiera en duda.Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta abriéndose. Marco, mi beta, entró con su usual semblante serio.—Alfa, hemos averiguado lo que nos pidió sobre la chica.Me giré lentamente, enfrentándolo con una mirada helada.—Habla.—Pertenece a la Manada Luna Roja. Estaba comprometida con el alfa Dante Bellucci.—Desde que encontramos a la joven, algunos de los nuestros se quedaron cerca para vigilar los movimientos de su manada.
Enzo.Los días pasaban, y la joven se recuperaba satisfactoriamente, aunque aún seguía inconsciente.Sabía que sobreviviría.Había demostrado de qué estaba hecha cuando escapó de las garras de la muerte.Pero la espera se estaba volviendo insoportable.Dorian no me había permitido presenciar las curaciones. No quería mostrarme el resultado todavía, y la ansiedad me estaba consumiendo.¿Sería posible volver a ver ese rostro angelical que tantas veces me hizo suspirar?Porque, a pesar de que todo esto era parte de mi plan de venganza… anhelaba volver a ver esa sonrisa.Aunque solo se tratara de un espejismo. De algo que yo mismo provoqué.⸻Esa noche, incapaz de soportarlo más, me dirigí a la habitación donde estaba Madeleine.Al entrar, tomé por sorpresa a Dorian.—Enzo, sabes que no debes estar aquí.—Muéstramela.—Todavía no es tiempo.Mis ojos se entrecerraron.—Maldita sea, hazlo ahora.Dorian suspiró, pero terminó cediendo.—Como quieras. —Me miró con seriedad antes de añadir—: Aú
Madeline. El bisturí temblaba en mis manos, la hoja afilada reflejaba la luz tenue de la habitación mientras la presionaba contra mi propia piel. Un simple movimiento y todo acabaría. No más dolor. No más traiciones. No más pesadillas.Mis latidos eran frenéticos, ahogaban mis pensamientos. No sabía dónde estaba, no entendía nada. ¿Cómo podía confiar en que esto no era otro de los juegos macabros de Freya? Quizá solo estaba alargando mi sufrimiento.Un nudo ardiente se formó en mi garganta cuando una voz firme rompió mi espiral de desesperación.—Entonces les vas a dar el gusto de destruirte por completo.Mi cuerpo se tensó. No esperaba esas palabras.—Finalmente Freya y Dante se saldrán con la suya —continuó con una dureza cortante—. Te salvaste del incendio, pero vas a morir como una cobarde, quitándote la vida porque no tienes las agallas de luchar.Lo miré con furia, con rabia, con dolor.—¡Cállate! —grité, sintiendo mi voz quebrarse.Pero él no se detuvo.—Eso es lo que quieren,
Madeline.El silencio en esta habitación se siente asfixiante.Mis pensamientos han sido un torbellino desde que hablé con Enzo. Sus palabras aún resuenan en mi cabeza, duras y filosas como una daga. Me obligó a ver la realidad de una forma en la que nunca antes lo había hecho. Me obligó a enfrentar el hecho de que aún estoy viva.Pero algo no está bien.Dorian entra a la habitación con su habitual expresión tranquila, aunque algo en su mirada me dice que está evaluando cada uno de mis movimientos.—¿Cómo te sientes hoy? —pregunta con esa voz serena que me ha reconfortado más de una vez.Lo miro con cautela antes de responder.—Mejor. Lo suficiente como para hacer una pregunta —digo, manteniendo la voz firme—. Necesito un espejo.Dorian se tensa, apenas un segundo, pero lo noto.—No es el momento.Frunzo el ceño.—¿Por qué?—Aún estamos realizando curaciones en tu rostro. Cuando estés completamente recuperada, podrás verte.Mi estómago se revuelve. Esa no es una respuesta directa, es