Madeline.
La maldad de mi hermanastra no tenía límites.Cuando el caos terminó y el fuego consumió lo que una vez fue mi refugio, ella regresó con sus esbirros para asegurarse de que no quedara rastro alguno que evidenciara su culpabilidad. Freya no era una tonta; sabía que si Dante descubría la verdad, si se enteraba de que me había asesinado, iría contra ella con toda su furia. Sus órdenes habían sido claras: solo desterrarme, apartarme de su camino sin derramar sangre. Pero ella nunca acataba las reglas, no cuando podía salirse con la suya.
—Limpien todo —ordenó con su tono gélido y autoritario—. Que no quede evidencia de lo que ha pasado aquí.
—Así será, mi Luna —respondieron al unísono sus hombres, inclinando la cabeza en señal de respeto.
Freya los recorrió con la mirada, su expresión era la de una fiera que ha conseguido su ansiada presa.
—Más les vale —advirtió, su voz impregnada de veneno—. Porque si cometen el error de hablar… si a alguno de ustedes se le ocurre abrir la boca, yo misma me encargaré de arrancarles la vida.
Los lobos asintieron en silencio, aterrorizados. Sabían que no eran amenazas vacías.
Satisfecha con su trabajo, mi hermanastra se aseguró de borrar cualquier huella de la atrocidad que acababa de cometer y regresó al castillo. Antes de dirigirse a los aposentos de Dante, se detuvo frente al espejo de su habitación. En su mano sostenía el anillo con el que una vez me había comprometido. Lo acarició con una sonrisa perversa.
—Ahora sí, Madeleine, ya no eres un problema.
Se despojó de su ropa y se puso un camisón que dejaba poco a la imaginación. Esa noche sería la suya.
⸻
Dante estaba en su habitación, con una copa de licor en la mano. Su mente estaba enredada en pensamientos oscuros, y ni siquiera la calidez del alcohol lograba disipar la inquietud que lo embargaba.
La puerta se abrió sin previo aviso.
—Ya estoy aquí, mi amor —susurró Freya, deslizando su cuerpo dentro de la habitación con movimientos felinos—. Me aseguré de que todo se hiciera conforme tú querías.
Dante alzó la mirada, su expresión indescifrable.
—Por tu bien, más te vale que solo la hayas desterrado —dijo con voz fría—. Si hiciste algo más, Freya, te juro que…
—Tranquilo, cariño —lo interrumpió ella, acercándose lentamente—. Esa infeliz ya no volverá a molestarnos. No se interpondrá en nuestros planes.
Dante frunció el ceño. Algo en su mirada reflejaba desconfianza, pero el deseo, el resentimiento y la necesidad de olvidar lo nublaban.
—No es bueno que estés aquí —murmuró—. Debemos evitar las murmuraciones… al menos hasta que podamos comprometernos formalmente ante el consejo.
Freya rió suavemente y deslizó sus manos sobre su pecho.
—¿Y a quién demonios le importa lo que diga el consejo? Por fin podemos amarnos libremente.
Se dejó caer sobre la cama y con un movimiento pausado, se desabotonó el camisón. Dante la recorrió con la mirada, y en ese instante, la lucha interna dentro de él se desmoronó.
El deseo los consumió.
Pero su momento de gloria no duró mucho.
Unos gritos se escucharon en los pasillos, seguidos del estruendo de una puerta que se abría de golpe.
—¡Qué demonios significa esto! —rugió mi padre, irrumpiendo en la habitación con el rostro rojo de ira.
Freya se cubrió rápidamente con la sábana, fingiendo pudor, mientras Dante se puso de pie con expresión de fastidio.
—Padre… esto no es lo que parece —intentó decir Freya, con una voz temblorosa y ensayada.
—¡No me tomes por imbécil! —espetó él—. Sé perfectamente lo que acabo de ver. ¡Ustedes dos son unos malditos traidores!
Dante cruzó los brazos y lo miró con desdén, pero fue Freya quien atacó primero.
—¡No es una traición! —exclamó—. ¡Madeleine fue quien lo engañó! ¡Se fue con otro hombre como la zorra que es!
El sonido de la bofetada retumbó en la habitación.
Freya se llevó una mano a la mejilla, sus ojos reflejaban rabia pura.
—¡Siempre lo mismo! —gritó, su voz quebrándose de furia—. ¡Tú nunca me has querido! ¡Siempre fue Madeleine, la perfecta Madeleine! Ella siempre lo tuvo todo. Tu amor, tu admiración… el lugar que debió ser mío. ¡Por eso la odio, la aborrezco con toda mi alma!
—¡No te atrevas a hablar así de mi hija! —vociferó mi padre, con la furia ardiendo en su interior.
Freya lo miró con desprecio.
—¿Tu hija? —se burló—. No, padre. La favorita, la intocable, la que siempre estuvo por encima de mí, aunque yo me desviviera por recibir una puta migaja de tu cariño. Pero ¿sabes qué? No me importa. Porque ahora, ella ya no está.
Mi padre la observó con asco y horror.
—Dioses… —murmuró—. Ahora entiendo todo.
Respiró hondo y se irguió con decisión.
—Los voy a exponer ante el consejo.
Pero Dante ya se había movido.
Antes de que pudiera dar un paso, lo tomó por el cuello y lo estampó contra la pared.
—No harás ni una m****a —gruñó con voz letal—. Si abres la boca, te juro que no vivirás para contarlo.
Mi padre intentó liberarse, pero la fuerza del alfa era superior. Sus manos se aferraron a las de Dante, pero poco a poco su fuerza se desvanecía.
Freya solo miraba, con una sonrisa de satisfacción en los labios.
Y mientras tanto, yo me debatía entre la vida y la muerte en una sala de operaciones.
Dorian hacía todo lo posible por mantenerme con vida. Sentía mi corazón latiendo desbocado, mi cuerpo al borde del colapso. Una sensación de asfixia me invadió de pronto, como si algo invisible me estuviera arrebatando el aire.
Y entonces, una voz.
—Tranquila, pequeña…
Era profunda, cálida, llena de una autoridad reconfortante.
Una mano fuerte sostuvo la mía.
—Estás viva… y eso es lo único que importa.
Su aroma me envolvió, un aroma embriagador, salvaje y dominante, que alteró todos mis sentidos.
Sin saber por qué, quise aferrarme a esa voz. Quise aferrarme a la vida.
Mi padre luchaba con todas sus fuerzas, tratando de liberarse de las garras de Dante, que lo sujetaban con fiereza. Su cuerpo se sacudía violentamente, intentando zafarse, pero la fuerza del otro era abrumadora. Respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba erráticamente, luchando por llevar aire a sus pulmones.—¡Déjame, maldito! —gruñó, forcejeando con desesperación.Pero Dante no tenía intención de soltarlo. Su rostro estaba desencajado, sus ojos inyectados en sangre reflejaban furia y determinación.—Eres un estorbo… —susurró entre dientes.Y, sin dudarlo, hundió sus garras en la garganta de mi padre.Un chorro de sangre brotó de la herida, empapando sus manos. El cuerpo de mi padre se estremeció antes de caer pesadamente al suelo, con los ojos abiertos, fijos en un punto vacío.Dante respiraba agitadamente, sus manos temblaban mientras observaba el cadáver.—¡Maldita sea! ¿Por qué tuviste que venir aquí? —bramó, con una mezcla de ira y desesperación.Freya, a su lado, observa
Enzo.El sonido de la camilla deslizándose por el suelo resonaba en la habitación. La chica seguía inconsciente, su rostro cubierto por vendajes, ocultando lo que pronto sería la obra maestra de Dorian. No era Isabella, lo sabía. Pero su imagen… su presencia despertaba en mí emociones que creía enterradas hace mucho tiempo.No podía permitirme tales pensamientos. No podía demostrar debilidad. Durante años, mi reputación como el alfa oscuro se había forjado con sangre, miedo y respeto. No iba a permitir que nada ni nadie la pusiera en duda.Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta abriéndose. Marco, mi beta, entró con su usual semblante serio.—Alfa, hemos averiguado lo que nos pidió sobre la chica.Me giré lentamente, enfrentándolo con una mirada helada.—Habla.—Pertenece a la Manada Luna Roja. Estaba comprometida con el alfa Dante Bellucci.—Desde que encontramos a la joven, algunos de los nuestros se quedaron cerca para vigilar los movimientos de su manada.
Enzo.Los días pasaban, y la joven se recuperaba satisfactoriamente, aunque aún seguía inconsciente.Sabía que sobreviviría.Había demostrado de qué estaba hecha cuando escapó de las garras de la muerte.Pero la espera se estaba volviendo insoportable.Dorian no me había permitido presenciar las curaciones. No quería mostrarme el resultado todavía, y la ansiedad me estaba consumiendo.¿Sería posible volver a ver ese rostro angelical que tantas veces me hizo suspirar?Porque, a pesar de que todo esto era parte de mi plan de venganza… anhelaba volver a ver esa sonrisa.Aunque solo se tratara de un espejismo. De algo que yo mismo provoqué.⸻Esa noche, incapaz de soportarlo más, me dirigí a la habitación donde estaba Madeleine.Al entrar, tomé por sorpresa a Dorian.—Enzo, sabes que no debes estar aquí.—Muéstramela.—Todavía no es tiempo.Mis ojos se entrecerraron.—Maldita sea, hazlo ahora.Dorian suspiró, pero terminó cediendo.—Como quieras. —Me miró con seriedad antes de añadir—: Aú
Madeline. El bisturí temblaba en mis manos, la hoja afilada reflejaba la luz tenue de la habitación mientras la presionaba contra mi propia piel. Un simple movimiento y todo acabaría. No más dolor. No más traiciones. No más pesadillas.Mis latidos eran frenéticos, ahogaban mis pensamientos. No sabía dónde estaba, no entendía nada. ¿Cómo podía confiar en que esto no era otro de los juegos macabros de Freya? Quizá solo estaba alargando mi sufrimiento.Un nudo ardiente se formó en mi garganta cuando una voz firme rompió mi espiral de desesperación.—Entonces les vas a dar el gusto de destruirte por completo.Mi cuerpo se tensó. No esperaba esas palabras.—Finalmente Freya y Dante se saldrán con la suya —continuó con una dureza cortante—. Te salvaste del incendio, pero vas a morir como una cobarde, quitándote la vida porque no tienes las agallas de luchar.Lo miré con furia, con rabia, con dolor.—¡Cállate! —grité, sintiendo mi voz quebrarse.Pero él no se detuvo.—Eso es lo que quieren,
Madeline.El silencio en esta habitación se siente asfixiante.Mis pensamientos han sido un torbellino desde que hablé con Enzo. Sus palabras aún resuenan en mi cabeza, duras y filosas como una daga. Me obligó a ver la realidad de una forma en la que nunca antes lo había hecho. Me obligó a enfrentar el hecho de que aún estoy viva.Pero algo no está bien.Dorian entra a la habitación con su habitual expresión tranquila, aunque algo en su mirada me dice que está evaluando cada uno de mis movimientos.—¿Cómo te sientes hoy? —pregunta con esa voz serena que me ha reconfortado más de una vez.Lo miro con cautela antes de responder.—Mejor. Lo suficiente como para hacer una pregunta —digo, manteniendo la voz firme—. Necesito un espejo.Dorian se tensa, apenas un segundo, pero lo noto.—No es el momento.Frunzo el ceño.—¿Por qué?—Aún estamos realizando curaciones en tu rostro. Cuando estés completamente recuperada, podrás verte.Mi estómago se revuelve. Esa no es una respuesta directa, es
Enzo.La noticia de su escape me golpea como una maldita daga.—¡¿Cómo diablos pasó esto?! —gruño, mirando a mis hombres con furia.Los centinelas bajan la cabeza, temblorosos.—Ella… ella fue rápida, Alfa. Se nos escapó antes de que pudiéramos reaccionar.Aprieto los puños, sintiendo cómo la rabia se instala en mi pecho, pero junto con ella… algo más.Un presentimiento oscuro.Algo no está bien.Un impulso primitivo me oprime el pecho, como si algo dentro de mí me exigiera que la encontrara. Que la protegiera.Mi mandíbula se tensa.¿Será la marca de la Luna?No quiero aceptar la idea, pero cada célula de mi cuerpo me grita que ella está en peligro.—Busquen su rastro —ordeno con voz cortante—. No la quiero fuera de mi vista ni un segundo más.Me interno en el bosque, siguiendo su esencia. Es más fuerte de lo que imaginé, como si su presencia me llamara sin necesidad de verla.Y entonces lo escucho.Risas.Carcajadas perversas que me provocan un escalofrío de furia.Me acerco sigilos
Madeline.Hoy sería el día más importante de mi vida.El día en que mi destino cambiaría para siempre.Frente al espejo, observé mi reflejo con el corazón latiéndome en el pecho. No podía creer que esa joven que me devolvía la mirada fuera yo.Mi piel parecía más luminosa que nunca, como si el brillo en mis ojos iluminara cada rincón de la habitación. El vestido blanco se ceñía perfectamente a mi figura, con finos bordados que parecían entrelazarse como raíces de plata sobre la tela. Mi cabello caía en una trenza suelta, adornada con pequeñas flores que relucían como estrellas.Era como si en ese momento todo lo malo hubiera quedado atrás. Los miedos, las dudas… nada importaba.Hoy me casaría con Dante.Sentí un nudo en la garganta al pensar en él. El alfa de nuestra manada… fuerte, imponente y protector. Desde que éramos niños había sentido algo especial por él, y aunque nuestras vidas nos habían llevado por caminos distintos, el destino terminó por unirnos.Por fin sería su compañer
Madeline. El sonido de una puerta crujiendo me sacó del letargo en el que estaba sumida. Mi cabeza latía como si me hubieran golpeado con una piedra, y el ardor en mis muñecas me recordaba que seguían atadas.Traté de moverme, pero el entumecimiento me lo impidió. Entonces la vi… Freya estaba de pie frente a mí, con una sonrisa burlona que me heló la sangre.—Vaya… por fin nuestra novia fugitiva despertó —se mofó con tono venenoso.Mi mirada se dirigió a la figura que estaba detrás de ella. Dante. Mi prometido. Mis labios temblaron y mi voz apenas salió.—¿Ustedes…? —balbuceé, incrédula—. ¿Ustedes están detrás de esto?—Por supuesto, estúpida —se burló Freya—. Lo planeamos juntos.El impacto me dejó sin aire.—No… no puede ser —murmuré—. ¿Por qué? ¿Por qué me están haciendo esto? Tú eres mi hermana… Y tú… tú eras el hombre con el que iba a casarme…La sonrisa de Freya se ensanchó con crueldad.—¿Hermana? —espetó con desprecio—. Tú y yo no somos nada. La hija del beta siempre fuiste t