Madeline.Hoy sería el día más importante de mi vida.El día en que mi destino cambiaría para siempre.Frente al espejo, observé mi reflejo con el corazón latiéndome en el pecho. No podía creer que esa joven que me devolvía la mirada fuera yo.Mi piel parecía más luminosa que nunca, como si el brillo en mis ojos iluminara cada rincón de la habitación. El vestido blanco se ceñía perfectamente a mi figura, con finos bordados que parecían entrelazarse como raíces de plata sobre la tela. Mi cabello caía en una trenza suelta, adornada con pequeñas flores que relucían como estrellas.Era como si en ese momento todo lo malo hubiera quedado atrás. Los miedos, las dudas… nada importaba.Hoy me casaría con Dante.Sentí un nudo en la garganta al pensar en él. El alfa de nuestra manada… fuerte, imponente y protector. Desde que éramos niños había sentido algo especial por él, y aunque nuestras vidas nos habían llevado por caminos distintos, el destino terminó por unirnos.Por fin sería su compañer
Madeline. El sonido de una puerta crujiendo me sacó del letargo en el que estaba sumida. Mi cabeza latía como si me hubieran golpeado con una piedra, y el ardor en mis muñecas me recordaba que seguían atadas.Traté de moverme, pero el entumecimiento me lo impidió. Entonces la vi… Freya estaba de pie frente a mí, con una sonrisa burlona que me heló la sangre.—Vaya… por fin nuestra novia fugitiva despertó —se mofó con tono venenoso.Mi mirada se dirigió a la figura que estaba detrás de ella. Dante. Mi prometido. Mis labios temblaron y mi voz apenas salió.—¿Ustedes…? —balbuceé, incrédula—. ¿Ustedes están detrás de esto?—Por supuesto, estúpida —se burló Freya—. Lo planeamos juntos.El impacto me dejó sin aire.—No… no puede ser —murmuré—. ¿Por qué? ¿Por qué me están haciendo esto? Tú eres mi hermana… Y tú… tú eras el hombre con el que iba a casarme…La sonrisa de Freya se ensanchó con crueldad.—¿Hermana? —espetó con desprecio—. Tú y yo no somos nada. La hija del beta siempre fuiste t
Enzo.El aire de la noche me golpeó de frente. Había decidido salir a cazar porque las malditas pesadillas no me dejaban dormir. Se repetían en mi mente cada noche, atormentándome con la misma escena: la noche en que perdí a Isabella. Ella había salido de la manada después de nuestra discusión, y yo, consumido por mi orgullo, no salí a buscarla hasta que ya era demasiado tarde. La encontramos destrozada, violada y muerta. El recuerdo de ese momento me perseguía cada noche, y las pesadillas me atormentaban sin cesar.Desde entonces, mi existencia se convirtió en una guerra. Luché para que mi manada fuera la más poderosa, hasta convertirme en lo que ahora soy: el alfa oscuro. Mi objetivo era claro: vengarme de aquel que me arrebató a Isabella y destrozarlo con mis propias manos.Estaba perdido en mis pensamientos cuando, a lo lejos, vislumbré un fuego hambriento devorándolo todo a su paso. El terror se aferró a mis entrañas como garras afiladas. Otra vida a punto de ser consumida.—¡Mué
Madeline. La maldad de mi hermanastra no tenía límites.Cuando el caos terminó y el fuego consumió lo que una vez fue mi refugio, ella regresó con sus esbirros para asegurarse de que no quedara rastro alguno que evidenciara su culpabilidad. Freya no era una tonta; sabía que si Dante descubría la verdad, si se enteraba de que me había asesinado, iría contra ella con toda su furia. Sus órdenes habían sido claras: solo desterrarme, apartarme de su camino sin derramar sangre. Pero ella nunca acataba las reglas, no cuando podía salirse con la suya.—Limpien todo —ordenó con su tono gélido y autoritario—. Que no quede evidencia de lo que ha pasado aquí.—Así será, mi Luna —respondieron al unísono sus hombres, inclinando la cabeza en señal de respeto.Freya los recorrió con la mirada, su expresión era la de una fiera que ha conseguido su ansiada presa.—Más les vale —advirtió, su voz impregnada de veneno—. Porque si cometen el error de hablar… si a alguno de ustedes se le ocurre abrir la bo
Mi padre luchaba con todas sus fuerzas, tratando de liberarse de las garras de Dante, que lo sujetaban con fiereza. Su cuerpo se sacudía violentamente, intentando zafarse, pero la fuerza del otro era abrumadora. Respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba erráticamente, luchando por llevar aire a sus pulmones.—¡Déjame, maldito! —gruñó, forcejeando con desesperación.Pero Dante no tenía intención de soltarlo. Su rostro estaba desencajado, sus ojos inyectados en sangre reflejaban furia y determinación.—Eres un estorbo… —susurró entre dientes.Y, sin dudarlo, hundió sus garras en la garganta de mi padre.Un chorro de sangre brotó de la herida, empapando sus manos. El cuerpo de mi padre se estremeció antes de caer pesadamente al suelo, con los ojos abiertos, fijos en un punto vacío.Dante respiraba agitadamente, sus manos temblaban mientras observaba el cadáver.—¡Maldita sea! ¿Por qué tuviste que venir aquí? —bramó, con una mezcla de ira y desesperación.Freya, a su lado, observa
Enzo.El sonido de la camilla deslizándose por el suelo resonaba en la habitación. La chica seguía inconsciente, su rostro cubierto por vendajes, ocultando lo que pronto sería la obra maestra de Dorian. No era Isabella, lo sabía. Pero su imagen… su presencia despertaba en mí emociones que creía enterradas hace mucho tiempo.No podía permitirme tales pensamientos. No podía demostrar debilidad. Durante años, mi reputación como el alfa oscuro se había forjado con sangre, miedo y respeto. No iba a permitir que nada ni nadie la pusiera en duda.Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta abriéndose. Marco, mi beta, entró con su usual semblante serio.—Alfa, hemos averiguado lo que nos pidió sobre la chica.Me giré lentamente, enfrentándolo con una mirada helada.—Habla.—Pertenece a la Manada Luna Roja. Estaba comprometida con el alfa Dante Bellucci.—Desde que encontramos a la joven, algunos de los nuestros se quedaron cerca para vigilar los movimientos de su manada.
Enzo.Los días pasaban, y la joven se recuperaba satisfactoriamente, aunque aún seguía inconsciente.Sabía que sobreviviría.Había demostrado de qué estaba hecha cuando escapó de las garras de la muerte.Pero la espera se estaba volviendo insoportable.Dorian no me había permitido presenciar las curaciones. No quería mostrarme el resultado todavía, y la ansiedad me estaba consumiendo.¿Sería posible volver a ver ese rostro angelical que tantas veces me hizo suspirar?Porque, a pesar de que todo esto era parte de mi plan de venganza… anhelaba volver a ver esa sonrisa.Aunque solo se tratara de un espejismo. De algo que yo mismo provoqué.⸻Esa noche, incapaz de soportarlo más, me dirigí a la habitación donde estaba Madeleine.Al entrar, tomé por sorpresa a Dorian.—Enzo, sabes que no debes estar aquí.—Muéstramela.—Todavía no es tiempo.Mis ojos se entrecerraron.—Maldita sea, hazlo ahora.Dorian suspiró, pero terminó cediendo.—Como quieras. —Me miró con seriedad antes de añadir—: Aú
Madeline. El bisturí temblaba en mis manos, la hoja afilada reflejaba la luz tenue de la habitación mientras la presionaba contra mi propia piel. Un simple movimiento y todo acabaría. No más dolor. No más traiciones. No más pesadillas.Mis latidos eran frenéticos, ahogaban mis pensamientos. No sabía dónde estaba, no entendía nada. ¿Cómo podía confiar en que esto no era otro de los juegos macabros de Freya? Quizá solo estaba alargando mi sufrimiento.Un nudo ardiente se formó en mi garganta cuando una voz firme rompió mi espiral de desesperación.—Entonces les vas a dar el gusto de destruirte por completo.Mi cuerpo se tensó. No esperaba esas palabras.—Finalmente Freya y Dante se saldrán con la suya —continuó con una dureza cortante—. Te salvaste del incendio, pero vas a morir como una cobarde, quitándote la vida porque no tienes las agallas de luchar.Lo miré con furia, con rabia, con dolor.—¡Cállate! —grité, sintiendo mi voz quebrarse.Pero él no se detuvo.—Eso es lo que quieren,