El alfa oscuro

Enzo.

El aire de la noche me golpeó de frente. Había decidido salir a cazar porque las malditas pesadillas no me dejaban dormir. Se repetían en mi mente cada noche, atormentándome con la misma escena: la noche en que perdí a Isabella. Ella había salido de la manada después de nuestra discusión, y yo, consumido por mi orgullo, no salí a buscarla hasta que ya era demasiado tarde. La encontramos destrozada, violada y muerta. El recuerdo de ese momento me perseguía cada noche, y las pesadillas me atormentaban sin cesar.

Desde entonces, mi existencia se convirtió en una guerra. Luché para que mi manada fuera la más poderosa, hasta convertirme en lo que ahora soy: el alfa oscuro. Mi objetivo era claro: vengarme de aquel que me arrebató a Isabella y destrozarlo con mis propias manos.

Estaba perdido en mis pensamientos cuando, a lo lejos, vislumbré un fuego hambriento devorándolo todo a su paso. El terror se aferró a mis entrañas como garras afiladas. Otra vida a punto de ser consumida.

—¡Muévanse rápido! —rugí—. Si alguien está dentro, lo sacaremos.

Mis órdenes no se cuestionaban. Marco, mi beta, rastreó el perímetro y encontró un hueco. Sin dudarlo, me lancé dentro, ignorando el calor sofocante y el humo abrasador. Y entonces la vi. Un cuerpo ennegrecido, un rostro destrozado, irreconocible. Pero aún respiraba.

Improvisé una camilla con lo que pude.

—Tenemos que llevarla a la manada.

Marco dudó.

—Mi alfa… esa mujer está a punto de morir.

Le sostuve la mirada, letal.

—¿Acaso estás cuestionando mis órdenes?

Un instante de silencio.

—No, mi alfa.

—Entonces haz lo que digo.

Nos largamos de ahí sin mirar atrás. No sabía quién era. No sabía si sobreviviría. Pero cuando vi la Marca de la Luna en su cuerpo, lo supe. El destino no había terminado conmigo.

Llegamos a la Manada de las Sombras. Atravesé el castillo a toda velocidad con la mujer en brazos, buscando al único hombre capaz de salvarla. No entendía por qué, pero me preocupaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Desde el momento en que la vi, algo dentro de mí gritó por ayudarla.

—¡Busquen a Dorian y díganle que tenga todo listo! —ordené sin detenerme.

Mis hombres no perdieron tiempo y se dispersaron de inmediato. Cuando entré en la sala principal, Dorian ya tenía todo preparado. Siempre estaba un paso adelante. Médico, científico, mago… pero sobre todo, mi confidente y mi consejero más leal.

Me miró con el ceño fruncido mientras yo depositaba el cuerpo destrozado de la mujer sobre la camilla.

—Haré lo que pueda —dijo mientras la examinaba rápidamente—, pero esta mujer está muy mal.

—No puede morir, Dorian —repliqué con firmeza—. Hay demasiado en juego. Así que te exijo que la salves.

Dorian soltó un suspiro.

—No siempre podemos ganarle a la muerte, Enzo. Tú mejor que nadie lo sabes.

—Deja de perder el tiempo y ponte manos a la obra.

Dorian no respondió, pero la tensión entre nosotros se volvió más densa. Tras un momento, su mirada se oscureció.

—La joven está irreconocible. Necesito una referencia de su rostro para poder reconstruirlo.

Saqué un retrato de mi chaqueta y lo puse frente a él.

—No necesitas saber cómo era. Así es como quiero que se vea de ahora en adelante.

Dorian quedó inmóvil por unos segundos. Sus ojos fueron del retrato a mí, y luego de nuevo al retrato. Su mandíbula se tensó.

—Sabes lo que pasará cuando despierte y se vea al espejo. Cuando no se reconozca. 

Dorian soltó una risa seca, sin rastro de diversión.

—Tú no quieres salvar a esta chica… quieres una réplica de Isabella —dijo, su voz llena de tristeza y frustración.

Mi mirada se endureció.

—Esto no terminará bien, y lo sabes —insistió.

Lo ignoré.

—Esto no es un juego, Enzo —dijo Dorian, su voz llena de gravedad—. Estás jugando con la vida de esta mujer, y con tu propia cordura.

Mi respuesta fue un silencio glacial.

Dorian resopló, resignado.

—En fin... haré lo que me pides. Solo espero que no nos arrepintamos después.

Pero yo no pensaba arrepentirme. Las cartas estaban echadas. Y pronto, el destino pondría a esos malnacidos frente a nosotros. Esta vez, no podrían escapar. Con el poder de la nueva Isabella y mi propia Marca de la Luna, seríamos imparables. Nada ni nadie podría evitar que sus cabezas rodaran.

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