Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que había llegado hace un rato a la universidad, donde había varios grupos de personas y en donde distinguió el suyo de inmediato. Como siempre, iba con la cabeza agachada para que nadie la viera a los ojos y también para no salir corriendo.
Algunas miradas se posaron en ella, ya que era la nueva entre todos los demás. Aunque, algunos no poseían la belleza que tenía con solo tener diecinueve años y más aún la actitud sumisa que tenía con tan solo mirarla por unos pocos segundos.
Charlotte fue de inmediato a la dirección para buscar el horario de clases que se le asignaría en ese semestre en la universidad. La secretaria no era del todo amigable con ella, por lo que optó por solamente decir buenos días y pedir su horario para no salir corriendo.
Miró su horario, al mismo tiempo que iba mirando las puertas con los números en ellas para saber la sección y el aula que le tocaba, un suspiro salió de sus labios cuando distinguió la puerta de su primera clase. Tocó varias veces donde una señora de mediana edad la miró de arriba hacia abajo con cara de pocos amigos.
— Llega tarde —acusó con voz rasposa, y distorsionada, para ser una maestra de universidad.
— Lo siento, es que soy nueva —expresó agachando la cabeza.
— Por eso la dejaré pasar, para la próxima se queda afuera de mi clase —informó sería, y Charlotte asintió—. Siéntate con la chica del pelo rubio.
Charlotte de inmediato fue a sentarse con la persona que la maestra le había dicho, las miradas no se hicieron esperar y agradeció que su cabello fuera rizado y largo para esquivar algunas miradas de su cuerpo.
— Hola, soy Nadia Green —la chica que se había presentado le dio una sonrisa.
— Soy Charlotte Adams —respondió nerviosa.
La rubia estaba por decir algo, pero en ese momento la maestra habló con voz alta llamando la atención de los estudiantes, logrando que el silencio reinara en el lugar.
— Chicos, van a tener que hacer una entrevista a un empresario. Los nombres están aquí en esta pequeña bolsa, ellos son los que aportan dinero a las becas que les damos a los estudiantes —miró a un grupo de chicos, los cuales se callaron desde que sintieron la mirada de la maestra—. Los empresarios ya saben que ustedes van a ir a hacerles una entrevista, así que vengan por orden a buscar los nombres —terminó de hablar y luego se sentó.
Uno por uno, se fueron levantando de sus asientos para buscar los nombres. Algunas de las chicas soltaron gritos de felicidad cuando en el papel que tomaron les había salido la persona que deseaban, mientras que otros solo bufaron.
— ¿Quién te ha tocado? —preguntó Nadia, muy curiosa.
— Me tocó… —abrió el papel—. Damián Walter —respondió como si nada, y ella abre los ojos como platos—. ¿Qué pasa? —preguntó curiosa por su actitud.
— ¿No sabes quién es Damián Walter? —negó con la cabeza—. Él es uno de los empresarios más codiciados del mundo entero —Charlotte negó con la cabeza, y se encogió de hombros.
— ¿Y bien a ti? ¿A quién te ha tocado hacerle una entrevista? —preguntó curiosa, y la rubia se puso como un tomate.
— A mí me tocó alguien que cada vez que lo veo en el periódico se me hace agua la boca, James Mitchel.
— Qué suerte tienes, Nad ¿Te imaginas si pasa algo más en esa entrevista? —preguntó con voz pícara, algo que no era normal en ella.
— No va a pasar nada. Él, es una persona que está fuera de mi alcance. Tiene ocho años más que yo. ¿Qué va a hacer él fijándose en alguien como yo de diecinueve años y que ahora es que va a comenzar a ir a la universidad? —preguntó en un tono melancólico.
— La esperanza es lo último que se pierde, Nad —tocó su hombro en forma de apoyo.
— Como todos tienen los nombres que se les han asignado, tienen hasta el viernes para hacer la entrevista —informó y tocaron el timbre y todos salimos disparados de ahí.
— ¿Qué clase te toca, mi amiga? —pregunta con una voz curiosa.
— Me toca matemáticas ¿Y a ti?
— Igual, parece que tenemos las mismas clases —sonrió.
Y como Nadia había dicho, ambas tenían algunas de las asignaturas juntas, a excepción de las materias de la carrera a la cual eran totalmente diferentes. Después de tomar algunas clases juntas, ambas estaban caminando. Pero Charlotte podía sentir en cada cierto tiempo varias miradas sobre ella, pero cada vez que se daba la vuelta no podía divisar a nadie por la multitud de personas en los pasillos y Nadia se dio cuenta de eso. — ¿Oye que tienes? Estás pálida —le preguntó Nadia tocando su hombro. — No es nada —negó—. Es solo que sentía que alguien me vigilaba, pero no estoy segura — comenzó a caminar hacia la salida. — Es solamente tu imaginación —comentó caminando, junto con ella. — Sí, de seguro es eso. Cambiando de tema, ¿Quieres ir a mi dormitorio a investigar sobre Damián Walter? — Sí, vamos —asintió Nadia siguiéndola. Para Charlotte y Nadia fue una gran sorpresa que sus dormitorios estuvieran uno al lado del otro, así que no tendrían que estar caminando mucho cuando necesit
Se despidió de Nadia con un ademán de manos cuando llegó a su parada correspondiente. Entró a lo que parecía ser la recepción, todo era tan lindo que parecía que si tocaba algo pudiera romperlo. Caminó hacia lo que parecía ser la recepcionista del lugar.— Buenas tardes, señorita —dijo con una pequeña sonrisa en sus labios, tratando de que sus nervios no salieran tan a flote.— Buenas tardes, joven. ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó la otra humana también con una sonrisa.— Soy Charlotte Adams —se presentó—. Vengo a realizarle una entrevista al señor Walter por parte de la universidad de Doncaster.— Oh, ya veo. Déjame ver si él está disponible ahora —comentó ella y marcó unos números y comenzó a hablar.Charlotte asintió, y dirigió su mirada hacia toda la recepción, viendo algunas cosas, las cuales llamaron su atención por ser tan jovial.— Señorita —llamó la atención de Charlotte—. La están esperando. La oficina del señor está en el último piso. O sea, el piso cuarenta y cinco. Teng
Cada cierto tiempo miraba de reojo o mejor dicho cuando sentía la mirada curiosa de su acompañante ese día. Llegaron en poco tiempo al restaurante donde fueron atendidos de inmediato por un mesero que los condujo hacia un reservado por órdenes de Damián.Una vez que estuvieron cómodos les fue servido vino tinto y Charlotte se sintió como si fuera una persona importante ese día.— Bueno, señorita Adams, hábleme un poco de su vida —dijo Damián, bebiendo de su copa de vino, y Charlotte negó con la cabeza.— No sé qué decirle. No me gusta hablar de mí —mordió su labio, otra vez ese día.— Señorita Adams, le sugiero que deje de morderse el labio o me veré en la obligación de hacer cosas de la que no me voy a arrepentir después —ordenó un tanto serio, y ella suelta su labio de forma inmediata—. Ya que no quiere decirme nada de su vida, hay que comenzar la entrevista —ordenó con voz, dura e intimidante.Después de unos cuantos intentos fallidos en tratar de calmar sus nervios, suspiró.— Bie
Charlotte estaba totalmente frustrada por no encontrar su grabadora por ningún lado en su habitación. La había buscado por cielo, mar y tierra, literalmente. — Hola, querida amiga —saludó Nadia, entrando a la habitación como si fuese la suya. — ¿No te enseñaron a tocar? —preguntó frustrada. — Oye, no te desquites tu enojo conmigo —contestó Nadia sentándose en la cama. — Perdón —se disculpó—. Es que perdí mi grabadora en el carro del señor Walter —se acostó en la cama, con mucha frustración. — Oh —Nadia se sintió mal por lo que le pasó a Charlotte—. Mañana puedes ir de todas formas, porque no tienes clases ni yo tampoco —le sonrió, tratando de que se le quitara un poco la tensión que tenía. — Sí, tienes razón ¿Cómo te fue con Mitchel? — Me fue bien. Lo único malo es que tuve que esperarlo por casi una hora, hasta que llegará —hizo una mueca. — Sí, lo vi en la oficina del señor Walter. — Me trató superbién, me llevó a comer a su casa y es gigantesca —la humana abrió los brazos.
El desayuno llegó después de unos incómodos quince minutos, Damián no paraba de mirarla y ella no dudó en sacar su viejo celular y pretender que jugaba en él.— Buen provecho —sonrió, y Charlotte hizo lo mismo.— Igual —comenzó a comer.— ¿Por qué no me quiso hablar de su vida ayer? —preguntó el alfa y Charlotte se atragantó con la tostada.— Porque no es algo que le interese —respondió mordiéndose el labio.— Pero no entiendo por qué no, lo que hablemos no saldrá de aquí.— Bueno, eso espero — suspiró—. Vengo de un pueblo pequeño. En mi último año en el instituto que estudiaba antes me hacían acoso escolar por ser una “cerebrito”, mi padre siempre ha estado conmigo desde que mi madre nos abandonó. Yo apenas tenía tres años, no la odio —desvié la mirada por un momento—. Mi padre siempre ha trabajado duro para mantenernos y poder mandarme aquí a estudiar, cuando vi la oportunidad de una beca lejos de casa, la acepte de una vez y aquí me tiene.— Eso es increíble lo que me has contado.
Una Charlotte destrozada, su padre, su amigo de toda la vida en una cama de hospital. Ella no sabe qué hacer. La cuenta del hospital es alta y no tiene dinero para pagar la cirugía de su padre.No tiene la más remota idea de donde sacara todo ese dinero, pero de algo estaba segura, que ayudaría a su padre a salir de esa, aunque sea lo último que haga en la vida.Su estado de ánimo decayó durante el tiempo en el cual estuvo sentada en la sala de espera. Cada persona que pasaba por esos rumbos se daba cuenta de que esa chica no tendría las cosas fáciles.Cada cierto tiempo se secaba las lágrimas que caían por sus mejillas, pero estas volvían a salir como agua en un río. Su celular hizo el típico sonido de una llamada entrante. — Hola —limpió las lágrimas de sus mejillas o al menos lo intentó,— Charlotte, amiga, soy Nadia. ¿Cómo estás? —preguntó Nadia del otro lado de la línea.— Estoy más o menos, no sé qué hacer, la cuenta del hospital es alta y no tengo el dinero para pagar nada y s
El teléfono que le dio no parece de una oficina, mejor dicho parece de su teléfono personal. Al tercer tono contestó.— ¿Hola? ¿Con quién hablo?— Señor Walter, soy Charlotte Adams —anunció, limpiando sus lágrimas.— Sí, Charlotte, ¿qué deseas? —contestó, interesado.— Acepto su propuesta para hacer la niñera de su hijo —Damián no pudo evitar sonreír.— ¿Y qué te hizo cambiar de opinión tan rápido? —cuestionó, recostándose en su escritorio.— Necesito dinero para algo —se recostó.— ¿Y para qué lo necesitas? ¿Si se puede saber? —preguntó curioso.— Estoy en el hospital… —intentó responder, y Damián no esperó a que ella terminara de hablar.— ¿Qué tienes? ¿Estás mal? ¿Qué te pasó? —indagó, rápidamente.— No, yo no tengo nada. Estoy aquí porque mi padre está hospitalizado en el hospital central de Doncaster —murmuró llorando nuevamente.— ¿Qué es exactamente lo que tiene tu padre? — Tiene un tumor cerebral, tiene que ser operado esta misma semana, por eso es que lo estoy llamando a ust
Charlotte estaba sumamente nerviosa, ese día iría a la oficina del señor Walter después de que saliera de la universidad. Al fin ella había aceptado ser la niñera de su hijo hasta que uno de los dos se cansará del otro. Estaba que se comía las uñas después de que había firmado el contrato. Ya las clases habían pasado, ella y Nadia estaban en su dormitorio, para verificar lo que Charlotte había firmado.— Bien, según esto, lo que has subrayado —tomó la hoja entre sus manos—. Debes estar muy al pendiente del niño, nada de andar mirando a otro lado. Si algo le pasa a Michael tendrás que ir a la cárcel por incumplir el contrato— enumeró Nadia, riéndose de lo último que escribió su amiga.&m