El sonido de sus tacones resonaba en el reluciente piso de mármol cuando Natalia cruzó la recepción de Montalvo Corp por primera vez como empleada. Aunque su rostro reflejaba tranquilidad, por dentro su corazón latía con fuerza. Este era el primer paso real dentro del imperio de su padre.
Vestía un traje de falda y chaqueta en tono azul marino, elegante pero discreto. Había pasado horas ensayando frente al espejo, asegurándose de que cada detalle de su apariencia proyectara profesionalismo. No podía cometer errores.
-Señorita Guerra, por aquí -dijo una joven con gafas, que parecía tener poco más de veinte años.
-Gracias... -leyó el gafete de la chica- Mariana.
-Soy la asistente del señor Ríos, él me pidió que te mostrara la oficina.
Natalia la siguió por un pasillo de paredes de cristal. Desde ahí, podía ver la actividad en las oficinas: teléfonos sonando, personas escribiendo en laptops de última generación, reuniones en salas con vista panorámica de la ciudad.
-Aquí estamos -anunció Mariana, deteniéndose frente a un cubículo espacioso-. Tu puesto está aquí, junto a los demás asistentes del departamento.
Natalia observó su nuevo espacio de trabajo: un escritorio de madera clara con una computadora, un teléfono y una agenda corporativa con el logo de la empresa grabado en dorado. Era más de lo que había tenido en toda su vida.
-¿Quieres un consejo? -susurró Mariana, inclinándose levemente-. No te metas con la gente de arriba. Mantente en tu trabajo y no hagas preguntas.
Natalia arqueó una ceja.
-¿Por qué lo dices?
Mariana miró a los lados, asegurándose de que nadie la escuchara.
-Porque este lugar es una jungla -respondió en voz baja-. Hay peleas de poder constantes, traiciones, despidos repentinos... Si te equivocas, te devoran.
Natalia sonrió levemente.
-Gracias por el consejo.
Pero no había venido a Montalvo Corp a ser una empleada más.
El día pasó entre correos electrónicos, llamadas y documentos que Natalia tenía que revisar. Se sorprendió de lo rápido que captaba los procesos de la empresa, memorizando nombres y conexiones clave.Justo cuando pensaba que el día terminaría sin incidentes, Matías Ríos apareció con una carpeta en la mano.
-Natalia, ven conmigo -ordenó con tono serio.
Ella lo siguió hasta una sala de reuniones con ventanales enormes. En el centro, había una mesa de madera oscura donde estaban sentadas varias personas. Entre ellas, un hombre que emanaba autoridad.
Su padre.
El impacto de verlo en persona la golpeó más fuerte de lo que imaginó. Había visto fotos de Esteban Montalvo en internet, pero ninguna capturaba del todo la presencia que tenía.
Alto, de cabello oscuro con algunas canas en las sienas, traje a la medida y expresión impenetrable. Sus ojos grises analizaban cada detalle de la reunión con frialdad.
Él no tenía idea de que su propia hija acababa de entrar en la sala.
-Señor Montalvo -dijo Matías-, esta es Natalia Guerra, la nueva asistente del departamento.
Los ojos de Esteban pasaron brevemente sobre ella, como si estuviera evaluándola en cuestión de segundos.
-Espero que sea eficiente -fue lo único que dijo antes de volver su atención a los documentos.
Natalia sintió una mezcla de rabia e ironía. Había pasado toda su vida creyendo que su padre estaba muerto, y ahora, él ni siquiera le dirigía una segunda mirada.
Pero no importaba.
Su misión no era ser reconocida.
Su misión era destruirlo.
Pasaron las semanas y Natalia se integró sin problemas en la empresa. Aprendió rápido cómo funcionaban las dinámicas internas, quiénes eran los aliados y los enemigos de Esteban Montalvo dentro de la compañía.Una noche, mientras organizaba archivos en su computadora, encontró algo interesante.
Había un contrato pendiente de aprobación que implicaba una fusión con otra empresa importante. Según la información en el sistema, la negociación llevaba meses, pero había resistencia por parte de algunos directivos.
Y entre esos directivos, estaba un nombre que llamó su atención: Fernando Acosta.
No era un apellido desconocido.
Lo había visto en varias de las noticias sobre el secuestro que sufrió cuando era bebé.
Fernando Acosta era uno de los hombres de confianza de Esteban Montalvo... y uno de los principales sospechosos en aquel caso.
Natalia sintió que algo dentro de ella encajaba como las piezas de un rompecabezas.
Si alguien dentro de Montalvo Corp estaba involucrado en su secuestro, significaba que su padre no solo había sido engañado, sino que el enemigo estaba más cerca de lo que pensaba.
Y si jugaba bien sus cartas, podría descubrir la verdad.
La venganza estaba cada vez más cerca.
Las luces de la ciudad titilaban a lo lejos mientras Natalia revisaba los documentos en la pantalla de su computadora. Sus compañeros ya se habían marchado, y la oficina estaba en completo silencio, salvo por el leve zumbido de los monitores y el sonido de sus propios latidos acelerados.El nombre de Fernando Acosta seguía brillando en la pantalla como una advertencia. No era coincidencia que aquel hombre, vinculado a su secuestro, fuera ahora uno de los directivos más importantes de Montalvo Corp.Natalia cerró la carpeta de documentos y se recargó en su silla. Tenía que saber más sobre él.Pero hacerlo sin levantar sospechas sería complicado.A la mañana siguiente, Natalia llegó temprano, lista para su siguiente movimiento. Se aseguró de cruzarse con Mariana en la cafetería interna de la empresa, donde los empleados se reunían antes de comenzar la jornada.-Oye, Mariana... -comenzó, sirviéndose café-, ¿tú sabes algo de Fernando Acosta?Mariana frunció el ceño y bajó la voz.-¿Por qu
Natalia salió del club con la mente dando vueltas. Lo que acababa de escuchar no solo le confirmaba que Fernando Acosta tenía planes ocultos dentro de Montalvo Corp, sino que además demostraba que su padre era más ingenuo de lo que creía.Si Acosta planeaba perjudicar a Esteban Montalvo, entonces ella tenía una oportunidad.Podía adelantarse a él.Podía hacerlo caer antes de que lograra su cometido.Pero para eso, necesitaba pruebas.A la mañana siguiente, Natalia llegó a la oficina con una nueva estrategia en mente. Hasta ahora, había mantenido un perfil bajo, ganándose la confianza de sus compañeros sin llamar demasiado la atención.Eso tenía que cambiar.Si quería acercarse a Acosta, debía asegurarse de que él la notara.Y sabía exactamente cómo hacerlo.-Matías -dijo con una sonrisa al acercarse al despacho de su jefe directo-, ¿tienes un momento?El hombre levantó la vista de su computadora y le hizo un gesto para que pasara.-¿Qué necesitas, Natalia?-He estado analizando alguno
Natalia contuvo la respiración.Los pasos en el pasillo se acercaban, firmes, seguros.Si la encontraban ahí, todo su plan se vendría abajo.Miró a su alrededor, buscando una salida. La oficina de Acosta tenía un ventanal enorme que daba a la ciudad, pero estaba en el piso treinta. Saltar no era una opción.Entonces, vio una puerta entreabierta al fondo. Un baño privado.Se movió con rapidez y se deslizó adentro justo cuando la puerta principal de la oficina se abría.Desde la estrecha rendija, observó cómo un hombre entraba.No era Acosta.Era un guardia de seguridad.Él miró alrededor con una linterna, revisando cada rincón.Natalia sintió su corazón martillar en el pecho. Si él se acercaba al baño, la encontraría.El guardia caminó lentamente, escaneando el lugar con la luz. Cuando iluminó el escritorio, notó la computadora encendida.Su rostro se tensó.Sacó un radio de su cinturón.-Aquí Torres. Algo raro en la oficina del señor Acosta. La computadora está encendida.Un chasquido
Natalia no podía apartar los ojos de la pantalla de su computadora.El nombre en el mensaje la golpeaba como un puñetazo en el estómago.Miguel Montalvo.Su propio hermano.El hijo legítimo de Esteban.El heredero de todo.El que creció rodeado de lujos mientras ella se ahogaba en la miseria.Él estaba involucrado en su secuestro.Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Había sido idea de Miguel? ¿O solo había seguido órdenes de alguien más?Natalia cerró los ojos por un momento, tratando de calmar el torbellino de pensamientos en su cabeza. No podía perder el control ahora. Había llegado demasiado lejos.Respiró hondo y volvió a leer el mensaje.El correo había sido enviado desde una cuenta interna de Montalvo Corp, y aunque el remitente estaba encriptado, su contacto había logrado rastrear al destinatario.Miguel Montalvo había recibido la confirmación del pago por su secuestro.Lo que significaba que había estado al tanto de todo.O peor aún... que lo había planeado.Natalia s
Natalia sostuvo el informe en sus manos, sintiendo su peso como si no solo estuviera hecho de papel, sino de plomo.Las cifras en el documento eran claras.Millones desviados en cuentas ocultas.Un nombre: Fernando Acosta.Y Miguel se lo había entregado a ella como si fuera una simple tarea administrativa.¿Era una prueba?¿Un mensaje encubierto?¿O un intento de arrastrarla a su juego?Miguel sonrió con calma desde el otro lado del escritorio, observándola con sus ojos afilados, esperando su reacción.Natalia sabía que no podía permitirse mostrar ni una pizca de sorpresa.Así que, con la misma frialdad con la que había aprendido a moverse en este mundo, cerró el documento y lo dejó suavemente sobre el escritorio.-Interesante -dijo, con una leve inclinación de cabeza-. ¿Qué quieres que haga con esto?Miguel apoyó una mano sobre la madera pulida del escritorio, sus dedos tamborileando un ritmo pausado.-Fernando Acosta ha sido un socio de la empresa durante años, pero últimamente ha t
Natalia no podía dejar de pensar en las palabras de Andrés.Miguel quería destruir a Esteban.La revelación la había dejado atónita, pero también había despertado algo dentro de ella: un sentimiento de urgencia, de desesperación, pero sobre todo, de furia.Estaba atrapada en una red que había tejido el mismo hombre al que había venido a destruir. Y lo peor era que, hasta ahora, no había tenido ni idea de lo profundo que llegaban sus garras.Desde que había descubierto que era hija de Esteban Montalvo, la idea de venganza había tomado un lugar central en su vida. Había creído que, al destruir a Esteban, obtendría una suerte de justicia. Pero lo que no había previsto era que su hermano, Miguel, fuera el verdadero enemigo.La verdad era mucho más compleja y peligrosa de lo que había imaginado. Miguel no solo estaba involucrado en su secuestro, sino que además tenía planes para apoderarse de toda la empresa. Todo este tiempo había creído que el viejo magnate era la fuente de sus dolores,
Las horas parecieron alargarse interminablemente mientras Natalia regresaba a su oficina. Su mente no dejaba de repasar las palabras de Fernando Acosta. Sabía que algo más se escondía en los rincones oscuros de Montalvo Corp. El hallazgo de las carpetas y la presencia de Acosta no hacían más que confirmar sus sospechas: Miguel no solo quería el control total de la empresa, sino que había estado tejiendo una red de mentiras y manipulaciones mucho más grande de lo que Natalia había imaginado.A pesar de que la amenaza de Acosta flotaba en el aire como una sombra, Natalia se negó a ceder al miedo. Estaba decidida a seguir adelante, a descubrir la verdad detrás de las operaciones secretas que su hermano y sus cómplices habían estado llevando a cabo.De regreso en su oficina, Natalia se sentó frente a su escritorio y comenzó a revisar los documentos que había encontrado en los archivos secretos. La información era densa, cargada de detalles sobre transacciones internacionales, terrenos com
Natalia no podía dormir. Había pasado la mayor parte de la noche dando vueltas en su cama, tratando de procesar todo lo que Andrés le había contado. Las imágenes de su hermano, Miguel, manejando operaciones tan sucias y peligrosas, se mezclaban con recuerdos de su niñez, cuando todo parecía mucho más simple, cuando creía que su familia era inquebrantable. ¿Cómo había llegado todo a esto? ¿Cómo había sido capaz de ignorar las señales, de permitir que la mentira se construyera tan grande?La habitación, iluminada solo por la tenue luz de la luna que se filtraba a través de la ventana, parecía asfixiarla. Se levantó de la cama y caminó hasta el pequeño escritorio donde guardaba el archivo con la información que Andrés le había mostrado. La verdad era como un monstruo que comenzaba a devorar cada rincón de su mente. Ella había estado buscando venganza, pero ahora se encontraba atrapada entre la desilusión y el miedo.Tomó una respiración profunda y abrió el archivo. Las fotos, los document