Capítulo 2 —Aquella noche
Narrador:
El silencio en la habitación estaba roto apenas por el sonido de sus respiraciones entrecortadas. La sábana a medio cubrir, la piel húmeda, el cuerpo aún vibrando del orga*smo. Ella yacía boca arriba, con los ojos en el techo, mientras él, a su lado, seguía mirándola como si aún no pudiera creer lo que había pasado.
—Aún no me has dicho tu nombre —murmuró él, con la voz grave y cargada de deseo contenido.
Ella giró el rostro hacia él, con una sonrisa ladeada, aún sin aliento.
—¿Y tú el tuyo?
Él estiró la mano y le retiró un mechón de cabello de la frente.
—Damas primero.
—Lucía —dijo ella, sin pestañear.
—Daniel—respondió él, después de un segundo de pausa, como si saboreara la idea de decirlo solo para ella.
—Encantada, Daniel —susurró, con una sonrisa pícara —Aunque creo que ya nos conocemos bastante bien, asi que nada de apellidos.
—Todavía no lo suficiente —murmuró él mientras se inclinaba sobre ella otra vez.
La besó, lento al principio. Su lengua recorrió su boca con una dulzura peligrosa, como si quisiera poseerla con cada movimiento. Pero pronto el beso se volvió más sucio, más húmedo, más profundo. Se enredaban otra vez, como si la primera vez no hubiera sido suficiente.
Él se deslizó sobre su cuerpo, sintiendo su piel tibia, sus curvas que encajaban con las suyas como si estuvieran hechas para encontrarse. Ella abrió las piernas sin decir una palabra, ofreciéndose de nuevo.
—No he tenido suficiente de ti, Lucía —susurró contra su cuello —Y no pienso irme hasta que termines rogando por más.
Ella jadeó cuando sintió sus labios bajar por su pecho, su lengua húmeda acariciando sus pezones, mordiéndolos justo lo necesario para arrancarle un gemido. Se arqueó bajo su boca, hundiendo los dedos en su cabello.
Él descendió sin apuro, dejando un camino de besos calientes por su abdomen hasta llegar a su centro.
Se detuvo apenas un segundo, y la miró.
—¿Puedo?
—Hazlo ya —dijo ella, con la voz ronca y la necesidad ardiendo entre las piernas.
Entonces la besó allí, con la misma pasión con la que la había besado arriba. Lento, preciso, húmedo. Su lengua se movía en círculos, subía, bajaba, jugaba con ella como si fuera un postre que no quería que se acabara.
Ella se retorcía, con las piernas abiertas, los dedos agarrando las sábanas, los labios entreabiertos y un gemido atrapado en la garganta.
—Oh, Dios… sí… ahí… no pares…
Cuando estuvo a punto de explotar, él se detuvo solo para mirarla y alzarse de nuevo sobre ella, con la respiración agitada y el deseo a flor de piel. La penetró otra vez, más lento esta vez, más profundo, pero igual de intenso. Ella sintió cómo la llenaba por completo, cómo la tomaba con una firmeza que no tenía nada de casual.
Se movía dentro de ella con ritmo, con hambre, con esa mezcla perfecta de dominio y placer. Sus cuerpos se reconocían, se buscaban, se entendían.
—Eres tan jodidamente perfecta… —gruñó él entre dientes, besándola con fuerza.
La tomaba como si fuera suya desde siempre. Y ella se entregaba como si lo hubiera estado esperando toda su vida.
El segundo orga*smo la tomó por sorpresa, más intenso, más sucio. Gritó su nombre, aferrándose a su espalda mientras él también se derramaba dentro de ella, temblando, jadeando, con los músculos tensos y los labios pegados a su cuello.
Quedaron exhaustos, entrelazados, con la piel pegajosa, con las bocas aún rozándose.
Esa noche no durmieron. Y tampoco lo sabían aún, pero acababan de encender una llama imposible de apagar. Y volvieron a hacerlo, una y otra vez.
La madrugada se filtraba débilmente por la cortina del hotel. Él estaba recostado, con una mano detrás de la cabeza, el pecho desnudo aún cubierto por una fina capa de sudor. Ella, a su lado, jugaba con la sábana, envuelta solo hasta la cintura, dejando que uno de sus pechos quedara libre, sin pudor alguno.
—No suelo hacer esto —dijo ella, sin mirarlo directamente, con la voz suave —Acostarme con un hombre al que acabo de conocer.
Él sonrió apenas, sin sorpresa.
—Yo tampoco.
—Mientes —dijo ella con una sonrisa ladeada.
—Tú también.
Ella giró el rostro hacia él. Sus miradas se encontraron por unos segundos que parecieron más largos de lo que eran.
—Ni siquiera te llamas Daniel, ¿verdad?
—¿Y tú no eres Lucía? —respondió él con una ceja alzada.
Ella soltó una risa breve, nasal, sin culpa.
—Qué importa. Lo que pasó... pasó. Y fue jodidamente bueno.
—Eso no puedo negarlo —murmuró él, y le acarició la pierna bajo las sábanas.
Ella cerró los ojos por un segundo, disfrutando el contacto, pero sin dejar que el silencio se instalara.
—No preguntaré por tu vida. No quiero saber si de verdad es una despedida de soltero o solo un truco barato para levantar mujeres.
Él suspiró, sin dejar de mirarla.
—Eso sí es verdad, en unos días voy a casarme —admitió, sin adornos.
Ella se giró por completo hacia él, apoyando el rostro sobre su mano.
—Entonces mejor así. Sin nombres reales, sin drama, solo esto.
—¿Esto?
—Se*xo rico, intenso... y sin consecuencias.
Él deslizó la mano por su cadera, apretándola suavemente.
—Me gusta cómo suena.
—Claro que te gusta —dijo ella, con una sonrisa satisfecha —Pero no te confundas, no quiero volver a verte. Y tú tampoco a mí. Nos quedamos con esto. Con lo que fue.
—Una noche perfecta —dijo él, acercando sus labios a los de ella.
—Y nada más.
Se besaron de nuevo. No era un beso romántico. Era húmedo, cargado de deseo, de la promesa de un último round antes de que el amanecer los separara.
—Dime que aún puedes —susurró ella, con los labios contra los suyos.
—Contigo... siempre.
Y volvió a tenerla.
Desnudos, sudorosos, jadeando, como si fuera la última vez.
Sin saber que lo peor, y lo mejor, estaba aún por venir.
El sol comenzaba a colarse tímidamente entre las cortinas pesadas del hotel. La ciudad despertaba con ruido, pero dentro de esa habitación todo era silencio. Ella estaba ya vestida, con el cabello algo revuelto, los labios todavía hinchados por los besos y las piernas un poco temblorosas de tanto placer.
Él se sentó en el borde de la cama, apenas con los pantalones puestos, observándola en silencio mientras ella se ajustaba los tacones.
—No dejaré mi número —dijo ella sin mirarlo, con un tono seco pero no frío.
—No esperaba que lo hicieras —respondió él, cruzando los brazos sobre el torso desnudo.
Ella se acercó a la puerta, con la cartera colgada del hombro. Se detuvo un instante, solo para volverse hacia él.
—Gracias por la noche.
Él asintió, con una sonrisa leve y algo torcida.
—Gracias a ti, Lucía.
Ella entrecerró los ojos y negó suavemente con la cabeza, sonriendo.
—Sabemos que no es mi nombre.
—Ni el mío es Daniel.
Ella se apoyó brevemente en el marco de la puerta.
—Mejor así.
—Sí... mejor así.
Se quedaron en silencio unos segundos más. Luego, ella abrió la puerta y salió, dejando atrás el aroma a se*xo, a whisky y a una noche imposible de repetir.
Él se quedó mirando la puerta cerrada, aún desnudo del todo por dentro, como si algo en su cuerpo ya supiera que no sería tan fácil olvidarla.
Y ella bajó en el ascensor con una sonrisa apagada, repitiéndose mentalmente que fue solo eso: una aventura, un cuerpo, un gemido. Nada más.
Hasta que el destino se encargara de volver a ponerlo frente a ella…
Capítulo 3 —La invitaciónNarrador:El sonido de las llaves al caer sobre la mesita de entrada fue lo único que anunció su llegada. La joven cerró la puerta de su apartamento y se quitó los tacones como si le pesaran siglos. Aún tenía las mejillas encendidas y los labios sensibles. Se pasó los dedos por el cuello, allí donde él la había besado con fuerza, dejando marcas que no se borraban tan fácil.—¿Dónde demonios estabas? —preguntó su amiga Margot desde el sofá, con una taza de café en la mano y cara de curiosidad insatisfecha.Desirée soltó un suspiro mientras caminaba directo a la cocina.—No me lo vas a creer.—¿Te fuiste con uno de la despedida de soltero?Desirée se quedó en silencio, tomó una botella de agua y se la llevó a los labios. Cuando volvió a mirar a Margot, tenía una sonrisa maliciosa pintada en el rostro.—No solo me fui con él... me lo follé como si el mundo se fuera a acabar esta noche.Margot abrió los ojos como platos y se enderezó en el sofá.—¡No jodas! ¡¿Des
Capítulo 4 —Regreso a casaNarrador:Desirée se sentó frente al espejo y comenzó a peinarse. Intentaba parecer tranquila, pero había una inquietud que no podía explicar. Un nudo en el estómago. Como si algo no terminara de encajar.—Me da igual. Solo quiero cumplir, sonreír, tomarme un par de copas y desaparecer.—Claro… como la noche del club.Desirée la miró por el reflejo. Margot alzó su copa con una sonrisa cínica.—No te preocupes, Desirée. Es solo una boda más… ¿qué podría salir mal?El motor del auto zumbaba con suavidad, y el paisaje se deslizaba por la ventana como si no quisiera ser visto. Desirée conducía con una mano en el volante y la otra apoyada sobre su muslo, los dedos tamborileando con impaciencia. El vestido rojo colgaba cuidadosamente en el asiento trasero, protegido con una funda plástica, como si fuera más importante que todo lo que sentía en ese momento. No había música. Solo el sonido del camino y sus pensamientos.Hacía años que no veía a su madre. Ni llamadas
Capítulo 5 —Sí, soy yoNarrador:El salón estaba decorado con una elegancia casi asfixiante. Blancos, dorados, velas flotando en columnas de cristal, pétalos esparcidos por el pasillo principal. Desirée caminaba despacio, sintiendo cómo cada paso la acercaba más a un lugar donde no quería estar. Vestía el rojo que Margot le había insistido que usara. Estaba preciosa. Impecable. Irradiando seguridad… aunque por dentro sentía un nudo que no se iba.Los invitados murmuraban en pequeños grupos. Muchos la observaban con curiosidad, preguntándose quién era esa mujer con la espalda recta y la mirada altiva que llegaba sola, sin sonreírle a nadie.La ceremonia aún no comenzaba. Se acercó al altar, como si eso pudiera hacerla sentir parte de algo. No lo logró, todo era ajeno, distante. Y, aun así, ahí estaba.Una voz la hizo girar la cabeza. Una risita entrecortada, pasos y entonces lo vio; era él.Vestido de traje oscuro, camisa blanca, el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Caminaba c
Capítulo 6 —El infierno no era rojo... era ella.Narrador:El aire afuera estaba más frío que adentro, pero Desirée no lo sentía. Caminaba rápido, con el vestido rojo ondeando tras sus pasos, el corazón golpeándole el pecho y los dientes apretados de pura rabia. No podía soportarlo ni un minuto más. El aplauso de los invitados, las risas, el brindis. Las manos de su madre sobre el brazo de él. Sobre su brazo.Ese hombre, ese maldito hombre con quien se había acostado, ese cuerpo que había saboreado con su lengua, esa voz que había susurrado su nombre falso mientras la hacía gritar de placer. “Daniel” ¡Claro que Daniel no existía! Era Cédric. Y ahora era su padrastro, legal y asquerosamente.Desirée abrió la puerta del coche con manos temblorosas, pero antes de poder subir, una figura la detuvo. Fuerte y determinada. Su sombra cubrió la suya, y cuando alzó la vista, ahí estaba... Cédric.—Lucía, espera. Puedo explicarlo.Ella soltó una risa breve, filosa como una navaja.—Soy Desireé,
Capítulo 7 —No sabíamos quienes éramosNarrador:Desireé necesitaba hablar con alguien, tenía que desahogarse, estaba a punto de colapsar, así que cogió su movil, y llamó a la única persona en el planeta que la podía entender.Margot contestó casi de inmediato.—¿Sobreviviste?Desirée se dejó caer en el sillón, con el teléfono pegado a la oreja y una presión en el pecho que no había podido quitarse desde la noche anterior.—No sé si quiero haberlo hecho.—¿Fue tan horrible?Silencio. Solo se oía su respiración agitada. Finalmente, Desirée habló.—Era él.—¿Quién?—Él, Margot. El de la discoteca, Daniel.Margot tardó un par de segundos en procesarlo.—¿Qué quieres decir con que “era él”? ¿Te lo cruzaste en la boda?—No me lo crucé… Estaba en el altar.—¿Qué?Desirée cerró los ojos. No podía repetirlo sin sentir que algo en su cuerpo se contraía.—Cédric. Ese es su verdadero nombre. Se casó con mi madre.Un silencio brutal. Solo el zumbido de la línea.—¿Estás... estás hablando en serio
Capítulo 8 —No quiero tu perdónNarrador:Y sin embargo, la tensión los unía más que la distancia.—¿Te molesta que me quede? —preguntó él, sin moverse.Desirée sostuvo su mirada.—Haz lo que quieras. Pero si cruzas esa línea… —Se acercó un poco más. Apenas un suspiro los separaba. —No habrá marcha atrás —susurró.Cédric no dijo nada. Y tampoco se fue.El aire entre ellos se volvió más espeso con cada segundo. Ella no retrocedía. Él no se movía. Era como si el mundo se hubiera cerrado en ese pequeño espacio entre sus bocas. Apenas respiraban. Desirée lo miraba con el mentón en alto, desafiante, pero sus pupilas delataban lo que pasaba por dentro. Cédric lo sabía, lo sentía.—Vas a arrepentirte —dijo ella, con la voz baja y tensa —Si me tocas, no voy a perdonarte después.Él inclinó la cabeza. Sus labios estaban a punto de rozarla.—No quiero tu perdón.Y entonces la besó. No hubo preámbulo, no hubo suavidad. Fue un choque brutal de bocas, de rabia y deseo comprimidos durante días. El
Capítulo 9 —UberNarrador:El sonido de las llaves girando en la puerta fue suave, casi imperceptible, pero Desirée no lo escuchó. Seguía allí, sentada en el suelo, con las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos enredados alrededor de ellas. El rostro hundido, los hombros sacudidos por un llanto que no podía frenar.La puerta se abrió con lentitud, y la abuela entró con una bolsa liviana en una mano y el bolso colgado del antebrazo. Cerró con cuidado, como siempre hacía, pero al dar dos pasos dentro de la casa, se detuvo en seco.—¿Desirée? —La voz de la anciana no sonó alarmada, pero sí inquieta. Dejó todo a un lado, avanzó hasta la sala y entonces la vio: su nieta, en el suelo, temblando como una ni*ña. —¡Dios mío, mi pequeña! —exclamó, corriendo hacia ella. Se agachó con dificultad y la envolvió entre sus brazos sin pedir permiso. La sujetó fuerte, con firmeza, y acarició su espalda como si pudiera calmar el terremoto que había en su interior. Desirée no dijo nada. Solo se
Capítulo 10 —Fija, intensa y ardiente.Narrador:La abuela dejó el teléfono con calma sobre la mesa. Luego fue a la cocina, puso agua a calentar y comenzó a preparar un té como si nada hubiera pasado. Cuando Desirée regresó con la maleta en mano, ella ya tenía una taza lista.—Toma algo caliente antes de irte. El coche ya viene en camino. —Desirée tomó la taza sin sospechar nada. Bebió en silencio, con el corazón todavía temblando. Minutos después, cuando escuchó el claxon afuera, se acercó a la ventana. Un coche ne*gro la esperaba frente a la casa. La abuela le sonrió. —No te preocupes. Ya está todo listo.Desirée la abrazó fuerte antes de salir. Bajó los escalones con la maleta en una mano, el abrigo colgando del antebrazo y el pecho apretado como si algo invisible la empujara desde adentro. La noche estaba fresca, silenciosa. El coche ne*gro la esperaba junto a la entrada, con las luces encendidas y el motor roncando, como si llevara años ahí. No miró al conductor, no quiso, no le