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La hija de mi ESPOSA
La hija de mi ESPOSA
Por: Francis Wil
Capítulo 1 —Una despedida de soltero cualquiera

Capítulo 1 —Una despedida de soltero cualquiera

Narrador:

La música vibraba en el suelo y las luces danzaban como llamas entre la multitud. Ella entró al club nocturno junto a sus amigas, después de una larga semana en la oficina. No esperaba nada fuera de lo común. Solo quería beber algo fuerte, bailar un poco y olvidar que su vida estaba completamente programada.

Tenía veinticuatro años, era abogada, decidida, con una belleza que llamaba la atención sin que lo buscara. Llevaba un vestido negro que marcaba sus curvas con la elegancia justa para destacar, pero no parecer desesperada por hacerlo.

—Mira allá —murmuró una de sus amigas —Un grupo de hombres celebrando. Parece una despedida de soltero.

—¿Cuál será el afortunado? —preguntó otra con una sonrisa maliciosa.

Ella los observó. No se interesó en los que hacían ruido, en los que brindaban o se reían escandalosamente. Su mirada se detuvo en el hombre apartado del grupo, de pie junto a la barra. Llevaba la camisa blanca arremangada, el primer botón desabrochado, una copa en la mano y los ojos fijos en la pista. Su postura irradiaba seguridad. No se esforzaba por llamar la atención, pero la tenía.

—Ese no parece que esté celebrando su boda —dijo ella.

—Pues justo por eso deberías acercarte —le respondió una amiga con una sonrisa.

Ella se dirigió hacia la barra, con paso firme, pero sin apresurarse. Se colocó a su lado, fingiendo mirar el menú de bebidas.

—¿No deberías estar allá con tus amigos?

Él giró levemente la cabeza hacia ella. Sus ojos eran intensos.

—Estoy celebrando a mi manera. Me gustan más las cosas tranquilas.

—¿Y eso incluye quedarte solo mientras ellos te festejan?

—Incluye observar desde donde puedo elegir mejor con quién hablar.

Ella soltó una leve risa. Tenía encanto, pero también una voz grave que rozaba lo pecaminoso.

—¿Y qué te dice tu instinto esta noche?

—Que me alegra que te hayas acercado. —Pidió dos bebidas. Le entregó uno sin dejar de mirarla. —¿Y tú? ¿También estás huyendo de algo?

—Estoy escapando del aburrimiento. Hasta ahora lo estoy logrando.

Él levantó su vaso y la invitó a brindar.

—Por eso, entonces. —Después de unos tragos y un par de frases con doble sentido, él le ofreció la mano. —¿Bailas?

—Sí, claro

Colocó su vaso en la barra y lo acompañó a la pista.

Al principio hubo distancia. Movimientos suaves, ojos que se desafiaban. Pero pronto esa distancia se redujo. Sus cuerpos comenzaron a buscarse, como si lo hubieran hecho antes. Las manos de él se deslizaron por su cintura. La piel de ella se erizó. Él bajó la cabeza y le susurró

—Tienes algo en la boca.

—¿Ah, sí? —preguntó, divertida.

—Sí —dijo él, bajando un poco más la voz —Ganas.

Ella no respondió con palabras. Lo miró directo a los ojos y lo besó.

El beso fue lento, húmedo, lleno de intenciones. No fue casual. Fue el tipo de beso que no se da si no se planea llevar a alguien a la cama.

Cuando se separaron, respiraban agitados. Él la sostuvo por la cintura, con firmeza.

—Creo que tenías razón...

—No quiero pasar esta noche sin probarte completa —dijo, con una sinceridad descarada.

Ella lo miró sin pestañear.

—Entonces, no la desperdicies.

Él tomó su mano, y ella lo siguió. Una habitación de hotel, puertas cerradas, ropa deslizándose por la piel, bocas, manos, gemidos, una noche sin nombres, un pecado sin culpa. Solo después vendría el verdadero infierno.

La habitación olía a perfume, alcohol y deseo. Apenas cerraron la puerta, él la empujó suavemente contra la pared, y sus bocas se buscaron de nuevo, esta vez con hambre. La besó con fuerza, con lengua, con intención, devorándola como si quisiera memorizarle el sabor.

Ella abrió los labios, respondió con la misma intensidad, enredando los brazos en su cuello mientras él la alzaba apenas para apretarla más contra sí. Su lengua la acariciaba con movimientos lentos y profundos, como si ya estuviera dentro de ella, jugando, provocando, anticipando.

Sus manos viajaban sin permiso, subiendo por sus piernas, apretando su cintura, agarrándola por el trasero mientras la movía contra su cuerpo, sintiendo cómo su erección crecía con cada roce.

—Quiero tenerte—murmuró él entre jadeos, con la frente apoyada en la suya, sin dejar de acariciarla —Ahora.

Ella lo miró sin una pizca de duda.

—Hazlo.

No necesitaban más.

Él la giró con rapidez, empujándola hacia la cama. Mientras caminaba hacia atrás, ella fue quitándose el vestido, dejando que cayera a sus pies. No llevaba sostén. Su pecho firme se mostró sin pudor, y cuando él lo vio, soltó un suspiro cargado de lujuria.

—Joder…

Se desabrochó la camisa con desesperación, sin quitarle los ojos de encima. Ella lo miraba con una sonrisa satisfecha mientras se deslizaba sobre la cama, abriendo las piernas sin quitarse aún la tanga negra. Se tocó con un dedo justo por encima de la tela, provocándolo.

—¿Vas a venir o solo vas a mirarme?

Él se lanzó sobre ella. Se metió entre sus piernas y le mordió el labio inferior con una fuerza controlada. Sus lenguas se encontraron de nuevo, más salvajes, más profundas, sin delicadezas. La besaba como si quisiera dejarle la boca adolorida.

Sus manos bajaron rápido. Le corrió la tanga hacia un lado y deslizó los dedos por su humedad.

—Estás empapada.

Ella jadeó.

—Por ti.

—Mejor así...

Entonces, sin más palabras, la penetró de una sola embestida.

Ella arqueó la espalda, soltando un gemido profundo, cargado de placer y sorpresa. Él comenzó a moverse con fuerza, sujetándola de las caderas, hundiéndose en ella con cada estocada, llenándola, haciéndola suya.

Sus cuerpos chocaban con ritmo feroz. Cada embestida venía acompañada de jadeos, besos con lengua, caricias bruscas, manos que apretaban, que agarraban. Él la besaba mientras la follaba, con una lengua tan sucia como sus movimientos.

—Dios… —gimió ella, agarrando las sábanas con fuerza —Más fuerte…

Él obedeció. La tomó por el cuello con una mano, sin lastimarla, pero dominándola. Con la otra, la sostenía por la cintura mientras se hundía más profundo. La miraba a los ojos, y ella lo miraba de vuelta, completamente abierta, completamente suya. El clímax llegó como una ola violenta.

Ella gritó su orgasmo, con el cuerpo temblando bajo el suyo, con la espalda arqueada, mientras él seguía moviéndose hasta que no pudo más.

Terminó dentro de ella, con un gruñido grave, con el cuerpo tenso, con el deseo satisfecho pero no apagado. Aún quería más. Aún la miraba con hambre.

Cayeron uno al lado del otro, sudorosos, respirando agitadamente, y él la volvió a besar, esta vez más lento, pero igual de profundo.

—Esto no debió pasar —murmuró ella, con la voz ronca.

Él sonrió.

—No me arrepiento de nada.

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