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Capítulo 3 —La invitación

Capítulo 3 —La invitación

Narrador:

El sonido de las llaves al caer sobre la mesita de entrada fue lo único que anunció su llegada. La joven cerró la puerta de su apartamento y se quitó los tacones como si le pesaran siglos. Aún tenía las mejillas encendidas y los labios sensibles. Se pasó los dedos por el cuello, allí donde él la había besado con fuerza, dejando marcas que no se borraban tan fácil.

—¿Dónde demonios estabas? —preguntó su amiga Margot desde el sofá, con una taza de café en la mano y cara de curiosidad insatisfecha.

Desirée soltó un suspiro mientras caminaba directo a la cocina.

—No me lo vas a creer.

—¿Te fuiste con uno de la despedida de soltero?

Desirée se quedó en silencio, tomó una botella de agua y se la llevó a los labios. Cuando volvió a mirar a Margot, tenía una sonrisa maliciosa pintada en el rostro.

—No solo me fui con él... me lo follé como si el mundo se fuera a acabar esta noche.

Margot abrió los ojos como platos y se enderezó en el sofá.

—¡No jodas! ¡¿Desirée?! ¿Tú? ¿Una aventura de una noche?

—Una muy caliente —dijo, dejando la botella sobre la encimera —Tenía algo… no sé cómo explicarlo. No era de los que se esfuerzan por caer bien. Solo estaba ahí, apoyado en la barra, con esa mal*dita camisa blanca arremangada y los ojos clavados en mí como si ya supiera que íbamos a terminar en una cama.

—Describe, detalla, no me dejes con lo básico.

Desirée se acercó al sofá y se dejó caer con un suspiro satisfecho.

—Alto, fuerte, barba de dos días, cuerpo de infarto, y una voz… Dios, Margot, cuando me habló al oído sentí que me derretía. Bailamos. Me tocó la cintura, me besó con una lengua que parecía saber exactamente lo que estaba haciendo. No fue suave, no fue dulce. Fue sucio, directo, caliente.

—¿Y en la cama?

—¿Quieres los detalles?

—Quiero sentir que estuve ahí, idiota. Suéltalo todo.

Desirée se recostó de lado, como si estuviera contando una historia sabrosa.

—Me empujó contra la pared apenas entramos a la habitación. Me besó como si me necesitara. Su lengua se metía profundo, me mordía los labios, me agarraba fuerte. Cuando me penetró... Margot, te juro que no podía dejar de gemir. Sabía exactamente qué hacer, dónde tocar, cómo moverse. Me hizo venir dos veces. Y la segunda, me lo hizo con la boca.

Margot se tapó la boca.

—¡Cállate!

—Te juro que pensé que iba a desmayarme. Después hablamos un poco. Obvio que los nombres eran falsos, me dijo que se llamamba Daniel, lo sabíamos. Pero él me dijo que se iba a casar.

—¿Y tú?

—Yo le dije que mejor así. Que no me interesaba saber quién era realmente. Que quedara solo en una noche perfecta.

Margot la miró por unos segundos, entre divertida y asombrada.

—Estás loca.

—Un poco sí.

—¿Y si te lo cruzas otra vez?

Desirée alzó los hombros y sonrió.

—No lo haré. Fue se*xo de una sola noche. Nada más.

Pero por dentro… una parte de ella no estaba tan segura.

Desirée seguía recostada en el sofá, aún con una sonrisa en los labios y el cuerpo relajado. Margot la observaba con una mezcla de burla y envidia sana, moviendo la taza de café en círculos entre las manos.

—Deberías hacer esto más seguido —dijo, arqueando una ceja —Estás como… encendida.

—No te acostumbres. No pienso volver a hacerlo.

—Claro, hasta que se cruce otro “Daniel” de camisa blanca.

Desirée le lanzó un cojín en respuesta, justo cuando su móvil vibró sobre la mesa de centro. Lo tomó sin mucha intención, esperando ver un mensaje del trabajo o algún recordatorio inútil, pero al ver el nombre en la pantalla, frunció el ceño.

—¿Tu mamá? —preguntó Margot, sorprendida.

—Sí... qué raro —murmuró Desirée, deslizando el dedo para contestar —Hace meses que no me llama. —Margot se acomodó en silencio mientras Desirée se llevaba el móvil al oído. —¿Sí?

—Hola, Desirée. Soy yo —la voz al otro lado sonaba seca, distante.

—Lo sé. Vi tu nombre. ¿Qué necesitas?

Un breve silencio. Luego, la madre habló con una calma que sonaba forzada.

—Voy a casarme.

Desirée se quedó en silencio un segundo antes de soltar una risa sarcástica.

—¿Y me llamas para eso? ¿Para contarme que vas a casarte como si me importara?

—No te llamo por eso —respondió ella, con una pausa extraña —Te llamo porque estoy enferma.

La sonrisa se borró de inmediato. Desirée se incorporó lentamente en el sofá.

—¿Qué…? ¿Qué tienes?

—Un tumor. Los médicos dicen que está avanzado. No quise preocupar a nadie, pero… bueno. Estoy organizando la boda y me gustaría que vinieras..

Desirée apretó los labios. La voz de su madre sonaba extrañamente frágil. Demasiado.

—¿Y qué esperas? ¿Que de pronto me convierta en la hija perfecta y me siente en primera fila a aplaudirte?

—Espero que vengas —dijo ella, sin suplicar, pero sin dureza.

Desirée cerró los ojos por un segundo. No la quería ver, no le debía nada. Pero esa palabra: “enferma”, se le había metido en el pecho como una espina.

—¿Cuándo es?

—En tres días. Ya mandé la invitación por correo, pero… no podía no llamarte.

Desirée tragó saliva. La garganta le ardía.

—Está bien. Iré.

—Gracias.

La llamada se cortó antes de que pudiera decir algo más. Margot la miraba desde el otro lado del sofá, sin decir una palabra.

—¿Todo bien? —preguntó al fin.

Desirée dejó el móvil sobre la mesa, como si quemara.

—Mi madre va a casarse. Y se está muriendo.

—¿Y vas a ir?

—Sí. No por ella. Solo para que no se muera creyendo que me da igual.

Margot asintió en silencio, pero la forma en que Desirée miraba al vacío decía más que mil palabras. Porque en el fondo… algo se había activado. Algo que cambiaría todo.

Y ella aún no tenía idea de lo que la esperaba ese día.

—No puedo creer que estés yendo —dijo Margot, sentada sobre la cama, con las piernas cruzadas y una copa de vino en la mano.

Desirée, de pie frente al espejo, sostenía dos vestidos: uno rojo ajustado y uno azul medianoche, más sobrio.

—Ni yo —respondió con un suspiro —Pero si lo que dijo es verdad, si realmente está enferma, no puedo quedarme sin aparecer. Sería peor.

—¿Y si es un invento para manipularte?

—Puede ser. Pero si no voy y resulta que es cierto… no me lo perdonaría y mi abuela no me lo perdonaría.

Margot se encogió de hombros, bebió un trago y señaló el vestido rojo.

—Ese. Vas a una boda, no a una misa. Que te vea hermos, que se arrepienta de haberte tenido tan lejos.

Desirée dejó el azul a un lado y se probó el rojo. El escote justo, la tela abrazándole las curvas, el tono encendiendo su piel.

—¿Demasiado atrevido?

—No si quieres que te recuerden. Además, no estás yendo por cortesía. Estás yendo por cerrar heridas… o abrir nuevas.

Desirée giró frente al espejo, observándose en silencio. El vestido la hacía ver fuerte, segura. Aunque por dentro, las emociones eran un desastre.

—¿Qué tal si el tipo con el que se casa es un idiota?

—Eso ya lo sabemos. ¿Quién en su sano juicio se casa con tu madre?

Desirée soltó una pequeña risa, pero no le duró mucho.

—¿Y si es un imbécil rico, mayor, que la va a arrastrar a más miseria?

—¿Y si es uno de esos con un secreto? ¿O con doble vida?

Desirée negó con la cabeza.

—No me importa quién sea. Voy a ir, sonreír lo justo y volverme a casa lo antes posible.

—¿Y si es guapo?

—No voy a mirarlo. No es asunto mío.

Margot alzó una ceja.

—¿Y si ya lo conoces?

Desirée la miró un segundo, seria. Luego negó con una risa nerviosa.

—¿Qué clase de película estás escribiendo en tu cabeza?

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