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Capítulo 4 —Regreso a casa

Capítulo 4 —Regreso a casa

Narrador:

Desirée se sentó frente al espejo y comenzó a peinarse. Intentaba parecer tranquila, pero había una inquietud que no podía explicar. Un nudo en el estómago. Como si algo no terminara de encajar.

—Me da igual. Solo quiero cumplir, sonreír, tomarme un par de copas y desaparecer.

—Claro… como la noche del club.

Desirée la miró por el reflejo. Margot alzó su copa con una sonrisa cínica.

—No te preocupes, Desirée. Es solo una boda más… ¿qué podría salir mal?

El motor del auto zumbaba con suavidad, y el paisaje se deslizaba por la ventana como si no quisiera ser visto. Desirée conducía con una mano en el volante y la otra apoyada sobre su muslo, los dedos tamborileando con impaciencia. El vestido rojo colgaba cuidadosamente en el asiento trasero, protegido con una funda plástica, como si fuera más importante que todo lo que sentía en ese momento. No había música. Solo el sonido del camino y sus pensamientos.

Hacía años que no veía a su madre. Ni llamadas, ni mensajes. Solo silencio. Frío, largo, acumulado.

El quiebre había llegado de golpe, como suelen llegar los que duelen de verdad.

Desirée tenía dieciocho años y una beca completa para estudiar Derecho. Había trabajado por ella como una condenada, desde el día en que su madre fue arrestada por el asesinato de su padre. Nadie le explicó demasiado. Solo escuchó los gritos, las sirenas, y después… el silencio.

Durante años, Charlotte se convirtió en una sombra que le pesaba encima. Y aunque muchos le decían que tal vez no era culpable, Desirée nunca dudó. Había encontrado el cuerpo, había visto la sangre y había escuchado la confesión, incluso.

Y decidió, desde ese momento, que la justicia debía tener otra cara. Una más firme. Más real. Por eso eligió ser fiscal. No por vocación. Por necesidad.

Lo recordaba como si hubiera sido ayer: la última visita al centro penitenciario. Charlotte sentada frente a ella, del otro lado del vidrio, con ese gesto de mártir que la enfurecía. Le hablaba de sueños, de su arrepentimiento, le pedía que la perdonara, que entendiera.

Y Desirée… ya no podía.

—No me hables de amor —le dijo esa tarde —Mataste al único ser humano que alguna vez me cuidó. Tú te borraste sola.

Charlotte le había llorado al otro lado, con esa desesperación muda que se queda atrapada en los ojos. Pero Desirée se levantó. Colgó el auricular. Y no volvió a visitarla.

Desde entonces, lo hizo sola; carrera, trabajo, alquiler. Paso a paso, sin ayuda, sin familia. Con el rencor como escudo y el nombre de su padre como bandera.

Y ahora, esa mujer… esa mujer que ella había dejado de llamar madre… salía de prisión, enferma, y anunciaba que se casaría. Que había encontrado a otro hombre, uno más joven, brillante, respetado… como si el pasado no existiera.

Desirée sentía las tripas revolverse.

Charlotte siempre supo cómo hacer que todo doliera el doble.

Apretó el volante con más fuerza, sintiendo cómo el recuerdo se mezclaba con la rabia. ¿Por qué tenía que importarle ahora? ¿Por qué, después de todo, una parte de ella seguía esperando algo de ella?

El GPS anunció que faltaban veinte minutos.

Desirée exhaló por la nariz, larga y pesadamente.

—Iré. Iré, sonreiré y me iré —se dijo en voz baja, como un mantra —Nada puede ser peor que ese pasado.

Pero el destino… siempre encuentra una forma de demostrar que puede.

La casa de la abuela estaba igual que siempre. Con olor a jazmines en el aire, muebles antiguos que crujían con cualquier movimiento, y esa calidez que no se encontraba en ningún otro lugar del mundo. Desirée abrazó a la anciana con fuerza apenas la vio, y durante unos minutos, todo lo demás dejó de importar.

—Mi ni*ña, estás preciosa —dijo la abuela, acariciándole el rostro con sus dedos arrugados—. No sabes cuánto te he extrañado.

—Y yo a ti, abuela. Solo por verte, ya valió la pena el viaje.

Pasaron la tarde juntas, entre té, anécdotas viejas y alguna que otra risa que aflojaba la tensión. Pero conforme caía la noche, Desirée sabía que el momento inevitable se acercaba.

Cuando el timbre sonó, el estómago se le encogió.

—Debe ser tu madre —dijo la abuela —Te dejo a solas con ella, que tienen cosas que hablar.

Desirée apretó los labios y asintió. Caminó hasta la puerta, abrió… y ahí estaba. Su madre. Con el cabello perfectamente recogido, un vestido beige elegante, el rostro intacto por el tiempo, pero los ojos… los ojos cargados de esa altivez que siempre le molestó.

—Hola, Desirée.

—Hola.

Se miraron unos segundos, sin abrazos. Solo reconocimiento y distancia.

La cena estaba servida en la mesa del comedor. Abuela la había preparado todo con cariño: estofado casero, pan caliente, vino tinto. Pero la atmósfera no acompañaba. Había una tensión flotando entre ambas que ni el mejor plato podía disimular.

Comieron en silencio durante varios minutos. Los cubiertos eran lo único que rompía la calma.

—Pensé que vendrías con tu prometido —dijo Desirée al fin, sin mirarla directamente.

—Tenía un asunto de último momento —respondió su madre, sin dudar —Tiene un trabajo complicado.

Desirée levantó una ceja.

—¿Y no tiene nombre?

—Claro que tiene —replicó ella, bebiendo un sorbo de vino —Cédric, pero no creo que venga al caso. Lo conocerás mañana.

Desirée sonrió, pero no era una sonrisa amable.

—Claro. Porque casarse con alguien que tu hija no conoce es completamente normal.

—No eres una ni*ña, Desirée y no quiero pelear —dijo Charlotte, apenas alzando la mirada desde el plato.

—¿Y entonces para qué me pediste esta cena? ¿Para que vea con mis propios ojos cómo te casas con otro hombre como si nada de lo anterior hubiera pasado?

Charlotte dejó el tenedor sobre la mesa, con un suspiro leve.

—Porque quería verte.

Desirée apretó la mandíbula.

—Han pasado diez años. Diez años en los que no quise saber nada de ti.

—Lo sé.

—Y aun así… aquí estamos. Tú con un vestido listo para la boda. Y yo… preguntándome por qué no puedo irme de una vez.

Charlotte bajó la vista.

—Porque, a pesar de todo, eres mi hija.

—¿Y tú sigues creyendo que eso significa algo?

Silencio.

—Sé lo que piensas de mí, Desirée —dijo Charlotte, con una calma tensa —Y no puedo cambiarlo. Pero tampoco voy a fingir que no me importa.

—¿Te importa? ¿Ahora?

Charlotte alzó la mirada.

—Nunca dejaste que hablara.

—¿Y qué hubieras dicho? ¿Que no fue tu culpa? ¿Que fue un accidente? ¿O que lo merecía?

—No voy a justificar el pasado esta noche.

—No —murmuró Desirée, con el tono más frío que tenía —Mejor fingimos. Como si no hubieras matado al hombre que más he amado. Como si no te hubieras llevado su nombre y su memoria contigo a prisión.

Charlotte tragó saliva.

—No sabes toda la historia.

—Tampoco quiero saberla.

—Aun así, viniste.

—Sí. Para recordarme por qué nunca debería haberlo hecho.

Charlotte no se movió. Solo cerró los ojos.

Y respiró como quien carga con un secreto que todavía no puede decir.

—No quiero tu compasión, Desirée.

—No la tienes.

Se quedaron en silencio. El aire pesaba. Las copas seguían medio llenas. La comida se enfriaba.

—Mañana es un día importante para mí —dijo su madre, alzando la barbilla —Espero que sepas comportarte.

—Lo haré. Pero no esperes que sonría como si no pasara nada.

—No lo espero.

Se levantó con lentitud, recogiendo su bolso.

—Mañana estaré en la boda. Seré cortés. Sonreiré para las fotos. Y luego desapareceré de nuevo.

—Gracias por venir —murmuró.

—No lo hice por ti —respondió, y salió sin mirar atrás.

Su madre se quedó sentada, con los labios apretados y los ojos fijos en la nada.

Y Desirée, desde el umbral, sintió el corazón arder de rabia, pero también… de algo más. Algo que no sabía cómo nombrar. Todavía no. Y giró sobre sus tacones, con la cabeza alta y la espalda erguida, dejando tras de sí un silencio espeso. La guerra había comenzado. Y ninguno de los invulucrados saldría intacto.

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