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Haidar salió del trabajo con la mente saturada. Había pasado todo el día intentando concentrarse, pero sus pensamientos no lo dejaban en paz. Brenda estaba en todas partes: ella estaba en cada cosa, en él. Ni hablar de la culpa que lo carcomía, y la sensación de pérdida era tan insoportable sobre sus hombros.

Condujo sin rumbo fijo, hasta que sus manos casi automáticamente lo llevaron hacia un bar. Sabía que ahogar sus problemas en alcohol no solucionaría absolutamente nada, pero no tenía energía para luchar contra sus impulsos. Estacionó el auto y entró, con el rostro sombrío y los ojos cargados de una tristeza que era imposible de disimular.

El bar estaba un poco iluminado. Se acercó a la barra y el barman, un joven de rostro amable, lo saludó con cortesía.

—¿Qué le ofrezco, señor?

Haidar lo miró brevemente antes de hablar.

—Dame algo fuerte. Lo más fuerte que tengas —ordenó con un tono seco.

El barman asintió y comenzó a preparar la bebida. Mientras esperaba, Haidar giró la cabeza
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